¡QUÉ VIVA LA MÚSICA!

Qué presente tan hermoso y adecuado para un eterno aspirante a escritor. Le estoy buscando un lugar en mi desordenado departamento.

Tengo mis años, mis horas de vuelo, un poco de mundo y, a golpe de abrir los ojos, los oídos, el corazón y la mente, tengo ya también el gusto muy refinado. Para atreverse a decir esto es imprescindible, además, carecer absolutamente de la más mínima modestia. Voy, pues, sin ella, sólo a favor de lo bello, con la chulería necesaria para presumir mi disfrute, la deliciosa osadía de saber y poder gozar de lo bueno. Muy pocas veces en mi recorrido tuve la oportunidad de vivir algo como lo del pasado miércoles en el Auditorio Nacional. Ante mis asombradas narices, casi 400 músicos tocaban y cantaban a la vez en el escenario. ¡Cuánta grandeza!

La Camerata Opus 11, con el maestro Mario Monroy en la dirección, nos compartió dos horas de sublime emoción. Anabel de la Mora, elevadísima soprano, me llevó a las lágrimas con su interpretación del aria O mio babbino caro, de Puccini. Jorge Fajardo, espléndido tenor, me transportó a Italia con O sole mio, pero mi locura fue reconocer a Juan Carlos Heredia. De este barítono ya me declaro fan apasionado. Sabía de su trayectoria y de sus múltiples premios, pero no había tenido el privilegio de escucharlo en vivo. ¡Enorme! Se me van muchos nombres en esta mínima reseña —otros directores y otros solistas—, con todos me disculpo por la omisión y les mando mi reconocimiento y mi gratitud por una noche mágica a media semana.

Estos pasados ocho días anduve muy regalado. Me tomé un café con mi amigo Abraham y me trajo un librazo de Salman Rushdie, Hijos de la media noche. Habíamos hablado de él en su casa, yo sólo comenté que no lo había leído y, zas, ahí lo tengo ya. Con éste, ya son 30 en cola de lectura. Qué chulada. Más vale que sobre y que no falte nunca. En mi artículo del domingo 16 de febrero mencioné a San Agustín y su profunda reflexión sobre el tiempo. Linda, doctora en literatura comparada, que escribió mucho sobre el tema precisamente en su tesis de doctorado, Las puertas del tiempo; configuraciones filosóficas y literarias, me obsequió un ejemplar y, con él, la tarea de sumergirme en el tema para que pronto pueda hablar nuevamente del tiempo, esta vez, con más bagaje. Qué bonito es rodearse de gente que te enseña tanto. Gracias.

Más regalos… El martes, el Barcelona, mi equipo de toda la vida, le presentó al mundo un ejercicio de generosidad futbolera. Entre ellos y el Atlético de Madrid nos pusieron ante los ojos uno de los mejores partidos de la presente temporada. Acepto el resultado a cambio de tanta belleza y entrega. Un 4-4 contra un equipo tan robusto es prueba de que, cuando brilla el talento, el que gana es el futbol.

La Unagi es generosa. Sería imposible que yo amara a alguien que no lo fuera. Mi nena exagera y es uno más de los muchos atributos que la embellecen. Ya empezó con la serie anual de regalos de cumpleaños y lo hace sesenta días antes de la fecha. Fue ella quien me llevó a la gala sinfónica del miércoles, pero no fue ese el primero. Hace una semana me regaló una Underwood con sus teclas, su carro, su rodillo, sus tipos, su cinta entintada y hasta su número de serie intacto. Es la 116787046, fabricada en EU y distribuida en México por la General Binding Corporation S.A. de C.V., un modelo que conmemoraba el 20 aniversario de la fundación de la fábrica. Una máquina de escribir divina de 1967. Es más joven que yo y, como yo, todavía funciona. Qué presente tan hermoso y adecuado para un eterno aspirante a escritor. Le estoy buscando un lugar en mi desordenado departamento. Ella sabe muy bien lo que me gusta y sabe también que le quedo muy agradecido.

Es domingo. Ayer entramos en marzo y 2025 se escurre veloz. Ésa es quizá la peor parte de la edad: esa dolorosa manera de sentir cómo se nos escapa el tiempo. En la adolescencia, los días se hacían lentos a la espera de un sueño; ahora, no conceden tregua y se desvanecen casi sin darnos cuenta. Por eso es tan importante amarrarse al presente. Comer hoy, jugar hoy, disfrutar hoy, dormir hoy y también perdonar, perdonarse, pedir perdón, abrazar y dejar la pena y los rencores para cuando ya no haya más días.

Vivamos hoy. Feliz domingo.

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