Los placeres cotidianos

Mi madre decía que “es de bien nacidos ser agradecidos”; y hoy le dedico un espacio a la gratitud, porque es una emoción realmente importante.

La gratitud, la fiesta y Apóstol

Prometí en mi columna anterior dedicar un espacio a la gratitud, pues aquí va… para ser una emoción tan importante, la RAE se explaya poco y dice, escuetamente: “Sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o ha querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera".

Mi madre decía que “es de bien nacidos ser agradecidos”; los que disfrutamos del privilegio de vivir bonito, de hacer lo que nos gusta y que nos paguen por ello, los que queremos y somos queridos, los que tenemos un mínimo de cacumen como para reconocer la belleza y nos aferramos a ella como estandarte de vida y la buscamos y la procuramos cada día. Los que tenemos un motivo para levantarnos cada mañana, un sueño por cumplir, una meta que alcanzar, un beso que dar y a quién, los que gozamos de salud para salir de la cama y respirar, esos, tenemos la obligación moral de agradecer. Por todo, pero particularmente por egoísmo, ser agradecido, paga muy bien, se vibra distinto, se atrae a gente linda y se ve la vida mucho más hermosa. Se abraza con más intensidad, se besa con dulzura o con pasión, pero siempre con el sentimiento que te regala la cercanía, la física, que es rica, y la emocional, que es millonaria.

El sábado, la Unagi y yo fuimos al cumpleaños de su superamiga, la escritora Ligia Urroz, de ella he leído La Muralla y también Somoza, algún relato erótico y un par de cuentos. Íntima de la Unagi desde niñas, cuando Ligia llegó de Nicaragua, se trata de una mujer muy especial, rockera de corazón que nos deleitó con su guitarra y su banda Octubre XX con un concierto en toda forma. Gracias. Hay personas como ella, tan guapas por fuera como por dentro, personas que lo tienen todo y, sí, son también muy agradecidas. Nos sentamos a comer y a divertirnos con Anapao y Pepe, con Josie y Gerardo, conocí también a Salvi, esposo de la cumpleañera. ¿Cómo no voy a estar agradecido, si pura gente linda se me aparece en mi vida? En un paseo de saludos por el salón, hablamos con muchísima gente interesante, me encontré a José Adiak Montoya, otro escritor nicaragüense, tan joven como prolífico, sabía que me era conocido, pero no fui capaz de recordar de qué; con esa falta de tacto que me asiste, le pregunté su nombre abiertamente. Me llamó la atención que en mi maestría de literatura y narrativa, al hablar de escritores latinoamericanos de vanguardia, ahí aparecieron varios títulos de este premiado escritor de apenas treinta y seis años. De él recomiendo, Lennon bajo el sol, que ya leí, y El sótano del ángel, que lo tengo en lista de espera.

Dar las gracias no es sólo un gesto de cortesía, vivir agradecido te permite ser consciente de las cosas buenas que te suceden, es un argumento básico del mindfulness. Genera un estado espiritual abierto a las sensaciones y, aunque no tenga una lógica aparente, es también fundamental para afrontar con altura las cosas no tan gratas que pasan en esta vida. Vivir sin culpables ayuda a vivir sin culpas.

El domingo, con algo de resaca, nos fuimos al MUAC de la UNAM a ver la muestra de Alexander Apóstol. Uno tiene que morirse mientras aprende, es de pena ajena, vivir en la CDMX y no haber ido al MUAC. ¡Qué espacio! ¡Qué belleza! La exhibición de Apóstol vale la pena, muy política, cargada de significados, sexualizada, rompedora, colorista, muy latinoamericana. Ya estando allí visitamos también la muestra de Beatriz González; ¡qué chulada!, me enamoró esta artista. En general todo el museo es un disfrute, vayan, México es mágico y, a veces, pareciera que no queremos darnos cuenta. Esto también hay que agradecerlo; los domingos hay entrada libre, sólo quince pesitos de estacionamiento. Hoy es miércoles, la semana se va, diciembre se acerca, la Navidad está a la vuelta, vienen abrazos, vienen besos, algún regalito, muchas comidas… Gracias a la vida.

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