¡Aguas!

La noticia de que Ciudad del Cabo será la primera urbe del mundo en quedarse sin agua, además de alarmarnos, debería urgirnos a tomar conciencia de la situación que ya vivimos día a día. 
 

La distopía de la sed es ya una realidad. Ese futuro apocalíptico se está narrando en presente. Sequías, crisis… consecuencias de nuestros actos, los cuales en lugar de enfrentarlos y buscar soluciones, preferimos distraermos tratando de encontrar culpables o negarlos. Ah, porque a lo que más le tememos es a la responsabilidad. Nos han enseñado que es más sencillo señalar las fallas ajenas que revisar cómo nuestras acciones individuales impactan en lo social.

“Lo que no se nombra no existe”, dice George Steiner, pero los efectos de nuestras decisiones sí existirán como ya están sucediendo. La realidad, como siempre, está superando la fantasía, y lo está haciendo de una manera tan vertiginosa como la época lo exige. Desde hace más de diez años, México y su crisis de agua ha sido nota constante de las principales publicaciones internacionales, ya en ese entonces no se trataba del futuro, sino de un presente que se había empezado a secar décadas antes de manera silenciosa y sin que los afectados lo tomáramos en serio. Malas políticas públicas, excesos, desperdicio, ignorancia y corrupción. Hoy el problema nos ha desbordado.

Desconocemos el concepto de recursos naturales no renovables y el individualismo nos ha limitado el campo de visión. Desde antes de los albores del siglo XXI se advirtió de la escasez, soló en las primeras décadas del XX, la disponibilidad de agua disminuyó en casi un 25%, pero el aumento de población, las exigencias de la vida urbana moderna y el abuso como estrategia empezaron a enviarnos mensajes desde la década de los setenta que requerían de planeación, en lugar de eso preferimos hacernos de la vista gorda.

En 2010, José Luis Luege Tamargo, entonces titular de la Comisión Nacional del Agua, señaló la gravedad del agotamiento de los acuíferos en varias cuencas nacionales —La Laguna, el Bajío, del Valle de México—, en aquel momento se advirtió que de seguir así, en un lustro podrían perderse las reservas y de-sembocar en una crisis. Desde entonces, año con año, en México se escriben reportajes sobre la crisis del agua en nuestro país. En 2015, el periódico inglés The Guardian publicó un artículo que seguía la trayectoria del agua que el autor, Jonathan Watts, describió “trágica y heroica”. En 2016, The New York Times sacó un texto que hacía referencia a “La lucha por el agua en México”, un año después  insistió en el tema: “Ciudad de México al borde de una crisis de agua”. Pero, claro, tampoco lo tomamos en serio porque en el día a día año parecía —y parece— que no pasa nada. Lo único que ha pasado, desde que se acabó con el sistema de canales de los mexicas y, sobre todo, después 1900 (cuando se terminó el Gran Canal del Desagüe) es que esta megalópolis se está hundiendo. Nada de qué preocuparse, mientras que nuestra individualidad no se vea afectada.

Vivo en una de las más de 400 colonias que hoy están viviendo la pesadilla de la falta de agua. A diario veo pipas privadas que abastecen hogares, mientras se destruyen casas catalogadas para construir edificios gentrificados que según ellos aumentará la plusvalía, algunos vecinos se creen exentos de la crisis y para demostrarlo lavan autos y riegan sus bellas jardineras públicas con mangueras cátcher desde la azotea recordándonos que la comunidad no es asunto suyo, así como la falta de agua es sólo prioridad en el discurso político y no en la práctica. Que se jodan los que no tienen, ¡pobres!

Si bien la corrupción es la fuga que más nos afecta hoy, no podemos conformarnos en culpar a las instituciones, tampoco podemos librarlas de su responsabilidad, pero sí podemos ser solidarios con nuestra comunidad, con quienes no tienen la posibilidad económica de pagar una pipa para llenar sus cisternas, sobre todo podríamos comprometernos con nuestros hijos.

El consumo responsable debería ser una práctica social resultado del sentido común y de la toma de conciencia de la importancia de cuidar lo público y los bienes naturales. Cuidar al otro como un ejercicio de participación ciudadana, pensar que cada vez que desperdiciamos le aumentamos la sed a otro, que reconfigurar el uso del agua en beneficio colectivo genera bienestar.

Nos indigna la violencia. Parte de esa violencia es el desperdicio. Duele que mientras unos acarrean cubetas otros limpian a manguerazos las ventanas, como si fuéramos repelentes a esa realidad.

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