Seguir la corriente

No hay nada más viejo que lo nuevo. Ésta es una consigna de la modernidad líquida, ésa que Zygmunt Bauman apunta nos ha atrapado en un remolino en el que fluimos sin punto de partida ni de llegada. Navegamos en la incertidumbre y nos aferramos a la rapidez, como única posible salida 
a dónde sea

Terminar y pasar a lo siguiente se ha convertido en el paso anhelado, nos hemos olvidado del proceso y el principio ya no nos interesa. Para qué saber el origen si podemos acelerar hacia la meta, aunque desconozcamos dónde está o en dónde desemboca. Terminar y saltar al final de lo que sigue. En nuestra prisa, en la necesidad de generar “cambio” no existe tiempo para reflexionar, mucho menos para revisar ni pensar en el principio. Nos gustan los finales, aunque no nos interesen sus narrativas, nos engolosina el hecho de pasar a lo que sigue. ¿Y qué sigue?

En la autovía del presente, los terremotos de septiembre parecen haber quedado muy atrás, arrinconados en una memoria que lucha por mantenerse viva pese a la avalancha de otras noticias, de otros sucesos que se transpolan en la virtualidad. La cotidianidad que exigen los tiempos líquidos no tiene espacio para escombros.

El 19 de septiembre la tierra nos recordó su fuerza, sobre todo, que el control no es nuestro. Menos de un minuto para sentir la vida y la muerte, para despabilarnos y recuperar la necesidad de un sentido. En esos días —que resultan casi historia—, la energía producida al mirar al otro auguraba la solidificación del cambio; dos meses después, parece que dicha energía se ha evaporado.

A la ayuda espontánea, a la solidaridad, le ha faltado continuidad, sobre todo constancia, porque ésta requiere un ritmo más lento, y en el siglo XXI está prohibido bajar la velocidad. Para afianzar nexos es importante fortalecer los lazos provisionales. Revisar es el primer paso para enfrentar la incertidumbre. No basta saber qué ni cómo ni cuándo ni dónde, hay que detenerse y preguntarse para qué, por qué y hacia dónde. Contemplación y análisis como estrategias del cambio. Pasar a lo que sigue convertirá la certidumbre en un estado gaseoso. La ansiedad no se combate borrando lo no deseado. Hay que asumir la presencia de la ausencia.

Quitar los escombros, dejar limpios los terrenos, hablar de monumentos, rellenar las grietas no eliminarán el hecho. Se requiere tiempo para reaprender la nueva geografía cultural. Se necesita silencio para volver a escuchar. Cerrar los ojos antes de volver a entender la luz. Una pausa para pensar qué pasó y cómo podemos reconectarnos con esta otra realidad que no suelta sus vicios.

En estos dos meses nos hemos conformado con sostenernos en las historias de vida, en la urgencia de la reconstrucción, pero quizá nos hace falta asumir el luto, reconocer la pérdida para no aferrarnos a lo que fue. Quitar los escombros no es suficiente ni tampoco dejarlos ahí indefinidamente hasta que se cuelen, como la humedad, al presente para emblandecer el futuro. ¿Qué hacer?

Tal vez deberíamos comenzar preguntándonos por qué nos une más la tragedia que la alegría (¿será que compartir la desgracia nos parece más justo o que pensamos que ésta es democrática y el éxito no?), cómo es que la tentación de abusar es más fuerte que la de respetar al otro (sino, cómo explicar los robos de las pertenencias a los damnificados durante la remoción de escombros. ¿Por qué parece “natural” quedarse con el reloj o las joyas o los objetos de los afectados?, como si el temblor hubiera expropiado a los dueños de sus bienes y al estar ahí expuestos estuvieran a la disposición de quien fuera), ¿por qué pensamos que cuidar las cosas no importa? (¿no debería ser una responsabilidad y no una obligación?), ¿cómo es que la corrupción se convirtió en un hábito? (habrá que revisar su práctica no sólo gubernamental, ésa ya es vieja conocida, sino la civil), ¿cómo fue que lo público se privatizó? (¿quiénes son los beneficiados?, ¿quién gana?), ¿por qué hemos perdido el impulso de hacer comunidad? (¿será porque vivimos en un Estado que privatiza las ganancias y democratiza las pérdidas?).

En las calles, al Día de Muertos lo rebasa por la derecha la Navidad, a un meme lo desbanca otro, mientras tanto, los ciudadanos volvemos a caminar por sitios acordonados, nos escabullimos entre cordones rojos y amarillos, olvidándonos de precauciones y negando las grietas… Dejándonos llevar por la corriente.

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