Los placeres cotidianos / 6 de octubre de 2024
Sólo falta que tenga que reconocerle al expresidente que no tenemos la salud como en Dinamarca, pero sí estamos a la altura nórdica en honradez.
¡LORD CHAMARRAS Y EL PERDÓN!
La Unagi andaba de antojos, no se me vayan a ir con falsas luces, hablo de antojos de domingo relajado, nada que ver con domingo siete. El caso es que nos apetecía un mole con arroz y pollo y nos lanzamos a por él a Caldos Riesi, todo un clásico popular de Ejército Nacional; comimos nuestro mole, yo que soy un guarrícola me dejé cautivar por un plato de mollejas; pagamos y salimos corriendo para llegar al cine a ver La viuda de Clicquot, por cierto, una dulzura de película. Al llegar a Antara, nos tomamos un café y entramos a la sala, sentí frío, ponen el aire a nivel hábitat de pingüinos y sólo ahí me di cuenta de que no traía la chamarra. Con calma, tomé el celular, busqué el número y llamé al restaurante. Una amable señorita me informó que ella tenía la chamarra en la caja. Insistí en que era una prenda azul marino y ella me confirmó que la tenía en sus manos. Me sentí feliz y prometí pasar por ella al terminar la película.
Cuando llego a la caja y pido la chamarra, la chica me entrega una especie de suéter de bebé, efectivamente azul marino, pero de unos setenta años de antigüedad, y con suciedad suficiente para mantenerse erguido por sí mismo, sin gancho ni maniquí. Primero pensé que era una broma, me pareció tonta, pero todo puede ser. Cuando la señorita me explicó que ésa era la chamarra azul a la que ella se había referido en mi llamada, perdí ligeramente la paciencia; con ella los nervios y, en el resbalón, perdí también un poco el estilo. Me sentí ofendido, engañado y, lo peor, robado. Me puse de malas y no bajé a la empresa de sucios ladronzuelos que se estaban apropiando de mi chamarrita de marca. Estamos tan acostumbrados a los robos y las triquiñuelas que no supe pensar otra cosa; vino el gerente y me juró que en 20 años jamás se había perdido algo allí, luego llegó el mesero que nos había atendido y garantizó que nada habíamos olvidado en la mesa. Los llamé mentirosos, ladrones y fue tal mi enfado que acabé alzando la voz y hablando de muy malas maneras al personal que me rodeaba. El gerente me pidió el teléfono para llamarme si aparecía y para enviarme en la noche la grabación de las cámaras donde podríamos ver quién se robó mi prenda. La retahíla de improperios me arrastro y acabé por comportarme como un patán.
Llegué a la casa con frío. La chamarra me hubiera venido bien y no tenerla mantuvo fresca en mí la mala uva del incidente. Entonces llegaron los mensajes al teléfono y los videos. En ellos se ve con claridad cómo entro en el local con la chamarra en la mano, cómo la pongo en el respaldo de la silla y, también, cómo la tomo al salir y me la llevo bajo el brazo. “Trágame tierra”. Entre la risa burlona de la Unagi y mi vergüenza absoluta, contesté los mensajes con diez maneras distintas de pedir perdón, con disculpas entre tontas y hasta aceptando problemas de memoria. Me porté como un imbécil y me muero de la pena. Hoy en la tarde iré a llevarles un regalo, no comeré allí, porque no seré capaz de aguantarles la mirada, pero les dejaré junto a un pequeño presente una carta de disculpa. Me siento fatal, un maleducado y un malpensado fifí de cuarta.
La chamarra seguramente se me olvidó en la cafetería antes de entrar al cine. En el pasillo de Antara, ni a quien reclamarle, pero, por si acaso, hoy mismo iré a preguntar por ella, sólo falta que la tengan allí guardada y tenga que reconocerle al expresidente que no tenemos la salud como en Dinamarca, pero sí estamos a la altura nórdica en honradez y resguardo de abrigos y anoraks. Me encantaría encontrarla, cerraría con broche dorado mi historieta de malpensado. Para olvidar el coraje ando a vueltas con Todo vuelve, una novela de Juan Gómez-Jurado, apenas la estoy empezando, pero pinta muy bien. Pasen un bonito domingo y no olviden sus chamarras. Feliz día.
