Los placeres cotidianos

De ahí mi agradecimiento a la vida, muchas de mis alegrías no las merezco, se me atravesaron ahí porque soy un tipo afortunado. Un suertudo.

SI NO ME APETECE, PASO

He llegado a esa edad plácida —y peligrosa— en la que uno ya no está para perder el tiempo. No es soberbia, es conciencia. No es cansancio, es elección. Empiezo los días con una idea: hoy haré sólo cosas que me gusten. Y, aunque no siempre lo puedo cumplir, trato de acercarme mucho.

Ya no guardo botellas para momentos especiales. Si están ahí, la ocasión es hoy. No dejo el buen vino para después, ni los abrazos para mañana ni las palabras importantes para cuando “haya más tiempo”. No lo hay. No lo hay nunca. Tampoco peleo todas las batallas. Ya no tengo ganas de lucharlas. Hay conflictos que no merecen energía, personas que no caben en mi agenda afectiva, pleitos que es mejor dejar pasar como un tren equivocado.

Sigo trabajando con pasión. Tengo la rara exención de dedicarme a lo que amo: desarrollar ideas, soñar campañas, convertir una hoja en blanco en algo que provoca. Qué cosa tan extraña y hermosa es eso: tener una intuición que pudiera parecer absurda en una junta, luego pulirla, y analizarla, investigarla, vamos: trabajarla, para que después la pueda ver convertida en anuncio, en emoción colectiva, en éxito de mis clientes; que siempre se convierten en mis amigos.

Hay algo de magia —y de terquedad— en dedicarse a la creatividad. Cada proyecto es una apuesta, cada cliente una jungla distinta, cada logro una pequeña victoria.

Escribir, además, me salva.

Aquí, en este espacio, soy yo sin brief. Aquí me reconcilio con los libros que me formaron, con las frases que me dejaron sin aliento, con los versos que se quedaron a vivir en mi cabeza como inquilinos felices. A veces creo que escribo para recordarme lo que ya sé. Para no ceder al cinismo. Para no hacerme el tonto. Para decirme que aún tengo algo que contar. No quiero dejar para después lo que me hace feliz ahora.

No quiero callarme las cosas bellas ni postergar los placeres simples ni relegar lo que me enciende. Y si alguien piensa que exagero, que soy dramático, que tengo urgencia de vivir… acierta. La tengo.

Sé que no somos dueños del siguiente minuto. Pero de éste sí. Y hay que vibrarlo. Celebrarlo bien acompañados, en mi actitud frente al snobismo actual soy políticamente incorrecto… no me creo esas fantochadas de las que publican que están mejor sin nadie, de los que se sienten libres porque viven solos. Es cierto que es necesaria la elección, ya no cualquiera es amigo, no sirven todos.

Y ya puesto a hablar de compañera, la cosa se complica, y sí, hace falta un poco de testarudez, saber lo que uno quiere, lo que está dispuesto a dar y lo que quiere a cambio para no conformarse con menos. Hace falta suerte. De ahí mi agradecimiento a la vida, muchas de mis alegrías no las merezco, se me atravesaron ahí porque soy un tipo afortunado. Un suertudo. No creo en merecer, bien mirado, nadie merece nada.

La RAE habla de hacerse digno de premio o castigo. ¿Cuándo me hice digno de los hijos que tengo, de las risas de mis nietos, del amor de mis hermanos y la complicidad de mis amigos, de los besos de la Unagi? ¿Qué día y a qué hora me hice merecedor de una inteligencia mediana, o de la salud que tengo? Y puestos a la contra, qué delito pude haber cometido para que un día un cáncer maldito me arrebatara a mi niña.

No, merecer es un verbo muy obtuso. Creo en el mérito, en el esfuerzo, en el tesón, pero siempre, por las buenas y por las malas, siempre, lo importante es lo que haces con lo que pasa, mucho más que lo que pasa en sí mismo.

Luego, también hay técnicas, si te rodeas de gente buena, te contagia y mejoras, de ahí el peligro de juntarse con pendejos. Huye, amigo —cuídate mucho, Miguelito, de las malas compañías—.

Ayer tuvimos una fiesta divina, nos reunimos todos los primos, los hijos de los seis hermanos. Ésa es la mejor compañía, sale buena porque así tocó, por la sangre, el valor está en mantenernos juntos.

Hablando de sangre, ayer fue el día de las letras gallegas, me quedan muy cerca, traigo versos de Rosalía de Castro en el alma, palabras de Cela, de Del Valle-Inclán, de Pardo Bazán, de Castelao, de Rivas, de Villar. “Onte avaliei o privilexio de ter dúas linguas. Boa xornada”.

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