Los placeres cotidianos / 20 de septiembre de 2023
Valorar lo bueno nos llevaría a estar más agradecidos y felices, con conocimiento de causa.
¡Se me olvida que no me duele nada!
Los que somos chillones, delicados y con el umbral del dolor bajo y acomodaticio solemos hacer verdaderos escándalos si apenas sentimos el rigor punzante de una uña enterrada o un granito en la nariz. Luego, cuando nos sentimos perfecto, todo funciona y nada perturba, entramos en un estado de inconsciencia placentera y ni siquiera recordamos lo feo que es sentirse mal. Por una parte, es genial que así suceda, pero valorar lo bueno nos llevaría a estar más agradecidos y felices, con conocimiento de causa… “estoy feliz porque no me duele nada” me parece un motivo suficiente.
Así sucede con otros aspectos de la vida, es muy fácil acostumbrarse a lo bueno y dejar de sorprenderse por su belleza. Si alguien es amable contigo todos los días y te saluda cariñosamente, puede hasta pasar desapercibido y su gesto en la costumbre pierde importancia; aquel que es grosero, que jamás repara en nosotros, por maleducado o porque no le importamos, lo tenemos catalogado, calificado, superado y tampoco le damos mayor importancia, excepto si un día cambia su actitud y nos saluda efusivamente, entonces le atribuimos buenas intenciones, aires de cambio y lo valoramos en positivo sin recordar su actitud indiferente de los tiempos pasados, ah, pero pobre de aquel que es siempre dulce y un día olvida saludarte, ése sí que está cambiando para mal: ya se le subió, es un mamón, un grosero y llegamos a fantasear con que siempre supimos que era así y que su sonrisa era hipócrita. ¡Qué jodidos somos!
Hace tiempo viví un año en España, un periodo sabático que quizá no aproveché; el caso es que entablé una cierta relación amistosa con el camarero que me servía un café con leche cada mañana en el bar de la esquina de mi casa. Todos los días me pedía uno o dos de mis Marlboro y fumábamos juntos mientras comentábamos las delicias o tragedias del Celta y del Barça, las ocurrencias de Felipe González y más temas de la actualidad española, mexicana e internacional. El chaval era un excelente conversador y me entretenía durante mi desayuno; acabado el ritual, pagaba mi café y mi croissant, me despedía educadamente y me iba. Luego, Ángel, que así se llamaba el joven, fue tomando confianza y ya los viernes me solicitaba monedas suficientes para sacar de la máquina de tabaco dos cajetillas, una para mí y, descaradamente, sonriendo se quedaba con la otra. A partir de ahí, todos los lunes me ofrecía un cigarro en cuanto entraba a tomar mi café y, con ese gesto, él daba por pagada la cajetilla que me había birlado el viernes. Un día me pescó de mala leche y le negué las monedas argumentando que no llevaba dinero, pues bien, ése fue motivo suficiente para que me considerara un tacaño y me retirase su amistad. Manda tres pares de narices. Cambié de bar y de tertuliano.
A todo se puede uno habituar, excepto a no comer, decía mi adorado tío Dositeo. Bien apuntaba don Miguel de Unamuno: “Los satisfechos, los felices, no aman; se duermen en la costumbre”. Por eso, no basta con ser bueno, uno tiene que llenar la vida de jiribilla, si mandas flores todos los días acabas por aburrir a quien las recibe. En las relaciones de pareja no todo puede ser viento en popa, de vez en cuando hay que discutir, aunque sólo sea por disfrutar a plenitud la dicha de la reconciliación. Soy muy afortunado, la Unagi y yo nos peleamos mucho, los dos sabemos cuál es el límite, porque ninguno quiere que la sangre llegue al río. Nuestro cariño siempre está a resguardo, porque sabemos que cada uno quiere lo mejor para el otro y en ese afán acabamos por resultar hasta entrometidos y, también, cada uno quiere cada vez más libertades. Por eso las vidas perfectas son tan aburridas, todo debe tener unas gotitas de vinagre para apreciar la calidad del aceite. Bonito miércoles, reconciliémonos con nosotros mismos. Sigo leyendo a Zunzunegui y en cada página me voy sintiendo más mexicano.
