Los placeres cotidianos
Quizás la mayor lección de la belleza sea su capacidad para recordarnos que lo extraordinario se esconde en lo cotidiano.
BELLEZA QUE ABRUMA...
Dicen que la belleza no necesita explicaciones, que basta con contemplarla para comprenderla. Sin embargo, hay momentos en los que la gracia no se limita a una mirada o a un suspiro. Hay ocasiones en las que nos arrolla, nos conmueve hasta lo indecible, y entonces el asombro se convierte en un desbordamiento emocional. Hace unos días, en medio de un insomnio pertinaz, un rayo de luz se colaba entre las persianas y me quedé observando la paz de la Unagi durmiendo plácidamente a mi izquierda. Mis ojos se llenaron de lágrimas, y agradecí a la vida tanta hermosura, tanto amor, tanta dicha. Sin duda me sobrecogió el momento y me sentí felizmente abrumado. Esto debe de ser el síndrome de Stendhal. Pensé.
Nombrado en honor al escritor francés que lo experimentó en Florencia, describe la emoción intensa que provoca una concentración abrumadora de belleza. Mareos, una suerte de taquicardia espiritual y, en algunos casos, como en el mío, lágrimas inesperadas, son algunos de los síntomas que lo caracterizan. Lo interesante de este síndrome es que no sólo afecta a quienes tienen un alma particularmente sensible o un ojo entrenado para las artes; es una reacción humana, universal, ante lo sublime. Pero la belleza casi nunca se encuentra en lo grandilocuente. A veces, es una sutileza que apenas se deja notar: el sonido del agua en una fuente, el perfume de una flor que no esperábamos o un rayo de luz que entra por la ventana al amanecer. La sonrisa de un niño, y si me apuras, una hamburguesa de foie con cebolla caramelizada. Quizás la mayor lección de la belleza sea su capacidad para recordarnos que lo extraordinario se esconde en lo cotidiano.
Hace un par de meses, caminando por Vigo, admirando y criticando su impresionante iluminación navideña que me parecía, y me sigue pareciendo, un tanto exagerada; me detuve viendo a unos niños subirse a la noria y tratando de contar los millones de foquitos que los rodeaban. Sus risas y el brillo de aquellas miradas me paralizaron. La expresión de sus rostros me golpeó como una ola. Sentí los ojos humedecerse, un nudo en la garganta, y tuve que apartarme un momento. La belleza, en ese instante, me había tomado por sorpresa, como un invitado inesperado. Quizás por eso deberíamos exponernos a lo bello con más frecuencia. Dejar que nos conmueva, que nos perturbe, que nos transforme. Porque, aunque a veces nos duela reconocerlo, necesitamos de la belleza tanto como necesitamos el aire. Es un recordatorio de que el mundo es algo más que sus imperfecciones, de que, incluso en medio de la tristeza hay destellos que valen la pena.
Para algunos, la belleza está en el arte: una sinfonía de Mozart, una escultura de Bernini o una película que te deja pensando mucho después de que han encendido las luces de la sala. Para otros, está en la naturaleza: en el vaivén de las olas, en un bosque al amanecer o en la vastedad de un cielo estrellado. Y para otros más, está en las personas: en un gesto de bondad, en una palabra dicha en el momento justo, en una sonrisa que ilumina un día gris, en un paseo con los perros.
El síndrome de Stendhal, creo, es una manera poética de hablar de esa vulnerabilidad que tenemos ante lo bello. Y qué bendición que sea así. Ser vulnerables ante la belleza significa que todavía podemos sentir, que no hemos endurecido el corazón al punto de ser indiferentes. Nos recuerda que, en el fondo, somos humanos, imperfectos, pero capaces de asombrarnos.
Este inicio de año es un buen momento para buscar la belleza en dondequiera que esté. Permitámonos detenernos un instante frente a algo hermoso y dejar que nos atraviese, aunque sea sólo por un momento. Que el corazón se agite, que la mente se serene y que el alma se llene. Después de todo, como dijo Dostoyevski, “la belleza salvará al mundo”. Quizá no se trate de una salvación grandiosa y espectacular, pero en cada pequeño instante en que permitimos que la belleza nos alcance, estamos rescatando algo de nosotros mismos.
Bonito domingo, que se nos llene de cosas bellas, que ya mañana se nos aparecerá Trump. ¡Suerte!
