Los placeres cotidianos / 30 de agosto de 2023

Cuando voy a ver a la Compañía Nacional de Danza mis expectativas son muy altas, y lo que nos mostraron esta vez no está a su altura habitual

BIEN LOS CHILES... REGULAR EL BALLET

El domingo pasado les prometí una reseña detallada de mi visita al Palacio de Bellas Artes y, la verdad, estuvo más o menos bien, pero no fue para tanto. En realidad, toda la primera parte estuvo de aplauso y luego perdió fuelle al final con esa guisa de homenaje a Leonora Carrington, que, a mi juicio, se quedó en comparsa de disfraces. Donde, si pasamos de largo por la belleza física del bailarín principal, con un cuerpo imponente y una gracia majestuosa, lo demás bien pudo ser un trabajo de fin de curso de cualquier escuela de arte más o menos de nivel. Perdonen mi rudeza, pero no me gustó. Cuando voy a ver algo de la Compañía Nacional de Danza mis expectativas son muy altas, y lo que nos mostraron esta vez no está a su altura habitual.

Por la mañana, antes de los chiles en nogada y antes del ballet, tuvimos tiempo de ver y disfrutar de la exposición de Steve McCurry, Icons, en el museo Franz Mayer, chapeau: son fotografías con una carga tan expresiva que traspasan los ojos y se incrustan en el alma. Cada foto es una historia y da para regodearse en ella; me fascinó un chico vendiendo naranjas, tan simple, tan profunda. La belleza de lo triste, el color de la pena y el dolor, la dulzura y extravagancia de lo exótico, y así me podría acabar el diccionario en duplas o tercias concordantes.

De los chiles en nogada, les diré: El Cardenal es garantía, muy buenos, exactos, ni muy dulces ni muy secos; abundante, bien servido y de presentación excelente, un gusto típico de estas fechas y que califico con sobresaliente; seguro acabará en buen lugar en mi cata 2023.

Me gustan estos días con la Unagi, solos, sin prisas, nos acoplamos bien y sabemos intuir lo que quiere el otro, eso es parte del engranaje, con el añadido de que no me cansa nunca su presencia y que aspiro a que a ella le suceda lo mismo con la mía. Los domingos tienen otros sabores y acabamos haciendo cosas distintas que le dan un toque nostálgico. Mi novia me llevó a dar una limosna al templo de San Antonio, para ella fue un momento de encuentro con su mamá y con su recuerdo y, para mí, cada vez más ateo, alcanzó el punto íntimo de saberme el acompañante ideal para algo tan de adentro. Tanto, que hasta reprimí mi comentario siempre ruin sobre la Iglesia y sus dineros.

En la mañana, muy temprano habíamos perseguido el maratón, claro que a distancia prudente y sana, tan sana que ni siquiera los vimos pasar; pero a nuestro aire y a nuestro ritmo nos chutamos siete u ocho kilómetros que le quitan culpa a la nogada y a la nieve de tuna y mezcal. ¡Cuántas cosas! 

Aquí sólo se aburre el que quiere, esta ciudad tiene un componente muy especial, si estuviera más limpia, si fuera menos peligrosa, si no fuera tan riesgoso caminarla toda, sería una fantasía de cine, es un crisol de maravillas, abundan rincones y palacios, parques y plazas, acá toca el violín de un artista callejero que me pone a Paganini en el recuerdo, más allá un payaso tenebroso que me asusta y me da risa al mismo tiempo, luego una banda de rock atravesada en la banqueta, un grupo de tambores con sones militares y una sinfónica ensayando en el quiosco de la Alameda Central.

La Ciudad de México es mágica. Llegamos a casa por la noche, rendidos, plenos de color en las pupilas y con el corazón descansado para empezar otra semana de friega. ¡Qué bonito es lo bonito!, y los domingos suelen serlo. Hoy miércoles les recomiendo releer al Marqués de Sade, ando a vueltas con Juliette o las prosperidades del vicio y es inevitable alterarse. Este marqués que no fue nunca noble, es mucho escritor y un adelantado a su tiempo. Disfrutemos libros y paseos… acompáñenlos con café y buena compañía.

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