Los placeres cotidianos
Es como si el caos fuera parte de nuestra identidad, un recordatorio constante de que, a pesar de todo, seguimos adelante.
Y volver, volver…
México, ahí te vamos… Hay algo especial en regresar después de estar un tiempo fuera. Las semanas lejos parecen más largas, y las cosas más simples de nuestra tierra empiezan a pesar en la memoria: el bullicio del mercado, el aroma de unos tacos al pastor a la vuelta de la esquina, el tonito único con el que aquí se saluda y hasta, sí, los baches de la capital. Porque, aunque nadie lo admita abiertamente, hay algo familiar, casi reconfortante, en esquivar el mismo hoyo cada día. Es como si te dijeran: “Bienvenido de vuelta, aquí todo sigue igual, para bien o para mal”.
Extrañar a México es peculiar. No son sólo los grandes paisajes ni los monumentos históricos lo que te llama de regreso, sino las pequeñas imperfecciones que lo hacen tan único. Empiezas a anhelar el caos que, de alguna manera, aquí tiene sentido. Porque sí, hay baches, pero también hay pozole; hay smog, pero también un mezcal que cura cualquier pena.
Sin embargo, es imposible no hacer comparaciones. Tras caminar por las impolutas calles europeas o por ciudades donde el transporte público parece salido de un sueño futurista, regresar a un Metro saturado y lleno de grafitis puede ser un choque. Nuestras calles, con su basura y su desorden, están lejos de parecerse a las avenidas organizadas y brillantes que vemos en otros países. Y sin embargo, aquí nadie se molesta demasiado. Es como si ese caos fuera parte de nuestra identidad, un recordatorio constante de que, a pesar de todo, seguimos adelante.
Lo que más pesa, quizás, es ese contraste entre el México que imaginamos y el que realmente encontramos al volver. Somos un país de sueños grandes, pero con pies que a menudo tropiezan en el camino. Sin embargo, en esa imperfección hay algo mágico. Porque, aunque nos quejemos, hay un amor profundo por este lugar, por esa capacidad que tenemos de encontrar belleza en lo que otros considerarían defectos.
El regreso también te recuerda lo que nunca cambia: la calidez de la gente. Esa sensación de hogar que viene no de los lugares, sino de las personas. De quien te recibe con un abrazo grande, de quien te pregunta si ya comiste o si quieres un cafecito. Aquí, incluso el desconocido que vende flores en el semáforo parece tener algo que decirte, un gesto que compartir.
Y luego está la comida. Porque nada te hace sentir más en casa que un buen taco o un plato de enchiladas verdes. La comida mexicana no es sólo alimento; es un lenguaje, una conexión con nuestra historia, con nuestras raíces. Cada bocado es una invitación a recordar quiénes somos, de dónde venimos, y por qué, a pesar de todo, seguimos eligiendo quedarnos.
Pero México no es sólo nostalgia. Es también la promesa de algo más. Es la risa que surge incluso en medio del caos, el ingenio que convierte cualquier problema en un motivo para bromear. Es ese espíritu inquebrantable que, aunque a veces parece cansado, nunca se rinde.
Al final, mientras el avión desciende y ves las luces interminables del Valle de México, sabes que has llegado a un lugar único. Aquí no hay perfección, pero sí autenticidad. No hay certezas, pero sí esperanza. Y eso, en un mundo cada vez más uniforme, vale oro. Porque México no necesita ser perfecto; necesita ser México.
Es domingo, todavía me toca un cochinillo en Segovia, Cándido sigue siendo mucho Cándido. Échenle un ojo a Un perro de carácter de Sándor Márai… palabritas mayores, algún día escribiré como este eslovaco. Bonito día, por ahí nos vemos esta semana.
