Los placeres cotidianos / 28 de febrero de 2024

En los libros hay clases y gustos, donde los géneros se rompen y ni los críticos coinciden al juzgarlos

  • ¡HACEN FALTA CIEN VIDAS PARA LEER!

Me gustan los libros desde hace mucho, casi podría decir, desde siempre. Cuanto más veterano me vuelvo, más leo y, más consciente soy de lo mucho que queda y de la absoluta imposibilidad de leer todo lo bueno que se escribe o se ha escrito. En los libros también hay clases y gustos, donde los géneros se rompen y ni los críticos coinciden al juzgarlos. Creo en la evolución, yo que fui un enamorado de Harold Robbins, de Taylor Cadwell, Jeffrey Archer y hasta emocioné mis soledades con Xaviera Hollander. Que leí enterito a Marcial Lafuente Estefanía, que le robé a mi hermana ejemplares de Corín Tellado, que me desternillé de risa con Enrique Jardiel Poncela y con Álvaro de la Iglesia, que leí dos veces la magna obra de Cervantes: la primera obligado, la segunda para ser más feliz. Que me casé con una gran lectora, que me llevó a García Márquez y a Vallejo, a Dumas y a Marguerite Duras. Soy ese mismo que ahora comparte la emoción de los libros con mi Unagi divina y hacemos de ello tema de debate, de conversación y, la mayoría de las veces, de convergencia y disfrute común. Con ella me enamoré de Bolaño, confirmé mi pasión por Saramago, nos divertimos con Rosa Montero, llegamos a las lágrimas con Almudena Grandes, discutimos por Pérez-Reverte y nos reconciliamos con Vargas Llosa, tanto hay de los dos en esto, que coincidimos muchos días en las recomendaciones y jugamos a adelantarnos en regalar, porque sí, nos regalamos libros; no hay que ponerlos en agua y adornan por dentro como lo hace una flor en el salón. Ella me dio lo primero que leí de Vila-Matas y yo le devolví el presente con Elvira Lindo, me obsequió el fiel reflejo de la moral distraída con Nabokov, y más y más y muchos más. También con mis amigos del máster, con ellos viajamos de Woolf a Thomas Mann, repasamos a Wilde, a Jane Austen y, hasta por orgullo me soplé lo inmamable y terminé el mamotreto más famoso de Joyce, para muchos un genio, para mí, un charlatán. Pero ya nadie me lo cuenta, a ese irlandés me lo tragué porque me lo impuse como obligación.

Desde mi padre, y miren que ya llovió, con él compartí a Dostoyevski, a Tolstoi y a Solzhenitsyn; casi en su final nos peleábamos mucho, él defendiendo a Borges y a Unamuno, yo a Cortázar y a Baroja. Recuerdo con nitidez cuando me regalaron el primero de Rulfo y me embriagué de gozo, ignorante de mí, me fui a la librería para comprarlo todo de él y me di cuenta de que sólo había uno más. Luego me encontré con Nervo, y volví a Neruda y a Alberti, lloré de indignación con Cela y me embargó la morriña de Rosalía de Castro. Y se me escapan mil o diez mil. Pero no quiero cerrar este texto de hoy sin hablar, precisamente, de los que escriben en nuestro tiempo. Me llegan a la mente Volpi, Taibo, Nettel, Luiselli, Arriaga. Y cuando pienso que voy terminando se me aparece Brenda Navarro y Fernanda Melchor, Ave Barrera y Jorge Boone. Vengo de España y me traigo en vez de queso o jamón, que a veces también, pues se vienen en mi maleta las últimas cosas de Sara Mesa, de Maruja Torres, Julia Navarro, de mi maestra Martha Sanz y de las galleguitas, María Oruña o Ledicia Costas.

Vamos, que, como les digo, es un no parar y, por si no hubiera oferta suficiente, que la hay y de calidad, estamos algunos locos pretendiendo entrar en ese mundo con nuestras quimeras, poniendo en cada renglón trocitos de alma, sudor del que se disfruta, pasión, cocteles de emociones con el único afán de compartir, porque nadie, al menos que yo conozca, escribe sólo para él. Cuando pones un pensamiento en papel su destino pretendido es que lo lea alguien más, y ya puesto a desear, que le guste, que le haga hacer reflexiones, que le siente bien, que le aproveche, que lo haga pensar, pudiendo para ello coincidir o no con tu manera de ver la vida, con tu forma de armar el cuadro vital.

Hoy que es casi quincena les pongo en cartelera un libro brutal del que apenas llevo a la mitad… es la historia extraña que trata de seis días en un taxi, de Carlos Zanón. Feliz miércoles.

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