La naturaleza no se enmarca

Dice John Berger que con la llegada del capitalismo la relación del ser humano con la naturaleza se transformó. Aquel vínculo que nos hermanaba se ha roto y hemos optado ya no por mirarla, sino por consumirla. Un lujoso producto para algunos, para otros un desecho. 
 

Antes de la industrialización del mundo, los animales, los árboles, la tierra, los frutos, el mar, el agua, el viento eran parte no sólo de nuestra cotidianidad, sino que constituían nuestro círculo de protección. Esa naturaleza que mágicamente también nos evocaba fantasías que nos provocarían la construcción de mitologías, creando lazos afectivos y recordándonos nuestro emparentamiento, orgánicamente nos daba sostén y nos igualaba con ella para cuidarnos mutuamente. Naturaleza y humanidad existían para acompañarse y, cada especie a su propio ritmo, vivir y morir. Pero eso era cuando respetábamos su fuerza, cuando entendíamos que la muerte es parte de la vida y no buscábamos controlar lo incontrolable ni sentíamos tanto miedo a la vida. Aquel curso natural de las cosas hoy pareciera una alucinación. Hemos olvidado el paso y el peso del tiempo.

Hace un par de días tuve una discusión con un vecino empecinado en mantener nuestra calle sin una hoja, sin una semilla, sin un vestigio de la naturaleza que lastime su “paisaje” ideal, el cual desde su asepsia, experimenta a la vida como una intromisión. Su reclamo consistía en mi indiferencia frente a la espantosa alfombra de hojas que se había formado frente a mi casa después de una tarde agitada por ráfagas de viento, las cuales habían generado el proceso natural de tirar las semillas del árbol gigantesco que protege mi casa. Desde su perspectiva, se ve mal que haya tanta hojita tirada y la cual “tapará el drenaje y provocará inundaciones”. Ya en diciembre, cuando el mismo árbol tuvo la osadía de deshojarse hasta quedar sus ramas completamente desnudas, habíamos tenido una charla parecida. Él exigía que yo barriera hasta desaparecer el último fragmento de la última hoja seca, y yo le explicaba que ese “desecho” sirve para reforestar. Para él, esas hojas sólo podían ser basura que ensuciaba su calle rompiendo la imagen de pulcritud que debe armonizar con las jardineras de metal tan de moda y tan estorbosas, que seguramente ya han enriquecido a su fabricante que nos ha vendido la necesidad de ordenar como si fuera una extensión de nuestra sala, la vía pública. Desde la perspectiva de muchos ciudadanos, este tipo de inmobiliario le da “caché” al espacio público que se ha privatizado centímetro a centímetro; porque resulta que si se paga el “permiso” a la delegación, uno puede decidir la ornamentación de la banqueta pública que da a su fachada. Apropiarse de lo público, pagar su dominio es la nueva manera de vivir los espacios públicos que ya no son para todos, parece. La libertad ciudadana nos da el poder no de compartir, sino de extender las propias normas estéticas hacia donde se deje y quien se deje.

Evidentemente no hubo entendimiento, quizá tolerancia. Para él, yo seré la vecina hippie y desordenada que deja que las hojas caigan sin perseguirlas con un recogedor y, para mí, él será el habitante modelo de la gentrificación, para la cual la ciudad ya no es para recorrerse, sino para consumirse. Desde esta nueva mirada propia del capitalismo tardío urbano, uno ya no podrá explorar ni perderse en la urbe, como lo proponía Walter Benjamin, y las enseñanzas de los situacionistas tampoco tendrán cabida en este impecable habitar. Hoy, las metrópolis aspiran a ser la suma de guetos. Calles cerradas, colonias cercadas, cámaras vigilantes, árboles peinados, jardineras falsas y mobiliario que eficientiza la convivencia, que nos digan hacia dónde ir para que no olvidemos que el espacio público ya es privado.

Mientras escuchaba a mi vecino quejarse de mi apatía frente al orden y mi relajada empatía frente al curso natural de las estaciones del año, me sentí como Cirilo, personaje de La decadencia de la mentira, de Oscar Wilde, quien invita a Vivian a tirarse en la yerba y disfrutar la naturaleza, una facultad que este otro personaje confiesa haber perdido por completo; tal como mi vecino al que le incomoda el efecto del viento sobre los árboles, pero a quien no incomoda desperdiciar el agua para mantener lo que él vigila y considera su banqueta reluciente, ni el uso de bolsas de plástico en las que a diario aprisiona a toda aquella hoja que ose caer. ¿Cuándo entenderemos que aunque queramos enmarcar a la naturaleza, nunca lo conseguiremos? Quizá cuando volvamos a mirarnos a través de ella.

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