El espacio público, en subasta

Recorro con nostalgia 
las calles de una colonia que hace poco más 
de 20 años renacía 
y se transformaba 
en uno de los barrios más originales 
del entonces Distrito Federal. 
A sus habitantes de siempre se unían jóvenes, muchos de ellos artistas e intelectuales que ocupaban departamentos y casas 
cuyas fachadas engalanaban calles flanqueadas por árboles. 
 

Resultaba una delicia caminarlas, al igual que departir y descubrir la creatividad de sus nuevos residentes desplegada en boutiques alternativas, así como restaurantes

y cafés cuyo ambiente atraía a visitantes de otras zonas, quienes venían a convivir con esa otra forma

de reinventar la vida urbana. Muchos de esos locales adaptaban la arquitectura señorial a las búsquedas de estos hombres y mujeres que resignificaban a una de las colonias con más tradición e historia de la hoy aprisionada Ciudad de México. Aires de libertad se sentían en un código postal que se sintetizó en un nombre: La Condesa.

Aquellos comercios presumían de la arquitectura, algunos de ellos se expandían respetuosamente en terrazas, sin apropiarse del espacio público. La calle aún era de todos. Los nuevos moradores agradecían las rentas baratas conservando los inmuebles; la galanura arquitectónica y sus camellones abiertos y caminables eran los atractivos, y los de antaño agradecían la nueva vitalidad del barrio.

La combinación resultó tan exitosa que pronto se convirtió en un negocio redondo. Aquella forma de vida artística “hip” se empezó a vender como pan caliente. Tan caliente que hoy pocos la pueden tocar sin quemarse. No sólo aumentó la “plusvalía”, sino que los departamentos que hoy se construyen sobre los terrenos donde hasta hace muy pocos años se erigían casas catalogadas sirven de “catálogo aspiracional” de una forma de vida gentrificada y sobrevaluada muy alejada ya del espíritu que impulsó el renacimiento de esta zona abatida por los terremotos de 1985.

Paradójicamente, en el presente “exclusivo condechi” se entremezcla la chelería de cubetazo; los bares “con onda” que fueran puntos de referencia, hoy son usurpados por bares de “pomos 3x1”; las terrazas plácidas desde donde se veía la vida pasar se han robado el paso de los peatones bajo la anuencia de la delegación, la cual cobra por ocupar más de 60% de las banquetas y les permite extender su piso de interiores en los exteriores para que lo puedan limpiar fácil aunque los transeúntes nos patinemos.

Los árboles y jardineras públicas hoy están enmarcadas por piezas metálicas que a muchos les parecen muy chic (¿quién será el proveedor?), pero que nadie se preocupó por homogenizar las alturas ni pensó que sus tamaños afectan el paso ni que se oxidan ni que sus esquinas son peligrosas ni que en temporada de lluvias se convierten en minipresas que bloquen el flujo del agua. Pero, ¡qué importa!, si el espacio público está en renta. El único requisito es pagar la cuota, porque a la autoridad le parece mejor negocio rentar que hacer. Una práctica muy recurrente en nuestra sociedad donde hasta los malos cobran uso de suelo. Sin duda, una manera —legal e ilegal— eficaz de mejorar las finanzas.

Lo de hoy es privatizar el espacio público, quiero un estacionamiento de bicis enfrente de mi negocio, lo pago y lo pongo aunque no haya un estudio de si es pertinente o no; necesito una rampa más bonita para que luzca mi casa, la pago; quiero una jardinera a la altura de mi estatus, la pongo; quiero crecer mi restaurante, me mocho y la delegación se pasa por alto el “límite” (ya de por sí excesivo) de crecer en el exterior 50% del interior, que se joda el transeúnte, porque qué mal gusto eso de andar a pie en una colonia otrora atractiva por ser caminable. Por fortuna, los valet parking nos salvan de buscar estacionamiento o de echarle las moneditas al parquímetro que vino a sistematizar a los viene-viene, pero no hay problema, somos gente bien que sin inconveniente paga la tarifa doble: la del parquímetro y la del señor que cuida el parquímetro. El negocio pasó de los viene-viene a una empresa particular que cobra por operar 70% de lo recaudado; de 30% restante la mitad supongo sirve para pagar al poli que acompaña a los señores checadores y cargadores de arañas; la otra mitad, dicen sirve para financiar los remozamientos realizados por distintas constructoras privadas en tiempos inexplicablemente largos que evidencian la subasta del espacio del público, donde la mejor forma de sacar dinero ha sido rentarlo, acabando con aquel atractivo que, en la década de los noventa, fuera principal activo: la calle.

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