Los placeres cotidianos / 8 de diciembre de 2024
En esta época, comer deja de ser un acto cotidiano para convertirse en un ritual sagrado.
¡CÓMO SE COME EN DICIEMBRE!
Ni siquiera fui capaz de esperar el banderazo de salida del día 12: el viernes ya empezamos con celebraciones. Es lo que tiene ser popular, diría alguien falto de modestia. En mi familia todo se celebra comiendo o, quizá, se come celebrando. El matiz parece sutil, pero tiene mucha profundidad. Las fiestas alrededor de la comida son un guiño malicioso para olvidar los ayeres de la escasez. Estos días, la gastronomía se convierte en un deporte de alto rendimiento. Entre posadas, fiestas de oficina, reuniones con amigos y familia, y los banquetes de Nochebuena y Año Nuevo, es imposible no sucumbir a una deliciosa avalancha de calorías. Porque, en esta época, comer deja de ser un acto cotidiano para convertirse en un ritual sagrado.
Empecemos por el clásico bacalao: a la vizcaína, a la veracruzana, a la gallega, o incluso la receta familiar fifí de boutique en Masarik: el bacalao de la Unagi que lleva langosta, palabritas mayores. En esta época de excesos culinarios, nadie se conforma con un solo platillo. Ahí están los romeritos con mole y tortitas de camarón, un plato que, para quienes no crecimos con él, siempre resulta una combinación inesperada, pero que termina ganándonos.
Diciembre también llega con su desfile de opulencia: manitas de cangrejo, lechón asado —con su piel crujiente diseñada para tentarnos—, un rey de muchas mesas que compite con la pierna de cordero y los mariscos, que se multiplican como si el Atlántico estuviera en rebajas. Y, por supuesto, no puede faltar el festival de turrones y polvorones que desafían al sentido común (y a la paciencia).
En las mesas mexicanas reina la variedad, y aceptamos incluso la influencia gringa del pavo relleno. La pierna enchilada o, incluso, platillos híbridos que incluyen un poco de todo porque no sabemos elegir. Y ahí, junto a toda esta magnificencia, aparece la controvertida ensalada de manzana: una mezcla de fruta, crema y nueces que genera amor y odio a partes iguales. Hay familias que la defienden como tradición inamovible y otras que prefieren ignorarla, como a ese pariente incómodo que llega sin avisar.
Entre tanto, los dulces toman el protagonismo. Hay filloas, brazos de gitano, mazapanes que parecen reliquias, fruitcakes, mantecados que se deshacen al primer toque, y los omnipresentes platitos de uvas para las campanadas, listas para ponerte a prueba. ¿Logras comer las doce uvas al ritmo de la campana de la catedral sin parecer un hámster desesperado? Si lo haces, el año te promete fortuna, o al menos eso dicen.
La gastronomía navideña no conoce límites. La semana que viene les contaré de los excesos líquidos, que son otra pasión.
El problema no es la cena en sí, sino la frecuencia. Entre las cenas familiares, las posadas, las fiestas de la oficina y los brindis improvisados, diciembre es un maratón gastronómico. Y, claro, siempre aparece ese familiar que, a media cena, se atreve a preguntar: “¿Y cómo va la dieta?”. Spoiler: no va. Porque diciembre no es para contar calorías, es para contar anécdotas alrededor de la mesa.
No hay tregua ni con el recalentado, que en México es una tradición por sí misma. Todo sabe mejor al día siguiente, especialmente el bacalao y el pavo. En España, la resaca culinaria se combate con un buen caldo gallego o, para los más osados, con otra ronda de marisco.
Al final, diciembre es un mes donde las diferencias culturales se diluyen frente a una verdad universal: comemos porque celebramos y celebramos comiendo. Y sí, quizá lleguemos a enero con unos kilos de más, pero también con el corazón lleno y el estómago feliz. Porque si algo une a nuestras mesas es la certeza de que, en diciembre, la dieta puede esperar.
Es domingo: declaro inaugurada la etapa festiva. No le daré chance a la melancolía; me la llevaré a golpe de excesos. Incluyo en ellos los arrumacos las alegrías, alguna copa y las felicitaciones sinceras. ¡Feliz diciembre!
