Y tú, quién eres

La ficción se convirtió en la realidad. O más bien, hemos preferido vivir la vida como si estuviéramos en un set participando en un reality show, tratando de convencer a los jueces de que merecemos pasar a la siguiente fase, y así hasta llegar al final.

Para continuar, estamos dispuestos a lo que sea. Los escrúpulos son cosa del pasado, en los agitados tiempos posmodernos azotados por los nuevos aires metamodernos no hay tiempo para la compasión, la negociación o el diálogo ni para las segundas vueltas. Nuestras acciones ya no son buenas ni malas, ya no nos interesa hacer, crear, participar, cooperar, inventar… lo único que importa es ganar. No sólo apostamos el cien por ciento, sino que damos ese cien por ciento para aplastar al contrincante. Perder ha desaparecido de nuestro diccionario. ¿Qué es eso? Estamos obligados a ganar a costa de nosotros mismos; así, ganar curiosamente ha “perdido” el sentido. Ganamos, ¿y luego? Deseamos ganar lo que sea y como sea, nos gusta el título de “ganadores”, el cual creemos indispensable en el organigrama de la existencia. ¿Y tú, quién eres? Un ganador, sin duda.

Nos hemos convertido en participantes de competencias sin sentido. Pero, ¿cómo aprenderemos a ganar si no sabemos perder? ¿Cómo seremos mejores si nunca perdemos? ¿Cómo valorar si creemos que siempre merecemos ganar?

Nunca perder nos hace ganadores, pero sí hace que le perdamos el gusto al triunfo. Nos han enseñado a competir, a desconfiar, a pelear sin importar qué es lo correcto o lo justo; se trata de una batalla personal en la que la única obligación es arrasar con el rival o con quien se cruce en nuestro camino. No hay lugar para los débiles.

Esta obsesión por ganar ha borrado completamente la idea de cooperación y ha acelerado el individualismo. Vivimos en un juego en el que para pasar a la siguiente fase tenemos que haber aniquilado a todos. Los tiempos en los que se ganaba exhibiendo quién sabía más o quién era más hábil son parte de un pasado nostálgico, hoy se trata de aplastar. Ya no ganan los mejores, sino aquellos que están dispuestos a todo, hasta a la barbarie, como lo comprobamos día a día. Nos vendieron la idea del éxito y la compramos sin cuestionamientos o ¿cómo entender la ambición de quererlo todo a costa de todo?

Debemos ser ganadores, por eso rentamos o nos endeudamos en comprar departamentos donde sólo “vive el éxito”, vemos los canales “de las estrellas”, votamos por los “triunfadores”. Nos gusta la vida de los chingones, ésa que parece de película, atestada de lujos, que nos dicen se merecen los triunfadores, con autos que sólo manejan los exitosos, vestidos con marcas exclusivas para los que la “han hecho”, que presumen en restaurantes “sólo con reservación” donde cocinan los mejores chefs del mundo. Una vida de éxito y glamour que va al alza y a la cual mantener merece cualquier “sacrificio” y cualquier acto. Nadie está dispuesto a perder lo ganado. Ni los ricos, ni los pobres, ni nadie. Y la vida de los triunfadores cuesta mucho, un lujo que “lo valen”. Así lo creen nuestros políticos, las oligarquías legales e ilegales, quienes no se conforman con poquito. Es todo o nada. “Conformarse” con lo suficiente es de loosers. Porque tenerlo todo es el deber de los ganadores, a quienes no los detiene nadie, mucho menos la empatía ni la ley.

¿En qué momento la abundancia se convirtió en una necesidad? ¿Cómo nos convertimos en unos avorazados? ¿Quién nos enseñó que nos merecemos todo? ¿Cuándo se penalizó el esfuerzo? ¿Cómo fue que dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en clientes?

Consumir es la nueva forma de sobrevivir. Vivir es una práctica en extinción, porque para vivir tendríamos que reaprender a perder, a llorar, a sufrir, sobre todo tendríamos que repensar la muerte. La certeza de la muerte nos debería energetizar; sin embargo, en un mundo donde tenemos que ganar a costa del otro, la muerte ya no es parte de la vida, sino parte del juego del poder. Ganar o morir. Somos una sociedad que ha preferido morir que perder.

Nuestro objetivo es el éxito. Somos ganadores. Eso nos dice la publicidad y el neoliberalismo. Consumir todo, comprar todo, despilfarrar todo, aniquilar todo, como lo hemos hecho con el planeta tan eficazmente. Queremos ganar para someter, para regodearnos en el fracaso del otro, aunque secretamente añoremos el sinsabor de la pérdida, ésa que nos hace reinventarnos y nos obliga a la vida.

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