Ciudad parchada
Han bastado casi veinte años para sepultar la metáfora. Ya muchos filósofos han hablado de su abandono, de su retirada. El siglo XXI que soñamos nunca llegó, ese futuro imaginado hoy también es vintage. El mundo moderno en el que la metáfora nos acompañaba para imaginar, trazar y proyectar se ha transformado en una posmodernidad que ha optado por lo literal como una forma de sobrevivencia. No por nada una de las palabras favoritas de los millennials es: Literal
“Literal hice tal cosa”… El hacer se ha hecho literal, tan literal que hemos perdido el sentido del humor, los juegos de seducción. Nos hemos olvidado de coquetear con la vida, con el conocimiento. La gracia ha perdido esa otra cosita. Nos hemos convertido en una sociedad cuadrada, que se toma todo literal, claro, cuando le conviene...
En este afán por lo políticamente correcto, paradójicamente, a lo literal se le contrapone la exacerbación del eufemismo. En este presente esquizofrénico queremos actuar, pensar, hacer y proyectar todo literal; sin embargo, nos da mucho miedo nombrar lo que es. Tomamos las declaraciones literales, pero cada vez tenemos más sinónimos para nombrar aquellos conceptos que nos incomodan. Así, entre lo literal y el eufemismo, vamos parchando la cotidianidad. Tomando literal lo oportuno y escapándonos envueltos de retórica de nuestras responsabilidades.
Al fin y al cabo, cada cabeza es un mundo, literal. Así, el problema es que hemos individualizado el concepto. Si mi novio me dice guapa, me lo tomo “literal”, si me lo dice alguien más, no. Es confuso eso de lo literal, sobre todo cuando se extiende al espacio público que cada día pierde terreno y se privatiza, literal. Decir “mi banqueta” ya es literal, para ello pago mis jardineras de metal, por ello tengo que pagarle extra al barrendero porque ya la calle no es de todos, sino está parcelada. Por eso puedo dejar mi bolsa de basura afuera de mi casa, porque es mi banqueta, pero estoy en contra de los botes de basura públicos porque “afean las calles”. Por eso exijo que las calles estén limpias, aunque traigo a mi perro sin correa y casualmente nunca me entero dónde caga. Critico que las calles se inundan en temporada de lluvias, porque nunca limpian el drenaje, pero no me parece mal tirar las colillas donde sea. Me preocupa el cambio climático, pero eso de separar la basura me parece too much. Critico el imperialismo yanqui, pero cada vez incorporo más palabras en inglés a mi vocabulario. Quiero un país educado, pero ¡pobre de mi hijo con esos maestros tan exigentes, eso de hacer tanta tarea es un abuso! Señalo los abusos de los sindicatos, pero nos gusta hablar de las dinastías políticas (que padre e hijo o esposa se sucedan en los gobiernos, o en los colegios, o en las instituciones públicas). No entendemos que el país esté tan mal, así que preferimos no actuar, para qué si no pasa nada.
Y literal, nos sumimos en nuestro individualismo dando, también literal, la espalda a lo colectivo, parchando ciudades en las que cada quien es libre de apropiarse del espacio público, que ahora es una extensión de nuestro egoísmo. Así, nos pasamos por alto las leyes y las normas, borrando el ejercicio del civismo, destruyendo cualquier posibilidad hacer comunidad.
Salgo a la calle y observo que la ciudad, literal, está en obra negra; una obra que cambia de reglas, constructoras, materiales, duraciones, calidades a cada cuadra, porque cada licitación que sí debería responder a necesidades literales, se ocupa de requerimientos particulares. Una cuadra de asfalto, otra de concreto, una banqueta de adoquín, otra con un dibujo de rayitas, una con cortes geométricos y otra con circulares; total, literal, de lo que se trata es de crear espacios inhóspitos, en los que la idea de ciudad como una metáfora se ha borrado. ¿La consecuencia? La apatía. ¿Cómo buscar el bienestar social si literalmente asumimos al individualismo como única opción?
Deambulo en una ciudad parchada, que es metáfora de la sociedad que la habita.
