Los placeres cotidianos / 19 de julio de 2023

Cuando paseo a los perros suelo desconectarme casi totalmente de mis sinsabores; no fue así el domingo

ADORO, LUPITA, LA ESCOBA

Y LA ALEGRÍA

Cuando paseo con mis perros, entre estar pendiente de ellos, intentar que me sirva de ejercicio y abrirme a la observación placentera, suelo lograr un desconecte casi total de mis sinsabores, y se puede decir que camino en modo zen. Este domingo no estaba logrando mi habitual distanciamiento y mi cerebrito inquieto venía masticando gastos del viaje, pendientes en la oficina, en casa, tarjetas, asuntos del vil metal, tan vulgar como necesario; y mil tarugadas más que me traían en jaque. Gandalf, Lulú y Baldomero, mis tres mosqueperros, ajenos a mi desazón, caminaban unos metros por delante. Entonces la oí, ¡qué belleza!... “Adoro, la calle en que nos vimos/ La noche, cuando nos conocimos/ Adoro, las cosas que me dices/ Nuestros ratos felices/ los adoro, vida mía…”. Ataviada con un overol azul clarito, armada con una escoba que hacía las veces de imaginario micrófono y una cubeta roja que quitaba un poquito de romanticismo a la escena, estaba Lupita, barriendo la banqueta y cantando a pulmón batiente. Supe que se llama Lupita porque este metiche se detuvo a escucharla, a aplaudirla y conversar. La señora canta bien, lo sabe y, por eso, no reprime ni el volumen ni el estilo.

Lupita es jubilada, tiene setenta y cuatro años, muy bien llevados, porque está delgadita y sana, correosa la señora, ha trabajado toda su vida, hasta ahora, que ya retirada cuida este edificio de Campos Elíseos los sábados y los domingos y se gana mil pesitos o un poco más por el fin de semana. Tiene una pensión chiquita, insuficiente, pero complementa sus gastos y llega medianamente holgada a fin de mes con este extra de los fines de semana. Muy jodida la cosa, pero se la toma con tan buen talante, que parece disfrutarlo y lo proyecta con buena actitud. Lupita es de Hidalgo, de un ranchito cerca de Huichapan. Me sentí en confianza en la conversación y le pregunté si votaba a Morena, un tanto atrevida mi pregunta, lo reconozco, pero la señora no pareció sentirse intimidada, “Sí, el Presidente nos dio las pensiones a mi difunto marido y a mí, no muy grandes, pero menos es nada”. Cuando quise explicarle que eso no era cuestión del Presidente, me di cuenta de que no ganaría nada con mi rollo pro-Xóchitl, pero ella se me anticipó y me dijo: “Mire, a una ya no la hacen tonta, todos son iguales, mentirosos y rateros; ahora mis hijos y yo le vamos a dar chance a la tal Xóchitl, se ve más decente, ojalá que al final no salga igual que todos”.

Me parecía una interlocutora demasiado valiosa como para desperdiciar la plática hablando de política y entonces hablamos de la barbacoa de su tierra, le pregunté por la canción que cantaba cuando la encontré y por Armando Manzanero, todo fue gozar escuchando a esta señora hablando de canciones y de su ídolo, se emocionó contándome: “Tan chaparrito como gigante, un genio, ninguna de sus canciones es fea y, sin falsa modestia, creo que me las sé todas”. Ahí me nombró unas treinta de las que apenas alcanzo a recordar ahorita cinco o seis, sus ojos brillaban de felicidad y cada canción me la tarareaba unos segundos cuando la nombraba. Pero donde me enamoró fue cuando entró al edificio para traer una cubeta limpia y darles agua fresca a los perros. Un cielo la Lupita. Quise regalarle dinero y se me ofendió, entonces me regresé al parque Lincoln y le compré unas flores, se las fue a llevar el chico de la florería. No pude ver su reacción, según el chavo, le gustaron mucho. Ahora que regrese a México la volveré a ver, quiero saber más de: Esta tarde vi llover, Somos novios, Voy a apagar la luz, Nada personal. Y ésta que resume mi encuentro con ella: Contigo aprendí.

Les deseo un bonito miércoles, México es un país lleno de personas como Lupita, la mayoría somos gente buena, ya nos urge una racha de suerte, llámenme soñador, ingenuo, iluso o hasta medio pendejo si quieren, pero yo sigo teniendo fe en esta tierra. De aquí somos y es buen lugar para ser felices. ¡Suerte!

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