Los placeres cotidianos / 6 de abril de 2025
Seguro no escribo como ellos, pero también nací en abril. Y eso ya me consuela un poquito
- ESPECIALMENTE EN ABRIL
Serrat canta en la bocina: “Especialmente en abril se echa a la calle la vida, cicatrizan las heridas y al corazón como al sol se le alegra la mirada”. Escucho mientras escribo y me pongo melancólico. Serán las jacarandas que caen como lluvia violeta, o porque nací en este mes inconstante, húmedo, entre la nostalgia del invierno y la promesa del verano. Abril es un mes para el deseo. Un mes que no se decide. Como la literatura. Por eso tantos escritores nacieron en abril, como si la primavera los hubiese parido de golpe, con su mezcla de furia, luz y tristeza. Los que somos de abril vivimos en los márgenes, buscamos sin encontrar y escribimos sin consuelo.
Un 1º de abril llegó Milan Kundera. Con su novela La insoportable levedad del ser nos enseñó que todo pesa, aunque parezca liviano, que el amor no siempre es destino, que el exilio no es sólo geográfico. Luego viene Émile Zola, nacido el 2, uno de esos días que empiezan con viento frío y terminan con sol en la cara. Zola escribió novelas monumentales como Germinal, y cuando muchos callaban, él publicó su célebre Yo acuso, arriesgándolo todo por la verdad. Si escribir es tomar partido, Zola lo entendió mejor que nadie.
Marguerite Duras era del 4. Escritora del deseo, de la espera, del silencio entre los cuerpos. Su prosa es como una herida que no sangra, pero arde. A veces pienso que todos hemos amado como en una novela suya, aunque no sepamos decirlo. O Sándor Márai, que nació el 11 en el otro lado del mundo. Su literatura está hecha de nostalgia y fuego bajo la piel. Nadie escribió como él sobre lo que se perdió: una casa, un imperio, una amistad, un amor. Leerlo es como volver a un lugar que ya no existe, pero que uno jura haber habitado. No sé ni como me acordé de Samuel Beckett, que llegó el 13, lo hizo todo al revés. Esperaba a Godot sabiendo que nunca vendría, pero igual montó la silla. Su teatro es silencio, repetición, absurdo. Un espejo cruel, pero exacto del mundo que habitamos. Beckett no escribe para gustar, escribe para despertar.
Y aquí me perdí en el orden, no importa: quiero hablar de Baudelaire, el dandy maldito que olía a absenta y azufre, que nació un 9 de abril y se dedicó a revolver las entrañas de la poesía con Las flores del mal. Lo suyo no era el campo en flor, sino el spleen de las ciudades, la belleza en lo oscuro, lo podrido. Escribía como si la vida le doliera en cada sílaba. Aunque resulte anecdótico, le debo mi primer encuentro con la Unagi: hablando de Baudelaire la invité a cenar. Y con Gabriela Mistral, que nació el 15, y “aquellos besos que se dan con la mirada”, le conté que me había enamorado sólo con verla entrar en el restaurante.
Ese mismo 15 nació también Henry James, que se pasó media vida entre Europa y América, como un turista perpetuo de la conciencia. Le fascinaban los matices, los silencios, las conversaciones largas en habitaciones con cortinas pesadas. Con él, las novelas dejaron de ser aventuras y empezaron a parecerse a rompecabezas.
Vicente Aleixandre nació el 26, como yo —qué osado soy al compararme— Ya casi saliéndose del mes, como si no quisiera molestar. Fue un Nobel discreto, como suelen ser los poetas verdaderos. Su poesía no gritaba: susurraba. Decía cosas como: Ser hombre, ser mujer, ser lo que siente el agua, lo que espera la roca. Y al leerlo comprendes que no todo lo grande necesita truenos.
Alejandra Pizarnik, que nació un 29, es otra hija tardía de abril. Si la poesía fuera un suspiro en medio de la noche, sería ella. Pizarnik no escribía versos: escribía brechas. “Y sin embargo, quiero que sepas que estoy sola, que estoy llorando.” ¿Quién no ha sentido eso alguna vez en abril?
No sé qué tiene este mes. Quizá sea porque es mi cumple y, en el fondo, uno siempre quiere parecerse un poco a quienes admira. Seguro no escribo como ellos, pero también nací en abril. Y eso ya me consuela un poquito.
Es domingo. Disfruten a Aleixandre, un sevillano eterno. Lean Después del amor: “Con mi mano repaso las lindes delicadas de tu vivir retraído”. Daría la vida por escribir así. Bonito día.
