Los placeres cotidianos / 12 de mayo de 2024
La cosa va suave, va bonita, tranquila; obviamente los equivocados somos nosotros.
¡ESCONDIDOS EN EL PACÍFICO!
De vez en cuando, cuánto más, mejor, conviene escapar de la capirucha tan atribulada. No es cuestión de Batres ni siquiera me pondré a discutir ahorita del por qué nos ocultan la realidad del agua contaminada y reservan la información durante tres años, no tienen madre. Pues ni eso, desde el mar, donde efectivamente la vida es más sabrosa, se me quitan las ganas de gresca y me abrazo al apacible peace and love. Mientras ustedes me honran leyendo este texto, yo estaré bajo una palmera, armado con libro y trago, quizá un cóctel local, mezcal con mango. Es que me estoy volviendo de gustos muy delicados o probablemente, en un arrebato de recia masculinidad, el mismo mezcal doble, pero sólo con su sal de gusano y su gajito de naranja. La Unagi, regalándome luz y fuego en la pupila con ese cuerpazo en su bikini saliendo del mar y el sol, la arena y alguna nube necia blanqueando el azul; en la bocina sonando Eydie Gormé y por imaginarme completa la bucólica escena… una iguana verde mirándome desde el jardín que separa mi camastro de la playa. El libro, lo tengo claro El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl. Me viene bien buscar hacia adentro, investigar en mi interior qué sentido tiene el sufrimiento. Aprovecho mis escapadas de pleno disfrute para poner en la balanza las angustias de una historia terrible, contada en primera persona, tan profunda que me identifica con el pueblo judío y con su atormentado caminar en los campos de concentración. Un libro así, sin el amortiguador de mi viaje, sin el suavizante de la playa, sin el goce de la compañía y la escapada, sería sencillamente desgarrador.
Desde aquí, en Oaxaca, México luce magnífico, esta tierra es preciosa, nuestra gente es muy dulce y la comida es única. Tanto como para pelear un lugar en el pódium entre las gastronomías más elevadas del mundo. Y el concepto de servicio, esta manera cariñosa de tratar que tienen en estas latitudes. ¿Que son lentos?, sí que lo son, lo digo y me corrijo; son ellos los dueños de la razón, los chilangos vivimos con prisa y nos perdemos la paz y la calma. Pedimos una copa y la queremos beber desde antes de que la sirvan. La cosa va suave, va bonita, tranquila; obviamente los equivocados somos nosotros. Felipe, el encargado del bar donde me escondo, es un maestro de filosofía, domina las enseñanzas de Epicuro y le pone a cada alipús un toquecito personal que me lo hace divino.
Caminar por la orilla del mar, mojando los pies en las olas que llegan y te besan y se vuelven a ir arrastrando tus energías más turbias. A mi lado la Unagi en conversación animada, unas veces profunda y otras tantas en trivialidades y chistes que nos alegran el día y le quitan el barniz trascendente para dejarnos bromear y reír y llenarnos los ojos de alegres chispazos de complicidad. Todo se nos va en planes y acabamos soñando con el próximo destino sin haber acabado de devorarnos éste en el que ahora paseamos. Ayer, leía a Alejandro Jodorowsky, su texto trataba de los amores en la edad adulta, decía más o menos así “el amor adulto no se conquista, no se busca, no se compra, surge espontáneo entre dos corazones presentes y disponibles y ahí radica la magia, no se encuentran por necesidad ni vienen a cubrir ninguna vacante, no sustituyen a nadie ni ocupan lugares anteriores; esas almas disponibles se miran y se dicen: ‘tú, primero contigo y después conmigo y yo, primero conmigo y después contigo’”. Cuando entiendes esto, es que ya tienes la edad y el talento para vivir un amor adulto. Gracias a la vida, lo estamos viviendo.
En una vida anterior yo tuve que haber sido marino; lo tengo clarísimo, mi jubilosa jubilación la idealizo así, a la vera del mar, seguramente del otro lado, en el Atlántico, más frío, más al norte, con otoños de chubasquero e inviernos de botas de goma y abrigo, con mis perros paseando en la playa y escribiendo todos los días.
Desde un lugar chiquitito a una hora de Puerto Escondido, les agradezco que me lean, y como siempre los invito a ser felices. Yo lo intento con vehemencia y tozudez. Bonito domingo.
