Gentrificación voraz

Después del terremoto de 1985, las colonias Roma y Condesa no sólo tuvieron que reconfiguar su aspecto urbanístico y arquitectónico, sino reinventarse después de ser abandonadas. Los derrumbes de muchísimos inmuebles y el dolor cambiaron para siempre a unos y se ...

Después del terremoto de 1985, las colonias Roma y Condesa no sólo tuvieron que reconfiguar su aspecto urbanístico y arquitectónico, sino reinventarse después de ser abandonadas. Los derrumbes de muchísimos inmuebles y el dolor cambiaron para siempre a unos y se convirtieron en una oportunidad para otros. Así llegó una ola de gente joven, artistas en su mayoría, atraída por las rentas bajas, decidida a reconquistar estas colonias tan céntricas y, agradables para la vida comunal. Y uno atrajo a otro y así, esta nueva población pronto se mimetizó con el barrio, se amigó con las viejas familias que se negaron a huir, con los comercios, cines y cantinas, pero también lo revitalizó. Sin mucho dinero, pero sí con mucha creatividad, esta nueva población crea sus propios espacios, sin menospreciar los existentes. Surgieron La Garufa y La Gloria en la misma calle que el mítico SEP’s de Tamaulipas. Pronto estos nuevos lugares se hicieron de clientes locales y de turistas culturales que venían de otras zonas a saborear la “sazón” de lo que se unificaría como la Condesa, que emulaba la vibra del primer SoHo neoyorquino.

Este efecto pronto se propagó, quizá fue el rebote de un momento en el que la ciudad dejaba el corsé para soltarse el pelo. Como si aquel terremoto la hubiera sacudido tan fuerte que no le hubiera quedado de otra más que renacer. Y renació la ciudad también en lo social. En 1988, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, Heberto Castillo, Porfirio Muñoz Ledo y Manuel Clouthier nos demostraban que la convivencia entre diferentes era posible. “La ciudad más peligrosa del país” despertaba y en la Condesa trasnochaba.

Poco a poco, la Condesa y sus anexos (Hipódromo I y II, Hipódromo Condesa…) se fueron remozando. Algunos garajes se convirtieron en restaurantes, otros locales cerrados abrieron sus cortinas para recibir tiendas, en los edificios los parroquianos de siempre compartían pasillo con artistas, quienes a su vez daban trabajo a carpinteros, compraban en las tiendas de abarrotes de la esquina, colaboraban con el herrero, le pedían al sastre remendar sus sacos para ocasiones especiales. Era una delicia caminar a la peletería para arreglar la maleta heredada para el viaje y después sentarse en la terraza, ya fuera para tomarse una chela con una sopita en La Gloria o aprovechar el cubierto en el SEP’s y devorar los pepinos, zanahorias, paté y diversidad de panes incluidos. Ése era el atractivo: la convivencia y la certeza de que había lugar para todos. Y lo había y sin prejuicios.

Pero pronto esta forma de vida se convirtió en atracción turística. Florecía un momento internacional en el que el neoliberalismo imponía una “libertad” global. La fascinación por el consumo se convertía en un deber ser, una forma de estar y de ser contemporáneo. Si ya todo era un producto en potencia, en los noventa se constató que la única manera de sobrevivir era siendo un producto, la Condesa no fue la excepción y el mainstream no sólo llegó para quedarse, sino para exigir más consumo. El “barrio del deseo” se impuso. La bonanza fue mal entendida por todos y todos quisieron hacer negocio: unos al vender, otros al comprar, otros al rentar. La idea de un lugar amable y armónico fue sustituida por la de un lugar rentable. El resultado: una corrupción creciente, precios inmobiliarios estratosféricos, cambios de uso de suelo de residencial a comercial, demolición de casas, aumento de precios y, por supuesto, migración. Los “inquilinos” que llegaron a finales de los ochenta, esos que gentrificaron, literalmente, por “amor al arte”, ya no son bienvenidos. Peor aún están siendo expulsados con igual violencia monetaria como la que sufren los habitantes de la Roma, colonia en la que la transformación gentrificadora ha tomado menos de una tercera parte de lo que le tomó a la Condesa y con una agresividad descomunal: ferreterías convertidas en hoteles de súper lujo, casas transformadas en galerías, boutiques, mezcalerías, cervecerías artesanales, cafés orgánicos… que no quieren convivir con ferreterías ni con papelerías ni tamalerías, sino sólo extender y confirmar que la Roma es un producto y no un barrio lleno de contrastes, de hermosísimas casas Art Déco y de edificios ocupados por una clase media trabajadora que sabía disfrutar tanto de su café con leche en el Café París, como de los Taquitos Frontera, de los helados de la Bella Italia y del popular Gym Roma —en la calle de Orizaba, entre Álvaro Obregón y Chihuahua— que ha sido por años una referencia y un espectáculo. Ese gimnasio en el que por 350 pesos mensuales se podía utilizar los aparatos y tomar clases de aerobics, box, zumba, y etc., hoy está a punto de cerrar para albergar un bar más de dos pisos, robando así un pedacito de vida a la cotidianidad de la población romana, que aceleradamente pierde sus espacios y ve cómo su colonia se transforma en una especie de complejo turístico en el que no son bienvenidos. La Roma, hoy, ya ha perdido su identidad y sabor urbano que se supone fue el atractivo. El cierre de este icónico gimnasio nos recuerda que la gentrificación no es una “gentilización” de la zona, sino una devastación. Pero bueno, en los tiempos de capitalismo salvaje todo se vale, y más si es por dinero.

                *Escritora y editora

                mirmabel@yahoo.com

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