Los placeres cotidianos

Estoy en Galicia, la tierra de mis padres, y puedo decir que por momentos me siento totalmente en casa.

Playa de invierno...

Frente a mí, la Unagi leyendo Un viñedo en la luna, de Carla Montero, y sobre sus hombros el océano Atlántico en la playa de Samil ¡Qué bonito es lo bonito! Con estas vistas se me facilita la vida. Escribo emocionado, nervioso como un colegial previo al examen de admisión, estos días presento mi novela a los editores en Madrid y se me arruga el pecho. Agradezco a la vida que, a mis años, todavía me dé el lujo de nadar entre cositas que me producen tensión, tiburoncitos de la duda que le ponen sal a mis anhelos. Alea jacta est, decía el romano. El libro está terminado y sólo cabe esperar que me lo compren.

Estoy en Galicia y se me llena el corazón de raras sensaciones, es la tierra de mis padres y puedo decir que por momentos me siento totalmente en casa, me gusta lo que veo y adoro lo que como. Me asalta un pelín de envidia por la paz en la que viven, me maravilla el acento y el énfasis que ponen en quejarse de todo, por todo y con todos; mientras nosotros en México nos hemos acostumbrado a callar y lo vamos tolerando todo hasta que normalizamos lo invivible. 250 muertos en el fin de semana y ya forman parte de una tétrica narrativa, pero ni nos impacta ni nos eriza la piel, es más, creo que ya hasta nos encabrona nomás poquito. Tenemos que volvernos más exigentes, ser vigilantes de lo bueno, estamos acostumbrados a dar propina y la damos sin que sea merecida, como parte de un ritual que ya se vuelve obligado y si eso no es tan malo, hacemos lo mismo con las cosas horrendas. Que nos pidan mordida, normal. Si nos asaltan, agradecemos que estamos vivos. Más de 70 años de gobiernos mediocres y lo agradecemos votando a los mismos, o a otros parecidos; nos prometen, nos mienten y callamos, callamos siempre.

Aquí se ponen al brinco, entran en modo cólera si el pescado no está en su punto, lo regresan sin miramiento, si pisas diez centímetros el paso de cebra, se te paran enfrente y te dicen que eres un maleducado, si tiras una colilla no te bajan de salvaje, y entonces las calles están limpias y en los cruces puedes atravesar sin mirar y el pescado viene en su cocción perfecta y de tanto exigir se van volviendo eficientes.

Nosotros, más relajados, permitimos la barbarie y nos acostumbramos a lo peor; de qué otra manera se explica la cruz que estamos viviendo. Cuando dices que vienes de México te miran y te abrazan, te compadecen un poco y se sorprenden de que hayas escapado del infierno. Luego hay que explicar y acabamos diciendo: no es para tanto. Como defendiendo, como justificando. Claro que es para tanto, pero nos negamos a verlo y nos lo tienen que señalar desde afuera. Con el país que tenemos, con el talento que sobra y las bellezas y el suelo, ya estuvo suave de estar siempre jodidos. Deseo de corazón que nos volvamos más rudos con la ineficacia, que no toleremos con cara de perdonavidas toda la burrez que permitimos.

Hablando de cosas más dulces me estoy tomando un Pedro Ximénez con más años que mi abuela y en sus notas me fui de viaje del paladar hasta el cielo, cómo se puede encontrar la gloria en una copita, cómo se puede vibrar con el trabajo bien hecho, a la altura de un Château d’Yquem, más potente que un Oremus de 5 puttonyos. Una joya oscura que cuelga sus azucares en el cristal y te deja la sensación en la boca durante varios minutos.

Ya empecé Victoria, ganadora del Premio Planeta, llevo una veintena de páginas y ya me enganchó, será de esos libros que uno no quiere que se acaben y que avanza las páginas con la horrible sensación de que se agota el boleto. Paloma Sánchez-Garnica ya me había atrapado antes, Últimos días en Berlín ya me había encantado. Sospecho, me late, creo, que este va a estar mejor. El sol se pone por Toralla y Miguel disfruta, un poquito melancólico y un mucho feliz de estar donde y con quien estoy. Bonito miércoles. Besiños desde Galiza.

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