Los placeres cotidianos

Algunos libros han dejado una huella tan profunda que siempre los llevo conmigo.

Leyendo que es gerundio

He descubierto que ciertos libros no sólo marcan etapas vitales, sino que se convierten en compañeros inseparables. Algunos han dejado una huella tan profunda que, sin importar cuántos años pasen, siempre los llevo conmigo. Aquí les cuento de algunos de mis favoritos… quizá, los que más me han impactado, no sólo por su narrativa, sino por las reflexiones que me han inspirado.

Ensayo sobre la ceguera de José Saramago es, sin duda, una obra que transformó mi forma de ver el mundo. La premisa es aterradora: una ceguera blanca e inexplicable se extiende como una plaga, llevando a la sociedad al colapso. Saramago nos muestra la fragilidad de nuestras estructuras sociales, y revela la verdadera naturaleza humana cuando se enfrenta a lo desconocido. Lo que más me impactó fue la brutal honestidad con la que retrata nuestra vulnerabilidad y cómo, en medio del caos, el amor y la solidaridad son las únicas luces que nos guían. Lo he leído tres veces y encontré, en cada una, nuevas preguntas sobre la ética, la moral y la resistencia del espíritu humano.

Otro libro que ha dejado una marca imborrable en mí es Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Lo leí por primera vez siendo muy joven y quedé fascinado por el universo mágico de Macondo. La historia de los Buendía, con sus amores, dramas y tragedias, es una obra monumental que captura la esencia de América Latina. El realismo mágico de Gabo no sólo me cautivó, sino que además me hizo entender la complejidad de nuestra historia, llena de contradicciones, belleza y dolor. A través de este libro, descubrí la capacidad de la literatura para transcender el tiempo y el espacio, para conectar lo cotidiano con lo extraordinario, y para convertir lo imposible en realidad.

El tercer libro fundamental en mi vida es Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevski. Esta novela me confrontó con las profundidades de la mente. Rodión Románovich Raskólnikov, el protagonista, es un hombre atormentado por su propia lógica, que lo lleva a cometer un crimen con la idea de que puede justificarse moralmente. Sin embargo, la culpa y la desesperación lo consumen, arrastrándolo hacia una espiral de autodestrucción. Dostoyevski logra explorar los dilemas morales más oscuros y complejos de una manera que me hizo cuestionar mis propias creencias sobre la justicia, el bien y el mal. Esta lectura no fue fácil, yo estaba muy verde cuando lo abordé, pero fue necesaria. Es uno de esos libros que te sacuden hasta la médula y te obligan a mirar dentro de ti.

Recuerdo que Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes fue una lectura obligatoria en el bachillerato, y en ese momento, lo percibí como una tarea tediosa y sin sentido. Fue sólo tiempo después, cuando lo releí a los 25 años, que entendí la genialidad de la obra. El Quijote, con su mezcla de humor y tragedia, se reveló ante mí como una reflexión profunda sobre los sueños, la locura y la realidad. Es irónico cómo algo que inicialmente me pareció aburrido se transformó en uno de los libros que más he disfrutado. Cervantes logró lo que pocos autores han conseguido: hacerme reír y llorar al mismo tiempo.

Por otro lado, ya les he dicho que Ulises de James Joyce es mi dolor de cabeza literario. Mi némesis. Decidí enfrentar el desafío y lo leí completo, página por página, pero al final, me pareció un bodrio. La complejidad y el estilo experimental de Joyce, que tanto elogian los críticos, me dejaron más frustrado que satisfecho. Admito que puede ser una obra maestra en términos de innovación, pero para mí, la experiencia fue más un ejercicio de resistencia que de placer.

Los libros son lo máximo. Algunos me han acompañado como amigos fieles, otros han sido retos que he superado a duras penas. Pero todos, de una forma u otra, han contribuido a moldear mi perspectiva del mundo. Como lectores, cada uno de nosotros tiene su propio camino, sus propios hitos literarios. Para este miércoles, les recomiendo Un caballero en Moscú, de Amor Towles, me lo regaló el domingo mi cuñado Víctor y ya me piqué… feliz día.

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