En obra negra
Es temporada de obras. Se acercan elecciones estatales que están calentando al país para la “grande”. Los participantes se preparan para participar en lo que ya dejó de ser un proceso democrático, con reglas y valores, para convertirse en una guerra en la que todo se vale. Y, como el fin justifica los medios, están dispuestos a todo a costa de todos.
Nuestros políticos han olvidado la función pública por las campañas permanentes. Es más sencillo prometer que cumplir. Asumen puestos que les sirven de trampolín para el siguiente. Si operan es pensando en la que sigue, nunca en su deber profesional, nunca en el bienestar de la ciudadanía, nunca en la planeación y ejecución de un proyecto a largo plazo que verdaderamente contribuya a la construcción de políticas públicas más equitativas y efectivas. La búsqueda del bienestar social se privatizó. El pueblo es una masa que sólo les sirve para “justificar” un puesto que han dejado de ejercer, porque en el siglo XXI la individualidad en serie ha sustituido a la comunidad.
Estamos en temporada de obras porque hay que presumir que se hace algo, para luego explicar públicamente las razones, los planes, los beneficios de esas obras que siempre presumen ser necesarias. Usan la retórica para explicarnos, más que la relevancia de esos proyectos, que ellos son imprescindibles y que somos privilegiados de tenerlos como “líderes”. Confunden su trabajo con el marketing.
Curiosamente justo ahora, la delegación Cuauhtémoc está preocupada por “remozar” y atender las fallas en servicios urbanos. Esta semana me uní a un recorrido con la encargada de servicios urbanos para escuchar a los vecinos, quienes llevamos más de un año denunciando cables tirados, banquetas rotas, luminarias fundidas, abuso de las banquetas por parte de los bares y restaurantes, falta de coladeras. Mi cuadra, por ejemplo, lleva esperando más de dos años los beneficios del programa de los parquímetros para arreglar un hundimiento en medio de la calle. Acompañada de un equipo nutrido tomó nota una vez más, pero eso sí cuando preguntamos sobre los excesos en los permisos de construcción y los abusos por parte de las constructoras se nos indicó que pasáramos a la siguiente ventanilla.
Estas “giras” son comunes cuando el jefe busca el siguiente puesto, como es el caso, o como lo son hoy las obras del Metrobús que correrá por Paseo de la Reforma en los carriles centrales, rompiendo la espacialidad de la avenida más bella de la Ciudad de México. ¿Por qué no en las laterales? Ah, ésas fueron ocupadas por las ciclopistas justo en otra temporada de obras, que en época de lluvias se inundan, por cierto, situación que se repetirá en muchos lugares donde se “nivelaron” las banquetas al ras del piso. Esperemos que las lluvias entiendan las grandes y funcionales ideas de nuestros funcionarios, que parece no entienden que la urbanización debe ser planeada, no colapsada. Pero en lugar de invertir en estudios que contribuyan, prefieren hacerlo en la promoción de sus acciones, de una manera orgánica, claro, para que “nadie” se dé cuenta. Lo hacen de una forma tan sutil, que cómo sospechar cuando aparecen simultáneamente artículos, portadas, entrevistas sobre un mismo estado. Una estrategia silenciosa que, por ejemplo, nos dice que qué chula es Puebla, qué grandes inversiones automotrices y qué minimalistas museos. También está la estrategia en tercera persona en la que ciertos individuos salen a escena sólo para opinar lo mal y lo peligroso de otras figuras, cumpliendo así dos cometidos: atacar y “posicionarse”.
¿De verdad somos tan ingenuos o ellos son tan cínicos que ya no les importa si les creemos o no? Total, en la época de la posverdad todo es cuestión de enfoques y de intereses. Las elecciones de 2018 ya han permeado nuestra cotidianidad. A unos les regalan tinacos, a otros les arreglarán los faros, las banquetas, los parques, las carreteras, a la mayoría nos prometerán que ahora sí resolverán conflictos, combatirán el crimen, cuidarán a la ciudadanía, como si fueran actos ya no extraordinarios, sino heroicos y ajenos a sus funciones. Como si cumplir con su trabajo no fuera un deber, sino un regalo para que constatemos “qué buenas personas son”. La ciudadanía no quiere samaritanos, sólo profesionales que resuelvan, rindan cuentas y sean capaces de idear proyectos efectivos, funcionales e incluyentes, que construyan comunidad. Ésta debería ser su obra principal.
