Relaciones abusivas

Hace un par de días, en una charla de café, mi interlocutor me respondía: “Lo que deberíamos hacer es servir a México y no servirnos de México”. Mi pregunta había sido ¿cómo recuperar el amor por México?, la cual iba acompañada de una cadena de interrogantes: ¿cómo volver a emocionarse con los paisajes?, ¿cómo volver a vincularnos con esta tierra y trabajarla y saborearla?, ¿cómo reconstruirnos? Confieso que la cercanía de las fiestas patrias, las oscuras notas de los niños ejecutados en Guerrero, la muerte de la joven Mara Fernanda en Puebla, el aumento de robos, secuestros, homicidios… el asesinato del gerente de locaciones de Netflix mientras buscaba locaciones para la serie Narcos, sumadas a las prácticas cotidianas en las que el crimen ya no sólo es organizado sino orgánico, le ponían leña a mi pesimismo. Lo miré un tanto sorprendida
 

“Sí, México es increíble”, insistió. Claro que es increíble, basta caminar sus mercados para enloquecer con los colores y olores, observar la diversidad de la flora y fauna, escuchar la variedad lingüística y la música, sentir las artesanías, leer a sus escritores, sorprenderse con sus pintores, probar unos esquites en la esquina o tocar un bordado, ver cómo se produce un textil, cómo se afina un instrumento o revolcarse en las olas. “Sí, México es increíble, pero lo estamos matando”, ahora él me miró fijamente.

“Quizá si maduráramos y pudiéramos relacionarnos con nuestro país de una forma más igualitaria… podríamos empezar a escribir otra historia. Servir al país, devolverle todo lo maravilloso que tiene y no sólo abusar de esa riqueza”. Alcé las cejas. “Tenemos una relación de abuso con el país”, sentenció. Definitivamente nuestro romance con México no es parejo. Nos quedamos en silencio, un silencio que se torna macabro al leer las noticas que tienen entre líneas pobreza, impunidad, falta de estado de derecho, injusticia, desigualdad, falta de educación, mezquindad, avaricia y corrupción. Tiene razón: nos hemos servido de México, como si nunca se fuera a agotar, como si estuviera ahí sólo para ser explotado, robado, dando por hecho su abundancia, su buena tierra…, en lugar de prepararnos, de educarnos para también servir, no en su acepción de “trabajar en beneficio de otro”, sino en el sentido de “obrar con entrega y lealtad al servicio de”.

Tal vez el problema está en que relacionamos servicio con esclavitud. Y por ello, no contentos con esclavizar al que está debajo nuestro, hemos esclavizado nuestros recursos, el presente y el futuro. Nos “aprovechamos” de los demás, explotamos la biodiversidad, nos beneficiamos de todo lo que podemos, en lugar de aceptar nuestra valía y, de una manera noble, ocuparnos porque funcione la cotidianidad. No hemos procurado ser mejores ni aptos para encargarnos de operar y administrar los que tenemos, con la finalidad de devolverle a la sociedad conocimiento y trabajo procurando el bienestar colectivo. Hemos borrado el verbo compartir de nuestro diccionario.

Pensar en lo colectivo cada vez resulta un acto en desuso, al igual que la práctica del servicio público. ¿Por qué servir a la sociedad si podemos saquearla? ¿Por qué pensar en dar si podemos quitar? ¿Por qué compartir si nos podemos quedar con todo, aunque todo nunca sea suficiente, tal como lo demostramos día a día en cada acto? Nos hemos acostumbrado a arrebatar en lugar de construir; total, la ruta más corta siempre es la mejor, aunque pisemos a los demás.

¿Y cuando nos toca ser “los demás”, qué? Nos acomodamos en el “ya ni modo”, nos conformamos en ser víctimas o abusadores según sea el caso. Tenemos que crecer. Responsabilizarnos de nuestros actos, dejar de sólo echar la culpa, asumir los errores, entender que somos parte de una sociedad, soltar, no aferrarnos a rutas conocidas y, sobre todo, trabajar, crear iniciativas colectivas en las que nos sirvamos unos a otros y no nos conformemos con tomar ventaja. Porque abusar puede alimentar un capricho inmediato, pero no atiende una necesidad ni resuelve un problema. Nos aprovechamos del otro sin entender que nos perjudicamos a nosotros mismos. ¿Por qué nos gustan los privilegios a costa de los otros? ¿Por qué queremos siempre más? ¿Por qué estamos dispuestos a abusar para tener lo que creemos merecernos aunque seamos incapaces de disfrutarlo?

Aprender a servir y a respetar. Dar y recibir. Construir… Parece una misión imposible, sobre todo cuando robar, abusar y explotar se han sistematizado. ¿Cómo recomenzar? “Tal vez madurando”, remató mi interlocutor.

Temas: