Los placeres cotidianos / 27 de septiembre de 2023
Yo, que soy agnóstico, celebraré el día de mi santo con un viaje a Yucatán, que es un paraíso.
San Miguel de los ateos...
Este viernes será día de San Miguel, el Arcángel, el efectivo; el vencedor de Luzbel y consentido del gran jefe. Mi santo, así lo acomodo para regalarme otro día de asueto; soy chaquetero, ateo, ateo, pero cuando conviene me acojo al almanaque y me pongo en modo fiestero. La Unagi tiene mucha culpa, ella, que no se decanta abiertamente agnóstica y que mantiene coqueteos espirituales con algún tipo de fe; mi querida novia, armada con su acostumbrado estilo generoso se me luce con un viaje a Mérida para irnos a celebrar. Aunque le vaya al América ¿Cómo no la voy a querer?
Yucatán es un paraíso, y Mérida, una de las ciudades más hermosas de México y, allá nos vamos con ganas de fiesta y de siesta, con ganas de panuchos, cochinita, papadzules y un buen poc-chuc. Visitaremos algún cenote y daremos un paseo por Chichén Itzá. ¡Qué lujo! Una tierra con pocos complejos, orgullosamente mestiza, maya y española, abierta al mundo, tanto, que su avenida principal conserva el nombre del conquistador, Paseo Montejo. Eso resulta tan avanzado como si en la capital en vez de haber quitado la estatua de Colón, en un intento absurdo de borrar la historia, pues nos hubieran puesto una del extremeño que consolidó la sublevación de los pueblos vecinos contra los aztecas y, que alguna avenida se llamara Hernán Cortés. Es demasiado pedir para éstos que se tragaron el comic de la Secretaría de Educación Pública (SEP) en vez de la historia bien contada, para, finalmente ser todos hijos sin padre. Así somos los mexicanos, verdaderos hijos de la narrativa.
Aquí lo que sobra es cinismo, por una parte: la Unagi y yo, que nos quejamos de todo, pero nos vamos de fiesta al sur, sin culpas y sin remordimientos y, por la otra… el Doctor Muerte, el ínclito señor de las vacunas cubanas y los contagios de fuerza moral, el nunca suficientemente admirado señor Hugo López-Gatell, que tiene los sacrosantos cataplines de pretender gobernar la Ciudad de México. San Miguel bendito libranos de ese mal. En qué pensará ese caballero, además del fuero, claro; no le pesa el casi millón de muertos de su pandemia manejada con las patas, no tiene un mínimo recato o un minúsculo arrebato de dignidad como para esconderse antes de que un gobierno fuera de la 4T lo juzgue por presunto genocidio y lo entambe. Es de verse y no creerse, México es único, desmemoriado y bananero.
Siempre se ha sabido que es más fácil destruir que construir, por eso no es de extrañar la campaña de acoso y derribo contra Xóchitl. Todo el abusivo poder desde Palacio para destrozar su reputación y apenas empiezan, serán miles los obstáculos que le pondrán para ver si se cae. Sólo me consuela saber que si le hacen tanto caso y la vigilan con tal minuciosidad es porque en el fondo no están tan seguros de la victoria legal de Claudia, me temo y, esto es cosa mía, sin más pruebas que mi sospecha, que le van a hacer de chivo los tamales y Claudia ganará con votos o sin votos, con la venia del Ejército, el narco y la maquinaria electorera de Morena con sus acarreados y las bien maiceadas bases duras. Tan resignado estoy que sólo pido, por el bien de México, que al menos, no ganen la mayoría en las Cámaras para poder mantenerlos con ciertos frenos, de otra manera, habrá que sufrir otros seis annus horribilis. O de plano… pelar gallo.
Me estoy desviando de mi intención; mi afán es celebrar y agradecer a la Unagi su gesto tan dulce, vamos a pasarla muy bien. Fue precisamente un día de San Miguel cuando por vez primera invité a su familia a una fiesta y fue ese mismo día cuando los míos y los suyos se fundieron en aquel desmadre tan bonito y surgieron abiertamente para ella y para mí, “los nuestros”.
Qué importante es que los mundos individuales de cada miembro de la pareja se ensamblen en jugo de cariño y buena vibra, qué belleza ver las coincidencias y las cercanías. Eso no puede comprarse, eso se da porque ambos estamos rodeados de gente buena, que nos quería ya mucho por separado y ahora, nos quieren juntos.
Bonito miércoles. ¡Qué empiecen las fiestas!
