Los placeres cotidianos / 7 de julio de 2024

Los temas pueden tornarse álgidos cuando el sentido de posesión de la verdad nos impide ver una cierta parte de razón en el de enfrente.

¡NO TE PONGAS LA MINIFALDA!

Manolo Escobar, famosísimo intérprete de coplas españolas, fue en su momento líder absoluto de ventas en aquella España que en plena dictadura era más libre que la de hoy. Cantaba ese hombre aquello de “no me gusta que a los toros te lleves la minifalda”, y se quedaba tan pancho. Hoy se lo comerían por macho, por acosador y por bestia. Para ser políticamente correcto está prohibido casi todo. Nunca nosotros los columnistas y los humoristas tuvimos que cuidarnos tanto, ya no importa lo que uno es, priva lo que uno se siente, cómo se percibe y cómo quiere que se le trate. Desde el obtuso asunto del caballero que se percibe como dálmata en Reino Unido, al extraño caso del chiquillo argentino que se cree un peluche.

Hablando de ir a los toros, yo que soy cero taurino y que lo considero como una celebración anacrónica de la barbarie, me cuesta entender la llamada belleza de la fiesta brava y, menos aún, los encierros. Hoy es San Fermín en Pamplona, mira que he de haber cambiado muchísimo, a mis 18 años, sólo mi innata cobardía me impidió correr ante una manada de bichos de Miura, bueno, mi miedo y mi borrachera. A mi edad ya no le encuentro lo bello, me parece una brutalidad y punto.  Sin embargo, he pensado en este tema y he llegado a una conclusión que escapa a lo que podría esperarse de un radical como yo: me declaro antitaurino, pero renuncio a la defensa fanática de mi postura y dejo en manos de cada uno la decisión de disfrutarlo o repudiarlo. Esta falta de compromiso, esta aparente ambigüedad obedece a mi nueva visión ante este hecho: no puede estar equivocada media humanidad. Yo no me ocupo de los toros, a lo mucho me gusta en el plato un rabo de toro al vino tinto; no asisto a la plaza ni veo las corridas por televisión, los encierros de San Fermín me parecen aburridísimos y cuando los pesco en la tele me vuelvo un salvaje que disfruta que gane el toro y eso, irremediablemente, significa sangre en el corredor o en el torero. Cada cual sus cubas, decía mi compa.

La Unagi no come carne, un solidario gesto de dudosa caballerosidad hace que casi nunca me zampe un chuletón en su presencia, no aplaudo su decisión, esa sería otra polémica interminable, pero la respeto, ella tampoco me ha pedido jamás que renuncie al placer de un asado o al de un Tomahawk término azul. A eso me refiero con la importancia del respeto, los temas pueden tornarse álgidos cuando el sentido de posesión de la verdad nos impide ver una cierta parte de razón en el de enfrente. La mitad de las discusiones se termina en paz cuando somos capaces de pensar por un momento que el contrario puede tener razones del mismo peso que las nuestras. Cuando me embarco en discusiones eternas suele haber en mi comportamiento fuertes impulsos pasionales, eso que muchas veces me agrada de mí, que me hace sentir vivo y con ganas de jarana, me aterroriza cuando soy capaz de salirme de la discusión, alejarme y, desde una mirada cenital, reconocer el vehemente actuar irracional que soy capaz de protagonizar. En fin, soy de sangre caliente y por mis dos vertientes me viene la mecha corta. Para mi fortuna se me baja muy rápido la testobilirrubina y soy promotor de amores y encuentros mucho más que de rencores y distanciamientos.

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Ahora estoy disfrutando La Biblioteca de París de Janet Skeslien Charles, una historia que gira alrededor de la Biblioteca Americana de París durante la Segunda Guerra Mundial. Me está atrapando y emocionando. Hablando de leer, me voy a zumbar un curso intensivo de lectura rápida, ya tomé uno hace años y no debió ser mi momento porque le saqué poco jugo, aspiro a leerme un libro en unas horas, comprendido y asimilado. Si tanto me gustan los libros, con este curso multiplicaré mis placeres y, que les cuento, de eso se trata este sainete que llamamos vida. Disfruten, es domingo, gocen, aunque no les gusten los toros y aunque no se llamen Fermín, seamos felices.

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