La obra de al lado
En qué momento nos convertimos en país de abusivos. Cómo fue que dejamos que nos ganara la avaricia. Por qué seguimos pensando que el que no transa no avanza y que la única salida es rebasar por la izquierda… Me sorprende que seamos incapaces de reconocer que esa gula, esa mezquindad, esa necesidad de quererlo todo a cualquier precio que tanto denostamos
de las clases política y empresarial,
la practiquemos en el día a día y nos asumamos que nos queda de otra.
Hace un par de días tomé un taxi para un trayecto que suelo hacer en bicicleta. Al llegar a mi destino, veo que el conductor borra el taxímetro, “es tanto”, dice. Al cuestionarle el monto —y su acción— me ve como si yo estuviera delinquiendo, me reclama que ellos cobran por zona. Enojada le reclamo su proceder ilegal, pero para él el evento se reduce en que yo soy una tacaña.
Esta situación me recordó al “incidente” que le sucedió a una amiga, a la cual la contrataron para hacer un trabajo por una cierta tarifa; al entregar lo convenido, le regatearon los honorarios “porque no utilizaron todo”, cuando ella exigió su derecho la respuesta fue escalofriante: “¿Te vas a pelear por esa miseria?”. ¿Quién es el miserable?, me pregunto.
En esta misma semana, un martillazo en la pared me despertó con la noticia de que la casa que colinda con la mía sería demolida sin que se nos informara a los vecinos, ya no por orden cívico, sino por cordialidad y respeto, y por seguridad. El ingeniero encargado me dijo que si habían pensado que nos tenían que avisar (¿Entonces?). Al preguntar sobre los permisos, las medidas de seguridad, horarios, etcétera, tranquilamente me respondió que así estaba toda la ciudad. “¿Y eso debe consolarme?”, lo cuestioné. Él simplemente repitió, así está toda la ciudad. No me diga. Atrás de mi casa están construyendo un edificio en una zona que se supone está controlada, pero en la que han tirado casas con fachadas protegidas sin que la voz de los vecinos se escuche. En menos de nueve manzanas se están edificando, donde antes había casas, diez inmuebles de 15 metros de alto (seis niveles, “pero de techo bajo”), en promedio y uno del doble, una altura tan visible como la fealdad del proyecto y la mala calidad de los materiales… Pero, claro, se trata de una zona céntrica, gentrificada, donde la vida de barrio de “artistas” se convirtió en un producto tan rentable que todos quieren una rebanada de pastel, sin percatarse de que tal voracidad está acabando con la belleza arquitectónica y la atmósfera que fueran el gran atractivo de la colonia Condesa.
¿No se dan cuenta que conservar les sería más benéfico que destruir? No. No han entendido que hacer edificios feos destruye el legado, pero a los que dan permisos (esos que presumen tardan más de un año en otorgar “porque no crea que es tan fácil construir en esta colonia”) y a los que construyen sólo les importan los precios estratosféricos que hoy se paga por la mediocridad. ¿De verdad un departamento de 50 metros a media cuadra del Metro Chapultepec vale tres millones de pesos? ¿Ésa es la vivienda del trabajador? Seguro del trabajador escandinavo que tiene un diseño funcional para esos espacios reducidos, que se mueve en transporte público y vive en un país donde los salarios son dignos, donde sus impuestos se ven reflejados en el bienestar social y los taxistas no tienen que cobrar según el sapo, ni los constructores que mocharse, donde la sociedad cuida el espacio público y no intenta apropiárselo. Una apropiación consentida por las autoridades que ignoran que el trazo urbano es un tesoro turístico, que las calles son para caminarse, las plazas para disfrutarse y no espacios disponibles para el comercio ambulante, donde el único impuesto que se cobra es “acá entre nos”.
Escribo este texto acompañada de la musicalidad de los martillazos de la casa de junto (que advierten, durará un mes), la cual se combina con el ruido armónico de la pipa mezcladora para hacer el colado del futuro edificio de cinco niveles que se erige a mis espaldas. ¡Por lo menos la “modesta” remodelación de un año de la otra casa de junto ya acabó! Supongo que la tristeza al contemplar cómo se borra el rostro de una de las colonias con más historia de la capital no se compara con la frustración de quienes compraron o rentan un espacio en la Torre Mayor, al lado de la cual se está construyendo un rascacielos, que, en lugar de dibujar el paisaje urbano, lo desdibuja. Pero así está toda la ciudad, dice el ingeniero de la obra vecina.
