Los placeres cotidianos / 9 de abril de 2025
Se me antoja Iztapalapa Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que no me escapé a la playa en Semana Santa. Estos días de Pascua han tenido en mi vida un patrón casi litúrgico desde hace muchos años: maleta ligera, bloqueador y una hamaca apuntando al horizonte. El ...
Se me antoja Iztapalapa
Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que no me escapé a la playa en Semana Santa. Estos días de Pascua han tenido en mi vida un patrón casi litúrgico desde hace muchos años: maleta ligera, bloqueador y una hamaca apuntando al horizonte. El destino podía variar, pero el ritual era el mismo: huir del caos capitalino para entregarme al vaivén del mar. En el desierto de Baja California, en las aguas turquesa de Cancún o rodeado de flamencos en Holbox. Y sin embargo, este año —para mi propia sorpresa— me quedaré en la capirucha.
Todos sabemos que el tiempo es oro… y yo ahora ando muy justito de tiempo. Y, aunque a veces parezca una tragedia griega tener que renunciar a las vacaciones, lo cierto es que hay una alegría secreta, casi infantil, en quedarte solo en tu ciudad cuando la mayoría de tus amigos y hermanos huyen de ella. La Ciudad de México en Semana Santa es como ese viejo compañero al que nunca ves a solas y que, de pronto, en una tarde tranquila, te revela su mejor cara. Trabajaré dos o tres mañanas. A partir del miércoles en la noche, las calles se vacían, el ruido se disuelve, los semáforos se vuelven amables. Hay espacio. Hay tiempo. No hay filas para entrar al teatro ni para pedir mesa en ese restaurante que siempre está lleno. Los museos parecen abiertos sólo para ti. Y hasta el cine tiene lugares disponibles al centro y en la fila perfecta.
Mis paseos con la Unagi y con los perros se volverán recorridos meditativos por una ciudad que, por unos días, deja de correr. Me detendré más, caminaré más lento, miraré los árboles en flor sin culpa. Y hay una belleza inesperada en todo eso. Ya sin contarles la maravilla de esparramarme en el mullido sofá de la sala, oporto en mano izquierda y libro en la derecha. Bajar la lista de pendientes de lectura me hace una ilusión casi como aquella que me despertaba la excursión con los maristas, que la pregozábamos desde tres meses antes. Claro que aquella ni siempre era fiel a la promesa ni siempre acababa bien.
También está el descanso del no planear. No hacer maleta. No buscar boletos en aviones atascados. No pelearse por el asiento ni por la última palapa disponible. No pasar por la ansiedad de mi Unagi queriendo llegar al aeropuerto seis horas antes. El descanso de quedarse quieto, como si uno volviera a ser local en su propia vida, se me está antojando mucho.
Volveré a ver Malinche —la vi en Madrid y me intriga observar las caras del público mexicano ante ese espectáculo. No me perderé Las leonas: Victoria Ruffo, Angélica Aragón, Ana Patricia Rojo, Paola Rojas, Mara Patricia Castañeda y Lupita Jones. Eso promete, y mucho. También nos iremos a reír con Spamalot de Monty Python, otra con un elenco que me ilusiona: Adal Ramones, Omar Chaparro, Adrián Uribe, los Mascabrothers, entre otros, y la presencia de la que fue alguna vez mi novia platónica: la incombustible Susana Zabaleta.
No me quiero perder una tortilla de patatas en la Cocina del Bizco, y no voy a perdonar un tamal en Xuva. Prometo ir caminando desde casa: son 9 km de ida y 9 de regreso. Tal vez los mezcales me obliguen a volver en Uber.
Nunca en mi vida me he regalado la oportunidad de ver la Pasión de Iztapalapa en vivo. Mil veces la he visto en la tele, incluso en un documental de Televisión Española, donde la reportera madrileña estaba tan impresionada con lo que veía que perdía el hilo de los acontecimientos. Me muero de la curiosidad, un poquito de miedo y un mucho de intriga morbosa. Alguna vez pasé una Semana Santa en Sevilla y, además de un calor de 50 grados, acabé un poquito saturado de tanto nazareno, tantos pasos y tantas saetas. Ojalá aquí no me canse. Lo diré mejor: ojalá, a la hora de la hora, no me raje y me anime a ir al Cerro de la Estrella.
No sé si volverá a pasar. Tal vez el próximo año regrese al mar y repita el viejo ritual. Pero este año, quedarse será una forma distinta —y hermosa— de viajar. Porque a veces, el viaje más necesario no es hacia afuera, sino hacia adentro. O al menos hacia Iztapalapa. Es miércoles, hace calor. Después del fiasco de las flores del fin de semana, quiero ir a Masarik ya más relajado y vacío, cafecito y galleta en Garabatos, y algún libro de Gandhi. Bonito día.
