Los placeres cotidianos

Esta época es el contraste entre la alegría de las fiestas y esa añoranza que acompaña los últimos días del calendario.

MADURO NO SE EQUIVOCÓ TANTO…

Ya que ni la burla perdono, me dijo el “carajito” Martín, mi amigo “caraqueño” cuando le comenté este artículo. Lo que quiero decir es que la Navidad ya está aquí, con o sin adelanto dictatorial. Después del pan de muerto, ya todo es Navidad. Las calles llenas de luces de colores, los escaparates con dorados santacloses, de pronto, el aire se carga de aroma a pino y canela. Pero más allá de las fiestas, esta época también trae consigo una tasa emocional: la nostalgia del fin de año.

Me encanta hacer un balance personal. ¿Qué hice este año?, ¿qué dejé pendiente? Es un momento en el que las promesas de hace 12 meses, las que hicimos con entusiasmo, regresan a nuestra mente. A veces con frustración al ver que algunas quedaron a medio camino. Pero otras nos sorprenden, incluso esas pequeñas victorias que no notamos en el frenesí cotidiano. Cada vez más rápido, como si, a medida que crecemos, los días se achicaran y los meses volaran. El niño que éramos, ése que esperaba con ansias los días de vacaciones, parece lejano, hoy nos persigue el calendario a velocidades altísimas.

Pasaremos unos días en España, voy a Madrid a trabajar, toca el trámite editorial y las últimas revisiones de mi novela. Voy a Vigo, abrazaré a muchos amigos y familia y me emocionaré con la ciudad más iluminada de la tierra en Navidad. Admiro a Abel Caballero, su alcalde; me cae bien ese loco. Y como colofón pasaremos dos días en Valbuena de Duero para catar el mejor vino del mundo. Me acompaña la Unagi y más o menos nostálgicos y melancólicos la pasaremos dabuti. Quizá eso es lo que define esta época: el contraste entre la alegría de las fiestas y esa añoranza que acompaña los últimos días del calendario. Nos sentimos más introspectivos, más dados a la reflexión. Tal vez es el frío o la llegada de la música navideña que, inevitablemente, nos recuerda que el tiempo no se detiene.

Lejos de ser un sentimiento triste, la nostalgia navideña puede ser un recordatorio amable de que, pese a las dificultades, hemos llegado hasta aquí. De que, entre las broncas, también hubo instantes de risas, abrazos, pequeñas y grandes alegrías. Yo soy muy dado a las exageraciones sentimentales y estas fechas me ponen tontorrón, me gusta hacer cálculos del amor que tengo, el que doy y el que recibo, hago listas mentales de mis personas favoritas y trato por todos los medios de hacerles llegar mi pensamiento, mis vibras positivas y mis abrazos. Es un buen momento en el año para meterle lima a las diferencias, pedir perdón y perdonar. Sólo los muertos no se equivocan, incluso algunos ni ya enterrados dejan de joder, pero nosotros, los que todavía movemos la colita, estamos continuamente cometiendo errores, defraudando a quienes más nos quieren y derramando el jugo sobre el mantel. Stop. Felicitaciones y abrazos comerciales, vale, algunos más convenencieros que otros, bien. Pero los seis o siete primarios, los que se forjan en la sangre o en el diario convivir, los que se duelen de nuestras caídas y celebran nuestras victorias, esos besos hay que darlos con la mirada limpia y la convicción de que todo el amor está resguardado. La mayoría de las diferencias con la gente que amamos suelen ser sólo malentendidos, éste es un buen momento para entenderse bien, hablar y convertirlos en “bienentendidos”.

Mi hermano Mario y mi cuñada Maricarmen cumplieron ayer 50 años juntos, son dos de mis personas más amadas y me regocijo en su felicidad y en su cariño mega correspondido. Felicidades, hace falta mucho amor, mucha tolerancia y mucha inteligencia para ahora a los setenta saber que acertaron en aquellos tiernos 20 añitos. Les mando mi amor y mi abrazo. Los quiero.

Otra alegría de temporada, el Barcelona asaltó ayer el Bernabéu. Cuatro goles tan contundentes que no tienen argumentos para defenderse. Lo celebro con emoción. La juventud y la inocencia, la dulzura y el arte, el entusiasmo y la pasión se impusieron sobre la soberbia blanca y la mala leche de sus engreídas estrellas. En fin, hoy es domingo, disfrutemos el pan de muerto. El colmo, es el helado de Clemont, está buenísimo y sí, sí sabe a pan de muerto. Feliz día.

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