Los placeres cotidianos / 17 de enero de 2024

Conocí y charlé con José Agustín en Cuautla; tuve la ocasión de platicar un poco de libros y discutir con él sobre cómo preparar una cecina de Yecapixtla.

Adiós José Agustín. Descanse en paz

Comparto, desde el más absoluto respeto, con José Agustín, muchas de sus aficiones. A él le encantaba la buena mesa, la música y los placeres; gustaba de los postulados de Jung, pero mucho más de la buena literatura. Un autodidacta inmenso, amante de la astrología, polémico, divertido y proclive al estudio y la práctica de muchas maneras de contracultura. De lo que más disfruté de su pluma fue La panza del Tepozteco, una novela con un enfoque más juvenil que el que un servidor podía tener a los casi cuarenta años en que la leí; significó el principio de mi afición a la cosmogonía prehispánica; la historia es una mezcla entre fantasía y terror que me encantó y aún mantengo en el recuerdo, aunque sea medio entre la bruma del tiempo. Lejos como estoy de Angélica María y absolutamente negado a compararme con la bellísima actriz, yo también me enamoré de Agustín, ella al leer De perfil, aunque, ni con todo el amor, pudieron convertirla en película. Mientras yo me volví su fan a raíz de que cayó en mis manos Tragicomedia mexicana 1.

Miembro distinguido de lo que dio en llamarse literatura de La Onda, José Agustín Ramírez Gómez, nació en 1944; siempre se sintió acapulqueño, un guerrerense de corazón. Publicó en muchísimos periódicos y revistas, fue alumno de Juan José Arreola en su taller literario y fue también compadre de Gabriel García Márquez, padrino de uno de sus hijos.

Lo conocí y charlé con él en Cuautla, tuve la ocasión de platicar un poco de libros y discutir con él cariñosamente sobre cómo preparar y disfrutar de una espectacular cecina de Yecapixtla y me dio, además, una cátedra sobre la danza de los chinelos. Descanse en paz, don José Agustín. Mi abrazo y condolencia sincera a sus familiares.

La semana pasada les recomendaba El Sur, la novela de Adelaida García Morales, la publicó hace 40 años y sigue siendo rabiosamente actual. La historia narra la relación de una chica jovencita con su padre y aborda el suicidio de éste. Ella intenta, a lo largo de apenas ciento treinta o ciento cuarenta páginas, de entrar de lleno en el sufrimiento de su padre buscando desesperadamente llegar a comprenderlo. Esta extremeña dominaba la escritura sin estridencias, usaba un lenguaje muy sencillo que cautiva desde que empiezas la lectura. Toda la novela tiene un sabor autobiográfico. Víctor Erice la hizo película, el director y la escritora fueron pareja antes incluso de que se publicara la novela. Un ejemplar en papel no es fácil de conseguir, de hecho, me llamó la atención que en Amazon sólo la tienen en catalán. Yo la compré en el centro de  la Ciudad de México en una librería de viejo. Búsquenla, vale la pena. También recomendé a

Brenda Navarro, su novela Ceniza en la boca fue motivo de una amplísima discusión en mi clase de crítica literaria en el Máster de narrativa, la mayoría de los compañeros en la Escuela de Escritores de Madrid, son españoles, me llamó la atención cómo una historia tan rabiosa y con tantos agravios guardados contra la sociedad española actual, fue mucho más criticada por su debilidad literaria, que por su agria visión de la migración en el nuevo sueño europeo. A mí me gustó, pero no me encantó, aun así, recomiendo leerla. El tema es tan abierto que deja muchos círculos sin cerrar, principalmente el suicidio de un chico mexicano de dieciséis años, donde creo que se quedó muy corta. A este respecto me erizó la piel el manejo del oído, los sonidos, cuando trata de plantearse cómo se escucha un cuerpo al estrellarse en la calle desde un quinto piso.

Ya que es miércoles, es buen día para zumbarse una buena película, con manta, sofá, vinito dulce y palomitas acarameladas… me enamoré de Vidas pasadas, más coreana que americana en esencia, pero creada por Celine Song. Lenta, pero dulce y profunda. También disfruté de Holdovers, vamos, no me dedico al cine, pero auguro un Oscar para el protagonista, Paul Giamatti, y si me apuran, otro para Dominic Sessa. Peliculón. Primera prueba, superada, no hablé de política. Bonito miércoles.

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