Espiados

Nos importa mucho lo que el otro hace o deja de hacer. Vigilamos al vecino para ver si lo cachamos en una falta, deseamos verlo trastabillar, equivocarse, caer. Es tan grande ese deseo, que instalamos cámaras, esperando —casi ansiando— que cruce el “límite” en una zona pública que asumimos propia por el simple hecho de escudriñarla desde una pantalla que nos avisa quién pasa, quién se agacha, quién hace un gesto, quién discute. Ah, pero observar lo que sucede en ese afuera, que es asumido como un adentro, no es espiar, sino protección

Colocamos cámaras para protegernos. Extendemos ese afán de dominio sobre el mundo que rechazara Theodor Adorno, quien ya advertía que ese afán acabaría con el mundo interior propio, tal como ha sucedido. En aras del progreso, bajo el pretexto de conservar el bienestar, espiamos al otro y, calladamente y resguardados bajo la falsa idea de que vivimos una sociedad que procura la igualdad, marcamos las diferencias.

Porque el que vigila asume que los demás cometerán un ilícito y presume que él sería incapaz. Él no viola las leyes, él vigila que el resto no las viole, pero no por un interés comunitario, sino personal. A él le preocupa lo que le pueda pasar sólo a él y los demás se convierten en el enemigo. Su forma de relacionarse es la defensa.

Salimos a la calle con la guardia en alto, porque la convivencia es una ilusión y la realidad es un campo de una batalla que hemos decidido pelear en solitario. Y allá afuera nos convertimos en los observados por otros, en los temidos por otros, en el enemigo, en ese otro que puede caer. Lo curioso es que nunca asumimos que afuera somos el otro.

Nos movemos en un presente que se transmite en vivo para alguien más. Somos observados minuto a minuto por las miles de cámaras de seguridad gubernamentales y personales. Nos llaman por teléfono desconocidos que saben nuestros nombres para ofrecernos productos que los análisis de nuestras decisiones en redes sociales suponen nos gustan. Cada vez que abrimos nuestro correo electrónico nos llegan anuncios sobre eso que nos debería gustar. Semanalmente, Spotify nos presenta una selección que deberá ser de nuestro gusto. Facebook nos invita a páginas que, por nuestro perfil, nos deberían agradar. Los buscadores nos sugieren boletos para viajar a donde se supone deseamos ir. Los banners de las páginas que frecuentamos nos advierten de los zapatos o lentes o sillas u hoteles a los que por nuestro target deberíamos aspirar. Tinder nos ayuda a seleccionar a quienes nos deberían gustar. Netflix nos recomienda esas películas que debemos ver. Siri se preocupa por nosotros. Alguien siempre nos está observando. Somos parte de un algoritmo que nos hace sentir acompañados, no vigilados. Porque nosotros somos quienes vigilamos, los que stalkeamos, los que cachan al otro en algo. Porque a nosotros nadie nos cacha aunque exhibimos instante a instante lo que hacemos y donde estamos.

Estar detrás de la cámara y frente a la cámara se ha convertido en una forma de estar. La vida pareciera que sólo es “vida” al ser observada. La realidad sólo es real a través de una pantalla. Hemos perdido espontaneidad, porque esa frescura podría delatar quienes somos, así que preferimos retocar nuestra realidad. Nos exponemos, pero improvisamos. Nos sacamos fotos para exhibir sólo aquella en la que nos vemos “bien”. Exponemos dónde y con quién estamos, sólo si ese dónde y quiénes se ajustan a la perfección del instante que queremos producir. Al fin y al cabo, hoy nos debemos a nuestro público.

Compartimos imágenes, no de lo que nos gusta, sino de lo que suponemos les gustará a los demás. Nos hemos convertido en maniquís, porque siempre tenemos que dar la mejor cara a la cámara que nos espía, nosotros no seremos de esos que, por “imprudencia” o por humanos, salen a la calle —a la vida— sin un guión. A nosotros nunca nos verán tropezar ni ser humanos, porque a lo que aspiramos es a la deshumanización.

Antes “un mundo nos vigilaba”, hoy vigilamos al mundo. Hemos dejado de actuar y nos conformamos con observar. Hemos preferido un papel pasivo, porque el rol activo exige mostrar quienes somos y esa franqueza nos hace vulnerables. Espiamos y desconfiamos para protegernos de la vida.

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