Los placeres cotidianos

Luis Miguel sigue siendo un artista enorme; el concierto en el Estadio GNP recibió a 60 mil personas dispuestas a revivir romances y melancolías envueltas en su voz.

Luis Miguel, el atraco y la traca

Comenzamos diciembre yendo a ver en vivo a Luis Miguel. Bueno, en vivo es casi un decir. Lo vimos en unas enormes pantallas que enmarcaban el escenario, mismas que, al menos, nos acercaron a El Sol. Su espléndida figura, tan distante, se veía tan pequeña que bien pudieron haberlo sustituido con cualquier figurante. Valga decir que estabamos justo en medio.

El señor sigue siendo un artista enorme: aunque su chorro de voz empieza a chisguetear, tiene tablas y talento de sobra. Eso explica el lleno total en esa fría noche de domingo. El ahora Estadio GNP, antes Foro Sol, recibió a miles de almas dispuestas a revivir romances y melancolías envueltas en su voz y boleros inolvidables.

Yo, por pura deformación profesional, me puse a hacer cuentas: se me acabaron los dígitos de la calculadora al multiplicar el dineral que allí se movió. Si éramos alrededor de 60 mil personas, con boletos que iban de 900 pesos a casi 20 mil, Luis Miguel facturó, bajita la mano, unos 150 millones de pesos. Y eso sin contar las ventas de suéteres, souvenirs, cervezas micheladas y hot dogs, que tampoco estaban en oferta.

Eso sí, debo confesar que no fui quien pagó las viandas. Mi carnalita se me adelantó y tuvo uno de sus gestos habituales con la generosidad de invitar lo comido y lo bebido, mientras yo me limitaba a mantener las manos en los bolsillos. Rácano y friolero, así se va volviendo uno con los años. Como cierre, nos regalaron la traca, un espectáculo pirotécnico al más puro estilo de las fiestas de Saigón.

Estas cifras astronómicas me llevaron a reflexionar: vivimos en un mundo donde alguien puede pagar cien millones de pesos por un plátano pegado con cinta a una pared, un futbolista de segunda división gana tres veces más que un jefe de oncología del ISSSTE, y un boxeador puede embolsarse en una pelea lo que sería la nómina de varios años de un enorme laboratorio de investigación científica. Con este nivel de desigualdad, no es sorprendente que las riquezas estén tan mal repartidas y que

eso alimente la radicalización y la pérdida de valores.

Y no, no soy marxista. Si alguna vez, en mi juventud, me dejé seducir por la retórica socialista, fue parte de esa soflama incendiaria propia de la edad. Sigo pensando que quien no es “rojillo” en la adolescencia carece de emociones. Pero también creo que, si alguien sigue siéndolo en la adultez, es por una de dos razones: o mama y forma parte del sistema dominante o ha sufrido un lavado de cerebro. Los socialistas no buscan enriquecer a todos, se especializan en empobrecer por igual. Venezuela, la Argentina de los Kirchner y ya merito nuestro México de la 4T son ejemplos evidentes. Perdón, había prometido no hablar de política.

Otra cosa es analizar los precios en México. Asistir a un show como el de Luis Miguel cuesta, en promedio, poco más de cien dólares, mientras que una cerveza ronda los diez. Esos son precios similares a los de Houston, pero con la diferencia de que aquí ganamos menos de la mitad que los tejanos. Da frío pensarlo. Y cuanto más abajo te muevas en la pirámide económica, más difícil se vuelve. Resolverlo con subvenciones y becas sólo perpetúa la pobreza... y la lealtad política.

Cambiando de tema, ayer me di cuenta de que, desde que terminé el máster, he vuelto a mi viejo vicio de leer varios libros al mismo tiempo. Ahora mismo tengo seis empezados, voy a dedicarles más tiempo, desconectar Netflix y terminar alguno para recomendárselos. Uno que me está impactando es Detrás del cielo, de mi gallego favorito, Manuel Rivas. Es una novela negra, dura y fuerte. Para cuando lean esto, seguramente ya la habré terminado. De momento, algunas de sus páginas me dejan sin aliento.

Disfrutemos de diciembre, las fiestas. Hoy es miércoles, hace frío, tiempo para un libro, todavía podemos hallar refugio en los pequeños placeres cotidianos.

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