Malas costumbres
“Yo ya no me quejo” —me aseguró el taxista— “no entiendo por qué la gente no se ha acostumbrado. Todos roban”. El problema es que nos hemos acostumbrado a que así es, estuve a punto de responder, me quedé callada. Hemos asumido la impunidad y en silencio aceptado la falta del Estado de derecho. Ya ni siquiera podemos cobijarnos en la fe, porque ésta tampoco nos ha cumplido. “Todos son iguales”, insistió el chofer.
Cómo contradecirlo frente a los escándalos de corrupción, frente al abuso de los monopolios y de la autoridad, frente a “los favores”, al contubernio entre autoridades, criminales y empresarios que se evidencia de distintas maneras, ya sea en el exceso de permisos para construcción (en mi cuadra tan solo se están construyendo cuatro edificios nuevos), en la venta del espacio público a los restauranteros, en las coincidencias en los asaltos a usuarios de banco cuyos ladrones casualmente saben a dónde van y con cuánto en la bolsa… cómo refutarlo cuando la tramitología aumenta para quienes deseamos operar en la legalidad, porque “por debajo” todo es más simple y más rápido.
Cómo explicarle que pagamos las consecuencias de nuestras malas costumbres, que hemos ido aceptando la irregularidad y los moches más que de una manera orgánica, haciéndonos de la vista gorda; porque cuando le empezamos a pagar al viene-viene para que “no le pase nada” a nuestro auto estamos aceptando que la calle no es pública; cuando le damos una propina al de la basura para que nos toque el timbre, privatizamos el servicio público; cuando optamos por pagar a un “gestor” para que pierda el día en la resolución de trámites individuales, aceptamos la burocracia y las mordidas en lugar de exigir soluciones eficaces; cuando pensamos que para qué denunciamos, les damos permiso a los malhechores para continuar y damos por hecho que las autoridades no existen; cuando denunciamos un delito y las autoridades nos advierten que tienen casos más urgentes y nos damos la vuelta gana la indiferencia y crece la desconfianza. Entonces, lo único que nos mantiene alerta es “la autodefensa”, nos ciega el individualismo y asumimos al caos como sistema operativo. Ante esta falta de orden, lo único que nos queda es la sobrevivencia.
Vivir al día nos impide gozar, ya no se diga planear. Para qué proyectar o soñar si todos son iguales. Todos roban y todos nos van a decepcionar. Nos hemos acostumbrado a la decepción. Para qué construir, si alguien más lo destruirá. Para qué ser buen ciudadano, si los malos siempre ganan. Para qué pagar impuestos, si los beneficios sólo llegan a determinados códigos postales. Para qué dar, si alguien más abusará de nuestra confianza.
Nos hemos acostumbrado a aceptar la mediocridad y a no exigir. ¿Para qué?, es el pretexto de la mayoría para no participar y para no ejercer su ciudadanía. La incredulidad nos hace cómplices. Ser víctima nos “redime” al instante, pero nos condena a futuro —y no precisamente a largo plazo—. Echarle la culpa al otro, contribuye al abuso de poder de quienes han encontrado en la indiferencia la transacción más jugosa. Quien no exige y no cuestiona, genera muchas ganancias para los mismos de siempre. La incapacidad de hacernos responsables de nuestros actos le da poder a quienes se apropian de esa “responsabilidad” y la contabilizan. Nuestra pereza da rendimientos muy altos. Cobijados en la incredulidad entregamos nuestros destinos firmados en blanco.
Una de nuestras malas costumbres es asumir que la queja es producto del resentimiento. No entendemos que protestar es un acto democrático que enriquece y que debería provocar a la discusión. Nos han enseñado que discutir es de “mala educación”, genera conflictos y no es de gente “agradecida”. ¿Resultado? Le tememos a la confrontación, creemos que si exigimos nos castigarán, que si cuestionamos nos “quitarán” lo que tenemos. Protestar es, en nuestro imaginario, una acción negativa. Obedecer sin cuestionar es una acción positiva que ayuda a que las cosas no se muevan, porque los cambios, nos dicen, son malos, y estar bien es permanecer inmóvil, “para qué hacer muinas”, me dice el taxista.
Él, como muchos, se ha rendido. Ya no van a hacer corajes, se defienden, desde su perspectiva no hacer nada es la solución. Le han legado a otros su derecho a la responsabilidad. Su temor ha afianzado al abuso como la única norma posible. Pero nadie ve que no quejarse es la forma más eficaz de la impunidad.
