Nudo social

Crecí amando a este país. Me maravillaba la bruma en las Cumbres de Acultzingo cuando en familia salíamos casi de madrugada de la Ciudad de México rumbo a Veracruz. Cruzar el río Papaloapan me parecía una aventura. La geografía tomaba forma en los viajes en carretera. Recuerdo las olas de Tonalá en Chiapas, las curvas apretadas de la sierra, las noches en playas solitarias con fogatas y muchas charlas entre amigos. Las noches en medio de la nada nos resultaban el mejor regalo, ¡qué privilegio ver los cielos estrellados o manejar por horas sin sentir miedo! Veo mis fotografías aún en papel de los viajes que hice por un país que hoy está atrapado en la violencia. Pienso en todos los jóvenes quienes ya no podrán gozar de esas extensas manejadas, de esos lugares paradisiacos en los que convivíamos con los lugareños y aprendíamos unos de otros
 

¿Qué pasó? ¿Cuándo empezó la descomposición? ¿Cuándo nos desenamoramos de México? Porque no puedo pensar más que en el desamor. Hoy lo que vivimos es el desamor por México. Si no, ¿cómo explicar el egoísmo y la destrucción del tejido social?

Dejamos de querer a nuestra comunidad, al otro y a nosotros mismos. También dejamos de alimentar la solidaridad, de mirarnos, de cuidar el paisaje, de conservar la naturaleza, nos ganó la avaricia y la envidia, o quizá lo que nos ha faltado es educación y compromiso. Compromiso para conservar, para imaginar el futuro. Nos ganó el peso del dinero y nos ancló a la insatisfacción inmediata, para qué aventurarnos a planear si podemos gastar. Para qué esperar a que madure la fruta si la podemos tener ya, sacrificamos arquitecturas históricas por lo que asumimos comodidades indispensables, dejamos de convivir para trabajar, no en pro de una sociedad, sino para pagar las deudas. Dejamos de vestir como una expresión para comprar ropa que demuestre estatus. Dejamos de ver todo lo que amábamos de este país para imitar un modelo capitalista-urbano-moderno que nos alejó de nosotros mismos. ¿Por qué hemos sido incapaces de vivir la contemporaneidad desde nuestras propias condiciones? ¿Por qué queremos vivir una realidad cuya talla no nos queda?

Crecí viendo cine mexicano en blanco y negro, aprendiendo la transformación de la ciudad que se modernizaba en technicolor sin perder su historia. Me sentía orgullosa de al comer hacer etnografía, de seguir preparando por más de 500 años pozole. Gozaba la ciudad en su crecimiento cosmopolita y la fuerza de la naturaleza del interior del país. Montañas, selva, sierra, valles, desiertos cuya vista enamorarían a cualquiera; entonces, en qué momento se nos fue el amor y decidimos construir sin orden y sin proyecto, devastar bosques, romper ciclos naturales, inundarnos de basura, condenarnos a largas horas en tránsitos enloquecedores y atascarnos de comida chatarra. ¿Cuándo le abrimos la puerta a la violencia? ¿Cómo fue que dejamos de interesarnos por los otros para ensimismarnos en un consumo que nos promete el éxito? ¿Cuándo dejamos de ver hacia delante?

Dejamos de amar un país, porque nos hemos refugiado en el odio para sobrevivir. Nos sentimos abandonados y eso duele. Nos han abandonado nuestros gobernantes y la clase política, nos sentimos explotados y traicionados. ¿Cómo volver a enamorarnos de un país sin rumbo en el cual gozarlo se ha convertido en un lujo para unos cuantos, porque la mayoría estamos inmersos en la violencia cotidiana, en el ruido, la contaminación, la basura, el abuso, los robos, los balazos. El tejido social hoy es un nudo en el que estamos enredados y nos lastimamos unos a otros.

Camino por una ciudad que cada día desconozco más, añoro la sonrisa de una provincia orgullosa de su paisaje y de sus acentos distintos. Extraño las ganas de aprehendernos en el otro. Me aferro a la ilusión de un futuro. Me siento sola, como la mayoría, y es entonces cuando en medio del caos violento que nos azota, me sorprende la solidaridad del extraño, quien decide dejar la indiferencia y ayudar, tal como me sucedió la semana pasada durante uno de los ya cotidianos asaltos en la maraña que hoy es la Ciudad de México. Entonces, vuelvo a imaginar el futuro.

Es tiempo de volver a admirar la belleza de este país y dejemos de destruir para optar por trazar un proyecto de futuro acompañándonos.

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