Los placeres cotidianos
¿Cuántas veces habrá escrito Gabriel García Márquez el primer párrafo de Cien años de soledad?
¡BENDITA LITERATURA!
Hace unos días disfruté en el periódico español ABC un artículo de Jorge Urrutia que, como siempre, viene cargado de enseñanza. Literatura y política se llama la prenda, y de él me permití subrayar un párrafo completo con el que coincido hasta en las comas y los puntos:
“En la Primera Guerra Mundial, y tras la evolución literaria que propició la Revolución Francesa, desarrollada desde los nuevos planteamientos que exigió el siglo XIX, el héroe individual fue sustituido por el colectivo y la función política de la literatura quedó más evidente. No es que la política se hubiera ausentado hasta entonces, pues detrás de Homero estaba la importancia de poseer el control de los Dardanelos, pero la nueva experiencia bélica y la Revolución Soviética condujeron a valorar el testimonio y la militancia, dando un paso atrás con respecto al logro de la modernidad que basó la literatura en la manifestación de la individualidad del autor, por encima de la simple transparencia realista”.
La pulpa de la literatura, su esencia, a mi juicio está más en la forma que en el fondo. Si bien es importante lo que se narra, un texto se convierte en literatura por cómo se cuenta. Partir de un hecho hermoso no garantiza un buen texto. Las palabras exigen mucha cocina; no son sólo letras hilvanadas en una receta, sino que además precisan el alma del escritor para que florezca y brille ese platillo delicado, ese manjar de dioses. ¿Cuántas veces habrá escrito Gabriel García Márquez el primer párrafo de Cien años de soledad? ¿Cuántas vueltas le habrá dado Miguel Cervantes a algún lugar de La Mancha de cuyo nombre no quería acordarse? ¿O qué clase de místico engranaje requirió Sor Juana para traernos la profundidad de su Hombres necios con la belleza de sus versos?
Ahí me cuelgo, ahí me envuelvo en páginas para gozar de su hermosura. Por eso amo los libros, por eso me vuelvo cómplice de señores y señoras que vivieron en otro espacio y a otra hora, pero llegan a mí tan vivos, tan despiertos. Ahí me encuentro con Góngora y lo saludo; en esa magia descubro a Fuentes o a Rulfo y converso con ellos a través de sus palabras. Llego a creer que de verdad son mis amigos y que les debo la dicha que me han regalado cuando los leí, y también ahora si los releo o simplemente los recuerdo.
No me olvidaré de aquellos Crimen y castigo y Archipiélago Gulag que me llevé de la mesilla de noche de mi padre para leerlos medio a escondidas. En esa época, mi papá estaba descubriendo a los grandes escritores rusos y consideraba que yo estaba muy verde para esas lecturas. Si supiera que aún hoy me siento verde para Dostoyevski… no tanto para Solzhenitsyn, aunque también se requiere aguante para sus novelas. Me acuerdo de mis primeros viajes con Julio Verne, de las vaqueradas de Marcial la Fuente, de Agatha Christie y sus cerditos, de Poirot. Bendigo el día que descubrí a Saramago y me lo fui leyendo entero, desde El año de la muerte de Ricardo Reis hasta El viaje del elefante. Todo el teatro de Jardiel Poncela y los versos de Rosalía de Castro… Ahora que me acerco a la edad de jubilación, me arrepiento de no haber sido mejor estudiante, más aplicado, y de no haberle dedicado muchas más horas a aquel placer, en lugar de combinarlo siempre con el desmadre y las travesuras.
Siempre he vivido rodeado de libros y de personas que los aman. Una de las cualidades que más le aprecio a mi Unagi es la conversación, y una de las que con más frecuencia nos ocupa es la versada en libros. Ella vive su taller de literatura, y yo leo y escribo con pasión. Defendemos nuestras posturas y las ponemos, muchas veces, en la coctelera de pareja, y de ahí nos salen unos remiendos preciosos.
Hoy ya todo huele a Navidad. La mía será bonita, tierna y un pelín desmadrosa, arropado entre canciones, copas, amores y caricias; rodeado de los míos y los de ella. Faltarán algunos; entre tantos, es imposible la juntanza absoluta. Pero estarán presentes en el corazón y en las burbujitas de la champaña. Faltarán otros que ya no están nunca, y ésos —aquí también los míos y los de ella— estarán, como cada año, en nuestros recuerdos.
Felices fiestas. Feliz Navidad.
