Los placeres cotidianos
Y pienso —mientras escribo esto y repaso la semana— que la vida, cuando uno está sano, cuando el cuerpo no duele y el alma no se cae, puede ser una chulada.
RIGOLETTO Y LA LIGA…
Este domingo lo tengo ocupado a plenitud. Parto de un plan perfecto y voy por todas: iré a Bellas Artes a ver Rigoletto. Está todo vendido, lleno absoluto, y me alegra saber que la cultura tiene buena acogida en México, que somos muchos los que disfrutamos de la belleza y el talento de Verdi. Rigoletto es una de esas óperas que me sacuden el alma, no por solemne, sino por visceral. Don Giuseppe no compuso para el mármol, sino para la sangre. Y esta ópera tiene todo lo que me gusta del arte: emoción, drama, música que se mete debajo de la piel y letras que podrían estar dichas por nosotros si fuéramos un poco más valientes y, aunque me pese admitirlo, hasta un poco más ebrios. Todo con medida, diría la censura.
Hoy mismo, cuando estemos despertando y algunos de ustedes lean esta columna, yo estaré disponiendo el desayuno en mi mesa. Jugarán el Barça y el Madrid, en un clásico que puede definir la Liga. No sé si ganaremos —confío en que sí—, pero sé que lo veré como se ven las cosas que importan: con pasión, con uno o dos expressos fuertes, seguramente unos huevos estrellados con butifarra y un pantumaca coronado con bellotero, y un jugo verde que me queda de gloria. Eso sí, con la esperanza intacta. Ver futbol a las ocho de la mañana es mucho complacer a los chinos, pero si ganamos, habrá valido la pena el madrugón.
Y pienso —mientras escribo esto y repaso la semana— que la vida, cuando uno está sano, cuando el cuerpo no duele y el alma no se cae, puede ser una chulada. Que el arte, el futbol, el amor y la amistad no están tan separados como creemos. Son formas distintas de vibrar, de sentirnos vivos, de encontrar belleza en este caos donde todo pasa tan rápido. Voy de lo más simple a lo más complejo y me siento en ebullición, ágil, feliz de mí y de mi entorno. Mi cabeza, que no para, se enreda en su propio marasmo y lucha por emerger llena de buenas intenciones. No soy perfecto y a veces puedo herir sin querer. Sé que no le caigo bien a todo el mundo. Ya no me afecta tanto. Tengo el alma en paz por tratar —con ahínco— de ser buen tipo. Que cada quien me interprete como quiera. O que no me pele. Tampoco es mandatorio.
La ópera y el futbol tienen algo en común: se arman con genios y se disfrutan en masa. No necesitas entender italiano para emocionarte con La donna è mobile ni saber de tácticas lo que conoce Hansi Flick para saltar enloquecido con un gol en el minuto 89. Lo mismo pasa con una caricia, una cena bien servida, una risa inesperada o ese instante de silencio en que todo encaja.
Y hablando de caricias. Está ese espacio íntimo donde la vida también se canta, se goza, se toca. Yo vivo en la fortuna de compartir con mi Unagi, que además de sabia es dulce y melosa. Nada como dormir con quien te aviva el deseo, con quien sabe que hay mañanas que empiezan mejor sin palabras. Sólo piel con piel. No todo placer es espectáculo; algunos se musitan entre sábanas, en la penumbra, con la complicidad que no acepta testigos. Esa línea de juegos aceitados por el amor, que le da a cada caricia un acento divino y esquiva el morbo para entrar de lleno en la conexión espiritual.
Hay semanas que te devuelven la fe en casi todo. El miércoles me aguanté las ganas de hablar del árbitro y el VAR (que si no lo digo, reviento), pero hoy sólo quiero celebrar. La belleza existe. La música redime. Los amigos acompañan. El Barça juega y me emociona. La ópera duele rico. El amor toca y se deja tocar. Y yo, por suerte, aquí sigo.
Así que brindo por eso. Por el arte, por el deporte, por el deseo y la ternura. Por la salud, la lujuria y la plenitud. Que no duran eternamente, pero cuando están, hay que vivirlas con todo. Como un aria, un orgasmo o un golazo. Mi sugerencia de hoy: vayan a la ópera. Enciende el alma, ilumina el camino y hace más plena la existencia. Junio está lleno de conciertos de la Orquesta Sinfónica. Más económico que Bad Bunny y bastante más enriquecedor.
Habemus Papam, mi felicitación a los católicos y mi deseo de que este señor americano resulte para la Iglesia —y para el mundo— mucho más sensato que el otro gringo que gobierna aquí al lado. Bonito domingo.
