Corro, vuelo, me acelero

La prisa es una de las prácticas que el capitalismo tardío nos ha vendido como uno de los ingredientes indispensables de la receta del éxito. Quien tiene prisa es un ser ocupado, con tareas, activo y triunfador. Es una persona interesante y productiva porque siempre tiene pendientes, labores y compromisos que atender los cuales, por supuesto, le exigen velocidad, prestancia, la calidad no es necesaria, tampoco el fondo. Nuestro deber es correr, perseguir, agotarse. No importa la ruta ni el destino, lo importante es acelerar. 
¿Las metas?, están en desuso

Corremos sin saber a dónde, tal vez por eso nos conformamos en correr en círculos. Pasamos y pasamos por el mismo lugar hasta borrarlo de la memoria. Recordar es cosa de los nostálgicos. Nuestro alrededor ha dejado de tener sentido. Corremos mirando al frente, rebasando por la derecha o por la izquierda, a quién le importan los códigos. La única regla es no detenerse. Corremos para llegar al trabajo, para ser el primero en la fila, el de hasta adelante, para llegar antes que todos.

Corremos para hacer filas. Nos gustan las listas para tener pretexto para correr a donde sea: ya sea para probar los mejores cafés de la ciudad, los tacos más baratos, las clases gratis o el 2x1. Corremos para cansarnos y luego volver a empezar.

Nos da miedo bajar la velocidad porque si lo hiciéramos nos preguntaríamos por qué corremos, hacia dónde corremos, para qué corremos, qué nos espera en la meta; entonces nos daríamos cuenta que ignoramos cuál es. Quizá entenderíamos que ni siquiera disfrutamos correr. A paso lento nos daríamos la oportunidad de explorar nuestro alrededor, de escucharnos y mirarnos en el otro. Aprenderíamos a disfrutar la lentitud y el caminar. Reconoceríamos que el agotamiento nos ha anestesiado. Correr para no pensar, para no sentir.

Hacemos, hacemos, corremos, corremos. Tenemos que ser productivos siempre y aun en el tiempo libre tenemos qué hacer. Quemar calorías, atender los “pendientes”, eficientar el tiempo para aprovecharlo y seguir corriendo para seguir cansándonos para no pensar, para no ver, para no hacer comunidad. Corremos porque tenemos que ser los mejores y debemos llegar a donde los demás también buscan llegar sin que nadie sepa dónde está ese lugar ni qué nos espera allá.

Estar cansados es muy conveniente. Nos hace mejores siervos, porque nos adormece la creatividad, nos hace irritables, agudiza el ensimismamiento, inhibe la solidaridad. Estamos tan cansados que no podemos pensar más que en recuperar un poco de fuerza para seguir corriendo, y en nuestra loca carrera individual, nos olvidamos también de nosotros. Desconocemos nuestra sombra y la perseguimos como consuelo.

Nos dicen que el aburrimiento es malo, que la contemplación, para flojos… se desdeña todo lo que no “produce” porque la productividad mide nuestro éxito, una productividad constante y sonante. Hemos confundido los conceptos de rapidez con eficiencia, de productividad con calidad, de velocidad con aprovechamiento. Tenemos que justificar la necesidad de correr sin sentido. Preferimos el cansancio a reconocer el paso del tiempo y los errores. Corremos para tener una buena condición física sin entender que ese rendimiento poco a poco disminuirá. Corremos para comprobar nuestra vitalidad, en lugar de aprovechar esa vitalidad para disfrutar la vida.

Creemos que al bajar la velocidad nos sacarán de la carrera. No hemos entendido que tal competencia es una ficción. Si desaceleramos quizá podamos respirar más profundamente, volveríamos a ver el cielo, a apreciar la naturaleza, a sentir los músculos, a sentir la tierra. Caminaríamos atendiendo los sonidos, los cambios de colores de los árboles, observando a los animales, sonriéndole al extraño, reaprendiéndonos en comunidad, proyectando hacia el futuro, creando planes, haciendo compromisos, aceptando el paso del tiempo.

Correr, paradójicamente, nos paraliza. Para volver a activarnos debemos parar, recobrar no sólo el aliento, sino la dirección. Detenernos para planear. Sentarnos a oír la noche, tirarnos a sentir el dolor y en la zozobra recuperar las ganas de soñar y proponernos metas. Volver a tener ideales como un motor de nuestro hacer.

Desacelerar para activar los sentidos, para reconectarnos con los procesos y trazar rutas para caminar acompañados. En una época en la que acelerar es un símbolo de poder, quizá debamos bajar la velocidad como un acto de resistencia.

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