Los placeres cotidianos

¿Por qué fallamos tan rápido? Psicólogos y expertos tienen muchas teorías, yo tengo la mía: nos encanta complicarnos la vida.

PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO: ¿TRADICIÓN O FICCIÓN?

Cada 1ro de enero, millones de personas despertamos con un entusiasmo renovado y una lista de propósitos que promete cambiarnos la vida. Es un fenómeno universal que combina optimismo, fe ciega y una pizca de amnesia. Porque, seamos sinceros, ¿cuántos recordamos lo que prometimos el año pasado? Ahí estamos todos, aferrados a la ilusión de un “nuevo yo”. Algunos, con el brillo en los ojos de quien cree que correrá un maratón; otros, más modestos, simplemente aspiramos a no zumbarnos la bolsa completa de papas viendo una serie. En cualquier caso, los primeros días de enero son un circo de intenciones nobles: los gimnasios repletos, los anaqueles de lechuga vacíos, las aplicaciones de meditación saturadas. Parece que el mundo entero ha decidido ser la mejor versión de sí mismo... por lo menos hasta el día 15 o el 20.

Eso suelen durar los propósitos. La mayoría no sobrevive el primer pago de la tarjeta, el regreso a la rutina, y en un alarde de resistencia, aguantamos hasta la aparición de los tamales del Día de la Candelaria. Es como si un contrato secreto entre la humanidad y el calendario estipulara que enero es un mes de ensayo: “Si no te sale, no te preocupes, siempre habrá un próximo año”. El problema con los propósitos no es hacerlos, sino lo absurdamente ambiciosos que suelen ser. “Voy a ahorrar”, dice alguien que no ha podido resistirse a las ofertas del Buen Fin. “Voy a comer sano”, promete mientras paladea la rosca de Reyes. Y mi favorito personal: “Voy a ir al gimnasio”, dicho con la seriedad de quien está a punto de embarcarse en una misión espacial, pero cuyo entusiasmo dura lo mismo que una clase de spinning.

¿Por qué fallamos tan rápido? Psicólogos y expertos tienen muchas teorías, yo tengo la mía: nos encanta complicarnos la vida. En lugar de fijarnos metas razonables, como beber más agua o no dejar todo para el último momento, nos ponemos retos dignos de una película de superación personal. Y claro, cuando la realidad nos alcanza, nos damos cuenta de que ser “mejor persona” requiere algo más que voluntad: requiere disciplina, tiempo y, sobre todo, no ceder ante la tentación de ese pan calientito que nos hace ojitos.

Y luego está el marketing. Ah, el marketing. Si lo sabré yo que me dedico a eso. Enero es el mes donde los gimnasios ofrecen “tres meses por el precio de uno”, las librerías llenan sus escaparates con libros de autoayuda, y las marcas de jugos detox aparecen como hongos después de la lluvia. Bombardeamos con mensajes del “nuevo yo” que, parece requerir compras en oferta. Es una industria basada en la idea de que lo que necesitamos para ser felices está allá afuera, en lugar de aquí adentro, bien guardado debajo de esa capita de ansiedad que acumulamos en diciembre. Sin embargo, más allá del humor, los propósitos de Año Nuevo tienen algo entrañable. Nos recuerdan que somos eternos optimistas, dispuestos a intentarlo una vez más. Año tras año, nos prometemos que esta vez será diferente. Y, aunque rara vez lo es, al menos lo intentamos.

Tal vez el truco no esté en hacer una lista kilométrica de cambios imposibles, sino en replantear cómo abordamos este ritual. En lugar de “voy a ahorrar para mi retiro”, podríamos empezar con algo más tangible. En lugar de “voy a correr un maratón”, tal vez bastaría con “voy a caminar más de 20 minutos seguidos sin quejarme”. Porque, al final del día, los propósitos no son sobre ser perfectos, sino sobre intentarlo. Y eso, aunque no nos lleve a un “nuevo yo”, al menos nos deja con una anécdota divertida y, si tenemos suerte, con un poquito más de fe en nosotros mismos. Así que, si ya rompimos nuestro propósito de comer sano o de ir al gimnasio, siempre podremos hacerlo mejor el próximo lunes… o el próximo año.

Hoy veré el Barcelona contra el Madrid en la Supercopa de España, que se juega en Arabia; como no voy a perdonarme un par de cervezas, un tequila y un chicharrón con guacamole, dos almejas y un coctel de camarón. La dieta se retomará mañana lunes, y si gana el Barça, esperará dos o tres días más. Bonito domingo.

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