Los placeres cotidianos / 28 de enero de 2024

Seguiré contando mis cosas, con poco orden, como siempre y, sin ningún tipo de censura ni de encargo.

¡LA BELLEZA DE CONTAR HISTORIAS!

Ya me quiero ir, me urge mi casita junto al mar, algo pequeñito, lo más coqueto posible. Somos la Unagi, yo y nuestros ocho perros, unos enormes y otros chiquitos. Es cierto que uno se niega a renunciar a unos mínimos lujos y a ciertas extravagancias que, de alguna manera, están ligadas al ADN o a la propia estructura o geometría molecular con la que uno se ha labrado sus ilusiones. Por ejemplo, no podría privarme de una habitación para invitados; entre hijos, nietos, hermanas, hermanos y amigos íntimos, tendremos casi siempre visitas que le darán sabor al día a día.

La parte molecular a la que hago referencia se explica, porque llevamos tanto tiempo soñando con ese espacio y ese tiempo, que casi, casi, lo tenemos armado en el anhelo. Está visualizado totalmente y, lo peor, estamos seguros de que así será, vamos a encontrarlo. El lugar existe y, quizá él nos esté buscando también. Mi carnalita y mi cuñado, lo saben. Yo me veo mirando al mar, escribiendo, ella me hace las primeras críticas y me ayuda a corregir, luego, merodea por ahí, leyendo, haciendo yoga e incitándome a dar enormes paseos sin que nos importe el clima, ya con esa previsión, nos hemos comprado nuestros chubasqueros y nuestras botas de goma.

A mi edad, sin falsa modestia, creo que tengo mucho que contar. La mayor parte de lo que escribo tiene un poco de experiencia vivida y otro pedazo de escuchar a mis amigos en las fiestas, en los bares, hasta en los hospitales y, a los viejos de mi pueblo en mis caminatas rurales. Ya después, mi fantasiosa cabeza les pone añadiduras, les suma o les resta, les mete un pelín de técnica y, como diría el Presidente, algunas “mentiras falsas” y así, se conforma un relato.

Voy a escribir sobre México, sobre el amor, sobre la muerte, sobre la belleza. Voy a escribir sobre mi ausencia de dios, de mi agradecimiento a la vida, de la suerte o la desgracia que se disfruta o se sufre sin merecimiento; ni de lo uno ni de lo otro. Seguiré escribiendo en Excélsior, mientras aquí me soporten y ustedes me lean. Seguiré contando mis cosas, con poco orden, como siempre y, sin ningún tipo de censura ni de encargo. Contaré de mi familia, de mi gente, de mi orgullo de pertenencia o de procedencia, de mi pobre concepto de la trascendencia, de la fortuna de estar vivo, la suerte de haber nacido en este tiempo y por ello, coincidir con tanta belleza, en personas que amo y admiro y en otras cosas que también me maravillan.

No dejaré de leer, encuentro en los libros un goce sublime, reconozco la imposibilidad de zumbarme todos los que tengo pendientes, le debo diez mil a los clásicos que me moriré sin conocerlos y le debo a mis contemporáneos un millón o más, no me alcanzarán las horas para tanto placer escrito. Uno que es pasional y no se conforma con un par de vicios, quiere regalarse también los prodigios del cine, los del teatro y la ópera y, ya metidos en gastos, los de los viajes, si es que viéndolo bien habrá que vivir más veces. Quiero probar buenas cocinas, más vinos, seguir descubriendo tequilas y de vez en cuando, una copa de un pura malta selecto. Mamila que es uno. Fifí que me tacharán los chairos.

Y yo que este domingo les iba a contar una historia y se me fueron las cabras y me quedé sólo contándoles sueños. Hablando de ello, entre sueños y clásicos está La vida es sueño, gracias a los maristas que alguna vez me obligaron a leerlo y gracias a Calderón, me refiero a Pedro, no a Felipe. El de la Barca, que tuvo los sacrosantos tanates de escribir esa joya. ¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!/ Apurar, cielos, pretendo/ ya que me tratáis así/ qué delito cometí/ contra vosotros naciendo/ aunque si nací, ya entiendo/ qué delito he cometido/ Bastante causa ha tenido/ vuestra justicia y rigor/ pues el delito mayor/ del hombre es haber nacido. Wow, ¡qué enorme! Es domingo, cuéntense una historia, sonrían, lean y sean felices.

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