Los placeres cotidianos

Durante mucho tiempo, la Navidad fue parte de mi negación y mi luto; me volví un grinch absoluto.

  • Durante mucho tiempo, la Navidad fue parte de mi negación y mi luto; me volví un grinch absoluto.

Entre los romeritos y los turrones

Siempre digo que la Navidad es una fiesta religiosa que me gusta. Es un cumpleaños. Durante mucho tiempo fue parte de mi negación y mi luto, desde la partida de mi nena y hasta la llegada de mis nietos, me volví un grinch absoluto. Me enfadaban las bolitas de colores, los trineos, los arbolitos, la nieve, la musiquita, Santaclós; todo me ponía mal y me parecía una cursilada impresentable. Esa mala leche, esa rabia interna contra el mundo, contra la vida y contra todo aquello que pudiera significar alegría fue mi manera de manifestar la depresión, la frustración, el dolor y la rabia. Después de muchas sesiones con diferentes psicólogos, al ver que ninguno funcionaba, con muy poca expectativa acudí a Fernando Gómez, a mi juicio, el mejor tanatólogo del mundo. Gran maestro de Tanatodinamia. Fernando decidió un tratamiento distinto, un plan de choque. Nunca lo vi en su consultorio, nuestras reuniones eran en restaurantes, con una copita de vino y buena mesa. El primer día, me hizo la más sutil de las entrevistas y, me sacó la información completa. Como si no tuviese relevancia aplaudió mi afición a la escritura y me pidió que plasmara por escrito todo mi sentir, mi dolor, mi experiencia, todo. A la semana siguiente me presenté con casi cien páginas de texto sobre la muerte de Eugie, sobre la enfermedad, las alegrías compartidas, el dolor de su partida, mi encabronamiento con el universo. Engargolé el trabajo, corregí la ortografía, revisé el formato, lo releí cinco veces y lo llevé orgulloso a nuestra cita. Fernando puso la carpeta en el suelo y empezó a hablar del vino que habíamos pedido, luego eligió una ensalada y una pasta y seguía sin tocar el tema. Entonces lo increpé: “Oye, ¿no vas a leer lo que te traje?". Con una calma pasmosa me dijo: “No. A quien se le murió una hija es a ti. Lo que dice ahí te interesa a ti, ni a aquel señor de aquella mesa ni yo tenemos nada que ver con eso". Por no meterle una bofetada, me levanté enfurecido y me fui a calmar al baño, lloré frente al lavabo, me lavé la cara y entendí. Por fin, entendí. Al mundo le vale madre la muerte de mi nena. Es mi bronca y sólo de mí depende cómo se superará este asunto. Lo primero, desde luego, fue la decisión de recuperar la risa, hoy, 20 años después, en ésas ando.

Vuelvo a la Navidad, por un lado ya sólo causa nostalgia, saudade de momentos mágicos, ahora tengo otros, mi Pablo haciéndome chistes en gallego, Alix, que está enorme y ya me hace ver un anciano, Noa que viene en camino, la emoción de Miguel, la ternura de Violeta, la clase total de Rodrigo y la fortaleza de Rita, mis hermanos alrededor, amigos, mi nuevo paquete de cuñadas magistrales, las dos clásicas: Susana y Maricarmen, mis sobrinos, mis primos y tantos que me quieren y que quiero, todos arrimados a la fiesta. En eso, somos una familia ejemplar. Por alguna extraña razón nos gusta lo bueno a todos. Y claro, la bendición de mi encuentro, la Unagi divina en mi vida, en mi mesa, en mi mundo, en mi cama, y en mis sueños. Ya no me parece tan naco el árbol, ni tan chillones los dorados, los verdes y los rojos. Hasta me gusta el ponche que lo mejoro sustancialmente con media botella de Zacapa.

Me gusta el turrón, ese 1880 es muy educado, las avellanas, un poco menos el mazapán, mucho los higos secos con nueces y, en general esa ametralladora de frutos y postres que atosigan las mesas en estos días, las filloas de Bertha, y el bacalao con langosta de la Unagi. La sopa de almeja, el pavo, la pierna de cerdo, el cordero lechal, el cochinillo, los romeritos me entran bien también, ya puesto en chulerías extremas acepto con devoción unas patitas de cangrejo, de Alaska o también moro. Y otro día les contaré de mis vinos. La fiesta invita a la reunión, a compartir y a excederse un poquito, especialmente de amor. Quieran, es el mejor ejercicio, se los digo con el alma, nada me hace más feliz que querer y ser querido. ¡Feliz Navidad!

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