Los placeres cotidianos
“Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse...”.
COMIENDO CUCARACHAS…
Clarice Lispector fue una escritora especial, me costó entrar en su escritura y acabé amando su libro La pasión según G.H. No fue sencillo. Ella misma es complicada, brasileña-ucraniana, de origen judío, muy avanzada, que hablaba, portugués, inglés, francés, español, hebreo y ruso; escribió cuentos infantiles, poesía, novela y ensayo. Ayer encontré un recorte de prensa en una fotocopia que guardé cuando estaba, precisamente, leyendo La pasión según G.H., más abajo les transcribiré el contenido de aquella entrevista, pero ahora, me apetece contarles de ella y de esta novela, seguramente, su obra más importante.
Comerse una cucaracha puede tener infinidad de interpretaciones, los que vivimos en México y vemos cualquiera de las mañaneras protagonizadas por López Obrador, sabemos que tener que ver, oír y callar, implica comerse cien cucarachas, es repugnante su dialéctica y ese tono perdonavidas de Robin Hood de Macuspana, tan mentiroso y cargado de maldad y venganza, que no queda más que considerarlo perverso. Esto es tan sólo, la mexicana comparación, ustedes disculpen.
La historia de la novela es distinta, centra el drama en el encuentro del personaje con ella misma y una encrucijada de sensaciones, de vacíos existenciales, de reproches a medio consumar, de tristeza, soledad, de una contagiosa sensación de insatisfacción. La pasión según G. H. (1964) cuenta la historia de las relaciones de esta mujer con un hombre, consigo misma, con otro, con todos los otros, con el ser y, al final, resulta ser también la historia de la mujer con la propia novela que construye. Este trayecto que va en busca de sentidos representa también el modo por el cual G.H. se redescubre y se encuentra. Una mujer rica y solitaria, despide a su empleada y al ir a revisar en qué estado quedó la habitación de servicio, aparentemente impoluta, se encuentra una cucaracha en el ropero. En un área casi desconocida para ella de su lujoso departamento en Río de Janeiro nos cuenta el galimatías mental que la lleva a meterse el insecto en la boca. Hay que leerla, es brutal, es genial.
En el recorte que me encontré aparece lo siguiente: “Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. ¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor. No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible. Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra”. Notas sobre el arte de escribir, Clarice Lispector.
A veces leer cuesta un poquito de trabajo, créanme, vale la pena. Si pudiéramos memorizar un libro a través de ingerir una píldora, aunque comprásemos en pastillas, Crimen y castigo, Guerra y paz, La colmena, Cien años de soledad, La fiesta del chivo, Fortunata y Jacinta, Al faro, Pedro Páramo, Recuerdos del porvenir y mil más, encontraríamos en nuestra culta cabeza un vacío existencial por la falta de esfuerzo, por el premio vacuo, por la falta de mérito y reconocimiento personal. Cuando dan las tres de la mañana y a solas, bajo la lámpara de tu buró, enfrentas las dudas de Robinson Crusoe o sufres el dolor de Francisco Umbral en su delicada prosa poética, Mortal y Rosa, eso no te lo puede dar ninguna tableta, eso te lo dan los ojos cansados y el corazón apretado, el privilegio de crecerte en la lectura y saber que esa dedicación te hace mejor persona, mejor ser humano, mucho más que, sólo más culto o con más conocimiento. Seamos mejores, pues. Feliz domingo.
