Los placeres cotidianos

Sostengo que es preferible llegar a ser palurdo que quedarse al otro lado y privarse de hacer el bien.

Dime con quien andas…

Jim Rohn decía que somos el promedio de las cinco personas que más frecuentamos. Nunca compré esa frase al cien por ciento, pero está muy cerca de lo que pienso; en efecto, nos modela el entorno y, a su vez, también nosotros lo influimos y modificamos. Aun con diferencias enormes, los amigos y la gente que más vemos afectan, directa o indirectamente, nuestra personalidad e incluso nuestro desarrollo. Siempre acabamos aprendiendo y copiando actitudes y, en mi caso, transmitiendo y contagiando vicios y defectos. Por eso no me extrañó recibir la invitación de uno de mis seis o siete lectores para reunirnos. Leí su carta y de inmediato sentí afinidad en sus palabras; me vibró limpio y bueno, y se me antojó conocerlo. Hace un par de días lo cité en los lugares que frecuento y conversamos como amigos por más de dos horas. Bendito encuentro para dos veteranos que nunca se habían visto.

Él es judío, educado, ecuánime y formal. Yo soy ateo, burdo y desmadroso. Buena pareja para un inicio de relación afectiva. Esgrimista, arquero, ciclista, bueno para el golf y apasionado del deporte, me lleva diez años y no se le nota. Una de dos: o él está muy bien o yo ya me veo medio jodido. Se levanta cada mañana con su premisa particular: ¿cómo ser mejor persona? y ¿cómo ser más feliz? Estoy hablando de Abraham S., a quien mando un abrazo fraterno. Algo me dice que acabaremos pareciéndonos un poquito.

Mis hermanos Roberto y Mario son, más allá del lazo sanguíneo, mis dos mejores amigos, y los frecuento tanto que nos vemos 80% de los días. Mi compadre Abel, mi cuñado Víctor, mi carnal Padilla, mi sobrino Federico, el putativo o el legítimo, Mario y, por supuesto, mi hijo Mike y mi yerno Rodrigo; todos esos señores dejan su huella en mí y me ayudan a superarme, a intentar ser mejor y estar a su altura. También tengo algunas amigas a las que dedicaré un artículo algún día. Desde mi hija, mi nieta y mi ex, hasta mis cuñadas, sobrinas y carnalitas. Les juro que les confesaré mi cariño y mi agradecimiento con un mejor texto. Me sigue marcando Eugie, aunque se mueva en otras dimensiones a las que yo no tengo acceso. Apenas son sus vapores y el elíxir de su espíritu los que me alientan cada mañana.

Pero soy un tipo con suerte y, quizá sin merecerlo, se me atravesó La Unagi y me modificó los cimientos. Aprendí a reconocer la importancia de mejorar para equiparar su estatura. Me incita a crecer cada día para mantenerla interesada y, válgame decirlo, para no decepcionarla y, a veces, hasta darme el lujo de ganarme su respeto y un pelín de admiración. Es un ser iluminado, de una bondad inmensa, con un corazón de oro y una necesidad interior de ayudar a quien lo necesita. Yo me peleo cada mañana con mi espejo, exigiéndome ser bueno, porque sostengo que es preferible pasarse de la línea divisoria y llegar a ser palurdo que quedarse al otro lado y privarse de hacer el bien. Ella lo tiene claro. A pesar de que tiene un pronto bravo y se alebresta y se irrita, le dura muy poco el viaje a las tinieblas de la mala leche y no conoce el rencor. Regresa pronto, me sonríe y pone disculpas en los labios y en los ojos. Es, seguramente, la mejor persona que conozco. Mi falta de modestia me hace pensar que me estaba aguardando y que es un traje de mi talla. Aficionada a las causas perdidas, es rescatadora de perros, donadora de sangre y activista en mil batallas que no anda presumiendo. Y por si no le sobraran cualidades internas, suma a su pulida inteligencia y vasta cultura toda su belleza externa, el brillo de sus ojos y el enceguecedor fulgor de su sonrisa. Es guapísima mi nena.

Terminé ayer Lejos de Luisiana de Luz Gabás, otro premio Planeta que me gusta, pero no me chifla. Y, como prueba de mi desmemoriado cerebro, tardé más de cuarenta páginas en darme cuenta de que ya había leído Corazón tan Blanco, pero Javier Marías es tan genial que, ya encarrerado, me lo estoy zumbando de nuevo. Sean buenos, aunque se pasen un poco al territorio de los palurdos. Se los juro... Paga bien ser un buen tipo. Feliz domingo.

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