Los placeres cotidianos / 5 de noviembre de 2023
Ella corre sus ocho kilómetros, yo me tapo y me hago pendejo bajo la cobija, disfrutando el olor de su cuerpo que se queda impregnado en el huequecito que deja su ausencia.
ELLA Y YO…
Hoy hace 33 años que murió mi padre, aún duele, lo extraño y me sigue haciendo falta. Con amor y respeto, va mi pensamiento para él. De Acapulco no quiero hablar, me encabrona la tristeza, prefiero ayudar más y hablar menos. Así que hoy, para estar contento y con la venia de ustedes voy a contarles algo, es sólo un juego entre mi Unagi del alma y este bestia que les escribe. No todo es literal, es autoficción, pero se parece a lo que vivo.
Ella y yo.
Ella cuida su cuerpo y su mente, hace yoga y medita; también trabaja su campo espiritual, chacra por chacra, emoción a emoción; siempre acomedida, sin excesos. Se levanta con el día, se baña en agua helada, respira y toma un té de limón, equilibrio a sus acentos alcalinos. Yo soy menos pulido, más burdo; apenas abro los ojos y me zumbo un cigarro mientras decido si me duermo otro rato. Ella corre sus ocho kilómetros, yo me tapo y me hago pendejo bajo la cobija, disfrutando el olor de su cuerpo que se queda impregnado en el huequecito que deja su ausencia y, con ese cinismo, muchísimas veces… me relajo y me duermo otro rato.
Sin moverme, me tomo un exprés tan cortito, tan fuerte, que espabila mis órganos muertos y me pone de buenas; con ánimo para leer el periódico y entonces regresa cantando, se tumba sudada a mi lado, y me prende los fuegos, me acelera el pulso, y es jugando con ella, cuando en realidad me despierto. Unas veces nos damos a fondo, yo me como la sal de su cuerpo, me la bebo absorbiendo sus romas montañas y, lo juro, es su sal la que me endulza el café, la mañana, y el día, y la vida y los vientos. Esa sal, la que brota de sus poros abiertos. Despertares de dios para un cabrón como yo, tan ateo, no comprendo. Otras veces, si no hay tiempo, nomás nos entregamos a una tregua de besos. Ella es tan dulce, y yo al romper su dulzura me siento un poquito puerco.
Ella no bebe, yo me emborracho hasta con su mirada. Ella no se desvela y yo me amanezco pleno de parranda. Ella cree en un dios creador y se ruboriza cuando no puede explicármelo, aguanta mi visión tan hereje y reza por mí en vez de enfadarse. Ella piensa que el cielo es azul, que la tierra es marrón y que el verde de los campos es siempre así, verde oliva, verde limón, verde menta, verde, sólo verde… vive una vida tranquila, es feliz y se nota, se complica poco porque es brillante, no es tan convencional, sabe acomodarlo todo a su propio cliché preconcebido y está contenta así, le aterran los giros. Yo en cambio, no encuentro belleza en las cosas parejas, ni confío en aquellos que se dicen estables. Si no cambian, es porque no se mueven y la quietud se parece a la muerte, incluso la muerte se mueve, por eso se pudre.
Yo la quiero y le creo, ella piensa que en el fondo soy bueno y que uso esta costra de bicho salvaje, pero escondo bajo el manto grotesco de mis exabruptos una capa más tersa, más calma, serena y que puede confiarme su vida porque, además de mis locos desmanes, me conoce muy bien, ella lo siente y al sentirlo, lo sabe, sí, sabe perfectamente, que yo la quiero. Yo no acepto los dogmas obligados y le busco a las hembras la tercera teta, nada me calma ni me conforma. No me creo las cosas impuestas, destapo y hasta descobijo; desarmo los cochecitos para ver el motor y entender su rodaje.
Yo no creo en ninguna palabra, a mí solamente me convencen los hechos, los actos, los gestos. Mientras ella se duerme en mis brazos y sueña despierta escuchando mis versos, yo le miento, le edulcoro las cosas más sucias y le hablo del bien, de los sueños, de los locos amores con finales felices y de los héroes, le cuento los cuentos de las hadas buenas, y cuando por fin cierra los ojos y duerme, yo la miro y me arrepiento, porque creo que este algodoncito de azúcar, esta miel de mi cuento empalaga, envenena y al final, también mata. Ella es brava, es lista, se deja embaucar y lo disfruta, finalmente ella finge y yo, yo sólo miento.
Feliz domingo, sepan comprenderme… me escapé un ratito de entre las cobijas más dulces.
