Aquí entre nos

Alguna vez durante mis largos cafés acompañada de mi basset hound escuché a una chica, quien gesticulaba preocupada y miraba desconfiada hacia los lados, solicitar a su compañera de conversación bajar la voz, mientras ella, claro, hacía lo propio. “Shh, que uno nunca sabe quién está escuchando”. Esa frase me recordó 
una charla con una amiga quien estaba convencida —y aún lo está— de que en México nadie dice nada malo al vecino, ya sea de la calle, de la caminadora, del sauna o de la fila, no vaya a ser que sea “alguien”. Un alguien cercano y poderoso capaz de hacerle daño hasta a los desconocidos por ninguna razón. 
 

Ese temor por ser “descubiertos” o más bien por decir “algo indebido” se ha convertido en el pretexto perfecto para la no acción. No vaya a ser la de malas. Que alguien escuche nuestros secretos y los revele justo a “esos” con quienes no queremos compartirlos resulta una lotería, al igual que a nosotros se nos sea “revelado” un misterio ajeno. Sin embargo, nos gusta pensar que “las paredes escuchan” para así nosotros no hablar. Nos conformamos con decir lo necesario; nunca una palabra de más, no vaya a ser. Y entre omisión y omisión se teje la trampa. Aprendemos a decir lo necesario, lo que el otro quiere escuchar; “verdades a medias”, dirían las abuelas y los funcionarios.

En otra ocasión, también acompañada de mi perro orejón, escuché a un hombre, vestido con un traje de corte y tela espectaculares, decirle a otro más joven, y en un traje más modesto, “en esta oficina no mentimos, sólo no decimos toda la verdad”. Cierto, estamos acostumbrados a no decir toda la verdad; de hecho, a decir apenas una mínima parte de la verdad. Siempre estamos bien, “no nos podemos quejar”, todos nos caen perfecto… Nos parece de mal gusto decir algo “malo” sobre el otro, así que optamos por el silencio.

Un silencio que nos delata y al que le sigue una frase casual como: “No quieres saber”, “no me preguntes” o “sin palabras”; nuestro interlocutor, como si fuera un adivino, responde con un tajante “lo esperaba”, “ya me lo habían dicho”… No es necesario decir más, incitamos a la imaginación, la dejamos fluir y consentimos que se confunda con la realidad. Dejamos que las suposiciones se conviertan en esas verdades que, de cualquier manera, preferimos decir a medias.

Así, vamos construyendo narrativas simultáneas. Siempre estará la versión “oficial”, la “real”, la de los cuates y la que nos conviene. Cualquiera de nuestras vivencias tendrá que ser apostillada por algún ser superior o por lo menos a un “alguien” divinizado que posea una calidad “moral” digna de confianza para que pueda verificar lo que decimos (“si no, pregúntale a…”)… Vamos experimentando la vida y documentando una versión para Facebook, otra para Twitter, para los amigos de WhatsApp, para nuestros íntimos y una más para el terapeuta, siquiatra, confesor o ese personaje al que sí somos capaces de contarle nuestras cosas “aquí entre nos”. Lo curioso es que el recelo que nos domina en nuestras charlas cotiadianas suele relajarse en el momento en el que estamos “a solas”, en un espacio “neutro” donde aquellos que nos rodean no son “peligrosos” —que no de fiar—, porque una de las reglas que nos inculcan es que no hay que confiar en nadie, la cual, sumada al “tú niégalo todo” y “piensa mal y acertarás”, conforman el kit de sobrevivencia que nos mantendrá, al menos eso queremos creer, a salvo.

Sin embargo, cuando nos sentimos fuera de peligro, rodeados de personas inofensivas (como yo, acompañada de mi basset hound), la lengua suele aflojarse. Se nos suelta la madeja y no sólo decimos la verdad, sino que develamos secretos que no deberíamos, sugerimos posibles narrativas y/o ciertos indicios que, una vez más, dan pie a la imaginación ajena. Sin querer queriendo, dejamos cabos sueltos que pueden ser amarrados al gusto del receptor, quien, a su vez, jurará no decir nada, y no lo hará cuando, a menos de que esté en una situación que inspire al “aquí entre nos”, y aquí entre nos —y pese a nuestro temor por ser escuchados por la persona incorrecta (que no espiados), a nuestra costumbre de decir la verdad a medias— vamos contando esas intimidades y secrecías que desde nuestro imaginario van hilando una realidad paralela, la cual nadie ha constatado, pero en la que se han edificado las mentiras que sostienen nuestra ingenuidad.

Siempre es relajante pensar que la culpa es de esa mano que mece los intereses internacionales y no de la supraestructura.

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