Aquí sí pasa algo

Los sismos de septiembre nos sacudieron el conformismo, nos reconfirmaron que el control es una forma de esparcir el miedo, de condicionar, de acotar. La tierra se movió para obligarnos a “hacer tierra”. Se comprobó en las semanas posteriores que la gente tiene muchas ganas de hacer, de ayudar, que vernos en el otro. Hay una urgencia por crear comunidad. ¿Cómo darle continuidad a esa cadena de ayuda? ¿Qué hacer con esa energía? ¿Cómo direccionarla para prolongar la reflexión y la acción? ¿Cómo evitar que la negatividad, 
la inercia, el “aquí no pasa nada” 
se reinstale en la cotidianidad? 
 

Mucho se habla de la #fuerzaMéxico, una extensión del “sí se puede”. Nos dicen que sí se puede, pero no nos enseñan cómo. Nos presumen el sí, pero nadie se atreve a hablar del no. Se subraya la idea de fuerza sin tocar su extremo opuesto. ¿Cómo transformar la debilidad? ¿Cómo aprender a reconocerla? Enfocar los lados oscuros nos ayuda a buscar la luz. Hablar de lo malo es necesario para inventar estrategias que la combatan. No bastan las campañas para reactivar economías las cuales se limitan a presumir “me construyeron mi casita”, “me dieron mi tarjeta” o promociones para que se visiten los estados afectados, se requiere también atender otros problemas que ahí han estado antes y después de los terremotos, que están y acrecientan las situaciones derivadas de los sismos como la gente sin hogar, las casas deshabitadas por daño, la falta de documentos, por mencionar las más evidentes.

Empezar desde cero deja de ser un cliché para convertirse en un angustiante hoy. ¿Por dónde iniciar la reconstrucción en un presente en el que la violencia y el abuso no han tenido descanso y, al contrario, pareciera que viven un boom? Porque el aumento en las rentas evidencia la falta de solidaridad, porque la irresponsabilidad de no detener nuevas edificaciones y revisar el uso de materiales de calidad y el respeto a las normas de construcción nos pasará la factura tarde o temprano. Porque la ceguera de no replantear a los barrios en su crecimiento y consumo afecta a vecinos, a comerciantes y restauranteros, que se enfocaron en los clientes “de afuera” y no en los del vecindario (así como el turismo nacional se proyecta para los extranjeros con sus dólares y se olvida de que su consumidor más leal está en casa y paga con pesos mexicanos devaluados). Porque abrazarnos en el día a día sería más benéfico para el que oferta el servicio como para quien lo consume.

En muchas colonias afectadas (como la Roma y la Condesa) los empresarios se quejan de que las ventas han disminuido entre 30 y 40 por ciento, porque “ya nadie quiere venir”. Y si ya nadie quiere venir, por qué no pensar en los que viven o trabajan ahí. ¿Por qué no diversificar y repensar la oferta? ¿Por qué no consumir local, tal como empezaron estos barrios a gentrificarse sin saberlo? Sin embargo, estas estrategias no bastan, porque más allá del efecto 19S están otras problemáticas que se han elevado exponencialmente, como la criminalidad.

La ola de asaltos a transeúntes, a comercios pequeños, está acabando con la vida en la calle. Oxxos, restaurantes, cafeterías, salones de belleza son robados a diario. Asaltantes en moto o a pie que se escapan tranquilamente sin acelerar el paso y se pierden entre las calles terrosas de una ciudad que está en obra negra, con tuberías rotas por doquier, con banquetas quebradas, con arreglos necesarios, pero que sin planeación limita a que los habitantes podamos ver los beneficios, porque de pronto más allá del tránsito insufrible, arman la ocasión perfecta para el ladrón al limitar el patrullaje, al tener calles intransitables a pie o en auto, al acomodar un escenario ideal para que los maleantes actúen libremente. Esta escena se agrava con la escasez de policías con sus sueldos bajos que para “ayudarse” le piden una contribución al vecino, el cual vive aterrado y cercado por los criminales y porque supone a los uniformados parte del bando de los malos. Una percepción injusta, quizá, pero si no cómo entender que puedan vaciar tranquilamente todos los departamentos cerrados de edificios desalojados por daño sin que nadie se dé cuenta. ¿Cómo es que en calles en obra los maleantes se muevan tranquilamente? ¿Cómo es que haya comandos en moto que en pareja arrasen con bolsas y teléfonos en segundos o que asalten casas y hasta se den el lujo de meter camionetas a las cocheras?

La fuerza que México necesita debe plantear estrategias que combatan la desigualdad, la pobreza, la falta de oportunidades, la educación. El sí se puede debe proyectar formas distintas de vida, porque mientras sigamos pensando que el tener nos hará libres, estaremos condenados a la cadena perpetua del miedo.

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