Los placeres cotidianos / 8 de septiembre de 2024
Subrayar un párrafo, doblar una esquina o hasta dejar una mancha de café en un libro son huellas del pensamiento.
¡ODA AL PAPEL!
El grupo catalán La Trinca, grabó hace ya varios años una pieza maravillosa cantada sobre la melodía de La Quinta Sinfonía de Beethoven. Un gracioso homenaje al papel higiénico. Esta práctica de hacer humor sobre temas musicales de altísima valía no es nueva, el propio Mozart era un aficionado a esto y se regodeaba con escatológicas y groseras composiciones sobre su propia música. No hablaré aquí del papel de baño, hoy quiero rendir homenaje a otro tipo que, a pesar del avance digital, sigue siendo insustituible: el papel de los libros. En un mundo donde cada vez nos arrincona más lo electrónico, me sigo manifestando como el más claro defensor del papel. Un libro es un libro, una herramienta bendita que no se limita a ser una extensión de la mano, se convierte en ventana, en pócima mágica que abre puertas a la imaginación, que invita a la caricia, al desvergonzado atrevimiento de subrayar o de doblar y que nos regala el placer añadido del olor, los libros huelen a cultura, a felicidad, a familia, a intimidad y a vida.
Vivimos en la era del toque, pero no podemos olvidarnos del tacto. Ahora que los dedos deslizan pantallas de vidrio y de plasma en lugar de pasar las páginas de un libro, el papel sigue siendo una trinchera, un refugio casi romántico para quienes no encontramos en lo digital el encanto de lo tangible. El auge del e-book y las notas digitales nos prometen comodidad, pero hay algo que las pantallas no pueden replicar, especialmente algunas de las sensaciones vitales como el olor de un libro recién abierto, ese aroma que evoca bibliotecas llenas de secretos por descubrir.
Subrayar un párrafo, doblar una esquina o hasta dejar una mancha de café en un libro son huellas del pensamiento, marcas de un viaje personal que no se desvanecen con un clic. El papel, a diferencia de su contrapartida digital, no se apaga. No tiene una batería que te traiciona en el momento menos oportuno ni notificaciones que interrumpen tu concentración. Leo cada vez más en el teléfono, en el IPad y en la computadora, pero es casi toda lectura comercial, de trabajo o a lo sumo noticias; sin embargo, en la mañana, leerme a Pascal Beltrán del Río, a Jorge Fernández Menéndez o a Francisco Garfias en Excélsior impreso con mi café cortado y mi fruta en la mesa de mi habitación o en la barra de la cocina son un placer cotidiano al que me niego a renunciar. Lo mismo me pasa con los libros; en la cama, en la sala, en el parque, en la playa, siempre viajan conmigo cuatro o cinco ejemplares, vivo en el incesante zapping literario y me zumbo cuatro o cinco libros al mismo tiempo, juego saltando de uno a otro según el humor o el tiempo del que dispongo. Disfruto atesorando ejemplares. Tengo muchos, algunos aun esperando a la cola de ser leídos y, otros, incluso ya olvidados, pero están ahí como saludándome y recordándome el rato feliz que me ofrecieron y la enseñanza que les pude robar. Sigo siendo un apasionado de las librerías y las visito con frecuencia, ya perdí el sentido de la culpa y compro libros casi compulsivamente.
Abrir un libro, sentir su peso, pasar las hojas, es un acto de resistencia. Corrigiendo mi próxima novela, que verá la luz en 2025, noto lo esencial que sigue siendo para mí el papel. No puedo evitar hacer correcciones a mano, subrayar con colores, tachar lo innecesario... Es un proceso visceral, un trabajo hasta un tanto físico que me conecta más con la historia. Quizá sea sólo una manía de alguien que se niega a abandonar el papel, pero es la única forma en que sé trabajar.
El papel es imperfecto, y ahí radica su belleza. Nos lleva por un camino más lento donde lo que importa es el proceso. Donde cada acotación es un diálogo íntimo, una conversación que se reescribe cada vez que volvemos a ese pasaje. Les recomiendo otra vez a Amor Towles, terminé Un caballero en Moscú y ya empiezo con La autopista Lincoln. Es domingo, buen día para leer. Hoy celebramos el cumpleaños de Pablo, el de Rita y el de Violeta, comida familiar cumpleañera en casa, rodeado de mimos con la Unagi y mis hijos endulzándome el café y la tarde. Bonito día.
