Odio al trabajo

Durante mi época de estudiante creía que los jefes eran una especie de gurús, de guías laborales que no sólo me enseñarían sus secretos, sino que se convertirían en mis maestros. Los imaginaba generosos, rebeldes, comprometidos, buscadores de la verdad, ...

Durante mi época de estudiante creía que los jefes eran una especie de gurús, de guías laborales que no sólo me enseñarían sus secretos, sino que se convertirían en mis maestros. Los imaginaba generosos, rebeldes, comprometidos, buscadores de la verdad, solidarios… por supuesto, creativos. Tuve mucha suerte. Mi primera incursión en un periódico fue en la sección cultural de un diario norteño, encabezada por la poeta regiomontana Leticia Herrera; ella no sólo me publicó, sino que se interesó en mi en cierne trabajo y me planteó retos creativos. Hice mi servicio social en el entonces llamado Gran Festival de la Ciudad de México, hoy resumido en el Festival del Centro Histórico, ahí aprendí que el trabajo no se regala y que un buen jefe es considerado. A diferencia de muchos, a mí no me mandaban por las copias, ni a contestar los teléfonos ni a ir por los cafés; me traían de arriba para abajo haciendo talacha, escribiendo, practicando, ayudando: me hicieron parte de su equipo y, en algunas ediciones posteriores, una colega.  Ahí conocí gente entrañable, que me fui topando en el camino y cuyas enseñanzas hoy comparto con otros jóvenes. Sentencias simples como no regalar el trabajo, resolver problemas, ayudar al compañero… Aquel ideal parecía encontrar su correspondencia en la realidad. Luego conocí en el Instituto de Cultura de la Ciudad de México a Agustín Sánchez González, quien me enseñó a comprometerme con la escritura; en esa época me gané una beca de escritores y él me dijo que me iba a “correr”, que lo que yo necesitaba era un trabajo de medio tiempo para que pudiera dedicarle tiempo a mi proyecto literario. Años después, conocí en el Instituto Nacional de Antropología e Historia a María Engracia Vallejo, quien me enseñó que un buen jefe es el que confía, el que delega, el que deja actuar y respalda a su equipo. Ella me mostró a un jefe productor ejecutivo, que sabe coordinar. Hoy, con la distancia, sé que me enseñaron algo sumamente importante: el respeto por el otro, por su esfuerzo y por su trabajo. Un respeto que se debe ejercer en todos los niveles y en todas las posiciones, sin importar quién está arriba y quién abajo. Respeto del jefe a su subalterno y del subalterno al jefe, y de compañero a compañero. Así aprendí a disfrutar trabajar, gusto que con los años me percaté no es una práctica común.

Un día le dije a un amigo que me habían dicho que yo no era normal. Me vio muy serio y me dijo: “¿Te gusta tu trabajo?”. Respondí, sí. “¿Quieres a tu pareja?”, también contesté, sí. “Ves, no eres normal”, se carcajeó.

Trabajar se ha convertido en una forma de ganar para consumir, y más que nada de pagar las deudas, la renta. Trabajar dejó de ser una actividad creativa para convertirse en una inercia mecánica. Dejó de ser una forma de explorar nuevas herramientas, de desarrollar proyectos, de resolver problemas, plantear preguntas para sólo hacer ganar dinero a “la empresa”. Paradójicamente, el capitalismo nos robó las ganas de trabajar y nos inculcó el deseo de consumir. Nos abrió las puertas del entretenimiento consumista, nos robó la posibilidad de hacer con nuestro tiempo libre lo que quisiéramos y nos fue “sugiriendo” actividades tan entretenidas como comprar. Pero nos quitó las ganas de trabajar y no sólo eso, nos llenó de publicidad que siempre nos recuerda qué horrible es la vida del trabajador, del hoy Godínez, que se pasa la vida en una triste oficina dejando pasar de largo los cines con múltiples salas VIP en las que proyectan la misma película, o de pasear en centros comerciales con las mismas tiendas o en el tráfico. Y así todos empezamos a odiar nuestra vida godinezca y a verla sólo como una quincena, que no es poca cosa, pero que se vive como penitencia y no como parte del crecimiento humano, de hacer comunidad. De pronto, el trabajo se convirtió en el peor enemigo de la buena vida y, curiosamente, esa buena vida se transformó en obligación: en una manera de demostrar el éxito. El trabajo se tradujo en desdicha e infelicidad, y cómo puede haber buenos jefes y empleados si hoy de lo que se trata es de trabajar menos, y esto sólo se consigue haciendo que otro trabaje por uno. Aprovecharse del otro, hoy parece ser la constante. Tomar ventaja es casi un signo de inteligencia. Escucho a mi alrededor y me pregunto no sólo dónde están los buenos jefes y los trabajadores comprometidos. Supongo que somos, y me incluyo, una especie en extinción. Nos debería preocupar y no se trata de promover robots ni esclavos, sino todo lo contrario, de crear una conciencia de que el trabajo no es eso que nos mata por una quincena, sino que nos permite desarrollarnos intelectualmente, artesanalmente, socialmente… pero claro, para ello tendríamos que aspirar a tener mejores líderes y, para ello, necesitamos promover una sociedad más justa, una mejor educación, sobre todo un mejor uso de nuestro tiempo libre. ¿Por qué no hacer ejercicio, leer, tomar clases de danza, de carpintería? Retomar lo manual como un manifiesto de recuperar nuestra creatividad. Hacer del trabajo también una forma de aprendizaje. Pero claro, habría, que tener jefes inteligentes, solidarios, justos. La tarea no es fácil, tampoco difícil, lo que se requiere es algo que socialmente estamos perdiendo: generosidad.

*Escritora y editora

mirmabel@yahoo.com

Temas: