Extender el rizoma
A cada juventud le toca cambiar su tiempo. En 1968 muchos jóvenes salieron a las calles en eco de un reclamo mundial, a su vez reflejo de un pensamiento, desde mi punto de vista, situacionista (Gracias Guy Debord); en 1985 otros jóvenes tomaron las calles para salvar vidas, crear brigadas, quitar escombros y también para poner los cimientos de una sociedad civil que por fin se reconocía y que en 1988 logró poner a temblar al sistema. Eran otras las tecnologías, otros los caminos, se evidenció la corrupción, el sadismo empresarial, la rapiña, la apatía política que cobró muchas vidas. Ahora, en 2017, salen los jóvenes para extender esas redes sociales a, como dicen, “la vida real”. Una vez más se delatan las carencias, la corrupción, los abusos, los juegos oscuros entre lo público y lo privado, pero también los excesos civiles, el consumismo desbordado, la avaricia, el egoísmo. La burbuja se rompe
Además de la solidaridad espontánea, la ayuda desbordada o la acción civil inmediata que enfrentó con eficiencia la situación (basta mencionar a la tlapalería ubicada en la esquina de Sonora y Oaxaca que no dudó en donar todo su material para quitar los escombros), hay que reflexionar sobre las causas de las arbitrariedades cotidianas: ¿qué hacía un helipuerto en un edificio en la esquina de Benjamín Franklin y Nuevo León? ¿Por qué dejaron instalar un gimnasio de CrossFit en el doceavo piso del Plaza Condesa con tinacos extras para satisfacer las necesidades de sus usuarios? ¿Por qué ocupar —y lastimar— las azoteas con espectaculares que añaden un peso al inmueble por una módica renta? ¿Por qué pensar que ordenar los papeles oficiales es una pérdida de tiempo? ¿Por qué construir departamentos arriba de una escuela? ¿Por qué construir sin revisar las afectaciones a los vecinos y a la vida diaria? ¿Por qué ahorrar en los materiales? ¿Por qué permitir el boom inmobiliario sin revisar las condiciones del suelo, los tamaños, la armonía (si los edificios en los temblores bailan juntos y no es lo mismo bailar con inmuebles de una misma escala que al lado de unos altísimos donde las reglas no lo permiten) o el impacto geográfico en el suelo y en la cultura de un barrio o respetar un estilo? ¿Por qué cobrar rentas exorbitantes? ¿Por qué subir la “plusvalía” a costa de los otros? ¿Por qué los dueños de algunas construcciones afectadas por los terremotos de hace 32 años optaron por resanar en lugar de reforzar? ¿Por qué creer que la gentrificación de la ciudad tiene una sola ruta?
Habrá que repensar nuestras acciones y nuestros valores; habrá que defender la ciudad y replantear qué significa vivir bien. Quizá vivir bien es disfrutar del vecindario, saludar al vecino, permitir que los comercios chiquitos permanezcan, respetar las normas, cuidar de los espacios públicos y vivirlos en igualdad, dejar de pelear por apropiarnos de las banquetas, entender que las jardineras son de todos y no de nuestro predial. Dejar de pensar en el bienestar individual que ya está comprobado tiene un alcance cortísimo mientras que el bienestar social es a largo plazo. Porque pagar el mantenimiento de un edificio nos beneficia a todos. Porque un piso extra sí hace la diferencia, porque quitar un muro para transformar la casa en un loft muy cool sí causa daños. Porque el civismo sí importa, así como estudiar, reflexionar, criticar, poner límites, argumentar, decir no.
Estamos tocados. Este sismo nos remueve sensaciones añejas, sufrimientos y fracasos, pero debemos dejar que los jóvenes actúen. Es momento que ellos asuman que la vida está afuera de sus pantallas, que hagan uso inteligente y expansivo de sus tecnologías, que se unan, que creen nodos, extiendan el rizoma, actúen, cuestionen, conecten para crear sus propias líneas de acción y empiecen a escribir el resto de su vida con prácticas menos clasistas y más incluyentes, con un enfoque más equitativo y menos violento, que utilicen el conocimiento para exigir una clase política preparada y honesta, capaz de actuar, que haga su trabajo y no que use la “ayuda” con fines electorales, que demanden el restablecimiento del Estado de derecho, que duden de todos, que nos cuestionen, que nos combatan, que se preparen, que profundicen, que empiecen a reconocerse en otros rostros. Que este sismo tambalee la comodidad, derrumbe la indolencia, que de entre los escombros se logre rescatar el sentido común.
