Miguel Dová-Como la vida misma / 14 de mayo de 2025

El papa estadunidense León XIV no es un cruzado del oscurantismo, pero tampoco un reformador.LOS DUEÑOS DEL SILENCIOVolvió a salir humo blanco de la chimenea más famosa del mundo, y con él, la ilusión o el espejismo de que algo podría cambiar. El nuevo Papa, ...

El papa estadunidense León XIV no es un cruzado del oscurantismo, pero tampoco un reformador.

  • LOS DUEÑOS DEL SILENCIO

Volvió a salir humo blanco de la chimenea más famosa del mundo, y con él, la ilusión —o el espejismo— de que algo podría cambiar. El nuevo Papa, León XIV, fue recibido con vítores, especulaciones y las mismas etiquetas de siempre: “progresista moderado”, “puente entre visiones”. En otras palabras: todo cambiará para que todo siga igual.

El Vaticano no es sólo el corazón simbólico del catolicismo. Es, además, un Estado soberano. Un país con bandera, himno, banca propia, cuerpo diplomático, propiedades millonarias en Londres, inversiones opacas en Suiza y récords inmobiliarios en Roma. Un Estado poco democrático, donde las mujeres no tienen derecho a decidir absolutamente nada, donde se profesa una sola fe y se obedece con la rigidez de los siglos. Si esto no nos parece inquietante, revisemos nuestro concepto de teocracia.

La elección de un Papa es un ritual que mezcla lo medieval con lo estratégico. 133 cardenales —todos hombres y todos parte de la aristocracia eclesiástica— se encierran en un cónclave a decidir el futuro espiritual y político de mil 300 millones de personas. Y es que el Papa no sólo guía conciencias; influye en leyes, financiamientos, decisiones sanitarias, derechos sexuales, políticas educativas y alianzas diplomáticas en buena parte del planeta.

¿Quién es León XIV? Detrás está Robert Francis Prevost, estadunidense de nacimiento, agustino de formación, y hasta hace poco prefecto de la Congregación para los Obispos, cargo clave desde el cual se moldean los liderazgos eclesiásticos en todo el mundo. Su paso por Perú como misionero le dio una imagen de cercanía pastoral, pero en Roma ha sido más bien un hombre del aparato: discreto, obediente, bien relacionado. No es un cruzado del oscurantismo, pero tampoco un reformador. Su fama de “moderado” es el disfraz más eficaz del inmovilismo: amable en el trato, firme en la estructura. Lo suyo es el continuismo sonriente, esa política vaticana que siempre parece avanzar… mientras da vueltas en círculo.

León XIV hereda una institución blindada. Pío XII pactó con Mussolini. Juan Pablo II fue clave en la caída del comunismo en Europa del Este, pero silencioso ante las dictaduras latinoamericanas. Benedicto XVI, teólogo brillante, falló estrepitosamente en limpiar los abusos.

Francisco I intentó abrir puertas, hablar de los pobres, reformar las finanzas. Y aunque ganó muchas simpatías, la tramoya vaticana resistió cada uno de sus pasos. El Vaticano no cambia: se reacomoda.

La Iglesia católica es mucho más que el Vaticano, lo sé. Hay gente muy buena en su entorno. Pero el poder real, el que reparte nombramientos, controla el dinero y define la doctrina, está allá: en 44 hectáreas rodeadas de mármol, silencio y secretos. En las bóvedas del IOR, en las operaciones inmobiliarias opacas, en las canonizaciones estratégicas, en los pactos con gobiernos autoritarios, en las omisiones ante genocidios o abusos, en los silencios más ruidosos.

Por eso la llegada de León XIV no es una anécdota. Sólo recuerda que, en 2025, seguimos teniendo un Estado donde las mujeres no existen, donde se prohíbe el disenso y donde el jefe de Estado también es, por decreto, el representante de Dios en la Tierra. Un Estado sin urnas, sin oposición, sin alternancia real, pero con inmunidad diplomática y trajes bordados en oro. Quizá el nuevo Papa tenga buena voluntad. Quizá hable de paz, de diálogo, de misericordia. Quizá publique un libro-entrevista con algún periodista amigo y diga que está dispuesto a escuchar “nuevas voces”. Pero si esas voces no pueden votar ni legislar ni predicar ni decidir, entonces no son voces: son ecos decorativos. Y un mundo donde más de la mitad de la humanidad sigue sin voz no es un ejemplo de fe. Es una ceremonia de sumisión.

Hablando del Vaticano, échenle un ojo a esta novela: El vicario de Cristo, de Walter F. Murphy. Densa, literaria y poco conocida, pero fascinante. La empecé el lunes y pinta muy bien. Es la historia ficticia de un papa americano. No se puede creer en casualidades.

Bonito miércoles.

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