Los placeres cotidianos
Me abrazan mis hijos, mis más cercanos aliados, los dos: Rita y Miguel... O será mejor decir los tres, porque está Eugie, que vive siempre en mi corazón.
¡Mimitos de fin de año!
Ando con la vena de hablar de bondades y parabienes, aires de buenos deseos y de las bellezas que nos ofrece la vida para disfrutarlas. Debe ser la temporada, me encuentro con el ánimo sereno. Aunque no tengo casi nada resuelto, navego sobre aguas medianamente calmas, rebosante de salud, cariño y buenas compañías. Es esa vibración dulce de quienes vivimos enamorados, rodeados de gente buena, de amores limpios y con el cajón de los sueños lleno de proyectos por cumplir mientras nos duren los días y se acumulen las fechas plenas.
Me abrazan mis hijos, que también son mis más cercanos aliados, los dos: Rita y Miguel, orgullo y lujo a partes iguales. O será mejor que diga los tres, porque está Eugie, que vive siempre en mi corazón y en mis pensamientos. Ya logro hacer reír a Noa, aunque esa chispa no es tan fácil de encender; la más pequeñita tiene el carácter de los que llevan mi sangre. Me encanta Pablo, quien, entre bromas futboleras, ya maneja bien la ironía y hasta logra sacarme de quicio con su madridismo insistente. Alix, en plena edad del pavo, ya es todo un reto. Ser capaz de hilvanar una conversación que le interese me hace sentir un grandioso triunfo.
Las Navidades llenaron mi casa: la mesa desbordaba con buena comida, bebida abundante y mejor compañía. Entre chistes, anécdotas y canciones, nos abrazamos, nos besamos y nos compartimos, sin prisa. Fuimos muchos los que hicimos el brindis y expresamos los buenos deseos, sinceros, honestos. Mitad de ella, mitad míos, todos nuestros. En esos momentos de risas y complicidad, la vida se siente tan buena, tan llena. El año próximo hemos de multiplicar estas noches, lo prometo, porque son las que verdaderamente nos quitan las penas.
Ya en lo íntimo, está mi cama, que es poesía. La vivo con mi sol de invierno, mi Unagi divina, que paso a paso me colma. Piano, piano, se afianza y se integra en mi mundo y comparte conmigo mucho más que cobija. Su abrazo me calienta, y yo le hago de almohada ahuecando mi pecho mientras se duerme, quietecito, respirando el olor de su pelo. Es el broche de platino, el que me complementa los mimos. La familia creciendo y en sosiego, los amigos cerca. Mientras ella y yo jugamos esa guerra casi infantil, pero muy seria, una lucha donde vence quien sea más bueno. Les confieso que no siempre me gana.
Me siento bien hablando de amor, porque es la única fuerza donde el más dadivoso es quien más recibe. Una balanza de fuerza invertida, donde el que da más suele ser el que más atesora. Amar nos mueve a ser generosos, a procurar los placeres del otro, alegrarle la vida, aligerarle el peso y, en ese dar, encontramos la verdadera felicidad. Es cierto que hay un sesgo egoísta en todo este engranaje, pero es una treta de la inteligencia. Sabes bien que si eres tú el que ofrece más, al final cobras con creces tu prodigalidad.
A pocos días de despedir el 2024, es tiempo de reflexiones, de juzgarse a uno mismo. Es bueno, incluso, hacerlo con cierta dureza, pero también saber parar y perdonarnos. Cerramos este capítulo con un abrazo a lo bueno y dejamos ir los momentos aciagos. Para estas últimas horas del año no hay mejor plan que llenarlas de mimos, de besos, de abrazos sinceros. Y no sobran nunca algunos más sensuales. Decir “te quiero” susurrando y también en voz alta o gritando, agradecer a quienes nos rodean y estrujar la vida con la misma intensidad que abrazamos a esos que amamos.
Adiós, 2024, te perdono tus sombras y agradezco tus luces. En el estado de resultados todavía me salen números negros. Gracias. Y a ustedes, queridos lectores, que el 2025 los colme de salud, amor y momentos inolvidables. Que nunca les falten los pequeños placeres de todos los días, los cotidianos, ni los grandes apapachos. Que siempre les abunden los mimos. ¡Feliz Año Nuevo!
